Hernion X Infinito

Capítulo I: Hernion

Es medianoche en un restaurante de comida rápida. Los empleados atienden a los últimos clientes mientras el local se vacía lentamente. Una empleada llama a un compañero que limpia las mesas:

—Hernion, ven aquí. Hernion, te llamas, ¿verdad?

Un joven de ojos color esmeralda, piel blanca pálida, usa unos lentes, tiene enormes ojeras y moretones en el rostro. Levanta la mirada con esfuerzo. Su voz, afligida, responde:

—Sí, señorita Candy.

Candy le dice:

—Qué bien, no me olvidé de tu nombre. Por favor, termina de limpiar las mesas. Hoy nos encargamos de cerrar nosotros; el jefe y los demás ya se fueron. Además, ¿por qué me dices señorita Candy? Tenemos casi la misma edad, solo soy mayor por un año.

Hernion sonríe con incomodidad.

—Bien, voy a limpiar las mesas.

Hernion limpia las mesas. El tiempo pasa y comienza a ordenar todo para el cierre. Cierran el restaurante. Candy se despide:

—Bueno, nos vemos en el colegio, Hernion. Descansa bien y no te desveles. Tienes muchas ojeras y pareces siempre estar enfermo.

Hernion solo la observa, da la vuelta y no le dice nada. Candy se queda con una mirada sombría.

Pronto comienza a llover. Hernion, que no lleva paraguas, camina en dirección a tomar un taxi. En eso, un grupo de matones lo intercepta. Junto a ellos va Candy. Lo llevan a un callejón oscuro y allí le dan una golpiza.

Los matones le tiran piedras. Cada piedra roza su piel. Una impacta en su frente y le saca sangre. Otros usan palos. El jefe de los matones le dice:

—Esto te pasa por decidir trabajar donde está Candy. ¿No pensaste que recibirías burlas por estar cerca de ella?

Hernion se levanta del suelo sujetándose la frente y dice:

—Yo pedí ese trabajo antes. Ella vino después.

El jefe, molesto, le dice:

—¿Cómo te atreves a responderme?

Candy, enojada, interviene:

—Eres un descarado irrespetuoso. No le hables a mi novio con esa boca sucia que tienes. ¡Mírate! Eres un muerto viviente. No me gusta que me mires.

El jefe de los matones les dice a los suyos:

—Chicos, golpéenlo más. Esta vez usen esos palos especiales que mi novia diseñó para ustedes.

Todos responden:

—¡Entendido, jefe!

Sacan unos palos que tienen un montón de clavos colocados por toda su superficie. Hernion solo mira y cierra los ojos, mientras piensa: «Este será mi último día». Los matones comienzan a golpearlo en la espalda, en el estómago, en la cabeza.

Unos policías que hacen patrulla pasan por ahí y preguntan:

—¿Hay alguien ahí? ¿Hola?

Los matones salen corriendo. Los perros policías se acercan y comienzan a ladrar, lamiendo el rostro de Hernion. Un policía se acerca y le dice que lo llevará al hospital. Hernion, tendido en el suelo, le responde que no es necesario. El policía, enojado, le grita:

—¿Acaso no te has visto? ¡Mira, estás sangrando!

Hernion se levanta y dice:

—Mira, yo puedo caminar.

Mientras se aleja cojeando y dejando un rastro de sangre, pide un taxi, pero nadie quiere llevarlo. El policía le dice:

—Al menos deja que te lleve a casa.

Hernion acepta y guía al policía. Al llegar, Hernion le agradece y baja del vehículo. Voltea y ve un edificio desgastado, poco cuidado. Sube las escaleras dejando un camino de sangre. Abre la puerta de su departamento. Un vecino anciano, al verlo, le grita:

—¡Otra vez! Ya estoy cansado. Siempre llegas así. Cada día te superas. ¿Qué pecado cometieron tus padres para que les salga un hijo como tú? Hablaré con el dueño para que te echen.

Hernion solo abre la puerta y se mete. Al entrar, va directo a la refrigeradora. Observa todo lo que tiene y solo ve zanahorias. Saca unas cuantas y las pone a descongelar. Luego se sienta en el suelo mientras llama:

—Choco, Choco, ven aquí.

En ese momento, un conejo pequeñito color chocolate, de ojos azules, aparece frente a él y lo mira con los ojos tristes. Hernion le dice:

—Toma, tus zanahorias están ricas. Yo también voy a comer. Esto no es nada, solo hice algo mal y me pegaron por eso, pero pronto estaré mejor. Ven.

Choco no se mueve, solo se queda observando. Hernion, al verlo, se levanta y saca un botiquín. Comienza a curarse las heridas colocando venditas y echándose alcohol, mientras le dice:

—Mira, Choco, ya me siento bien. Así que ven.

En eso, alguien comienza a tocar la puerta: toc, toc, toc. Hernion no quiere abrir, pero comienza un alboroto y la puerta empieza a ser pateada. Los vecinos golpean más fuerte. Hernion se levanta y va hacia la puerta, donde se queda un momento en silencio y luego abre.

El dueño del edificio lo empuja y mira alrededor junto con unos vecinos y el señor que lo había tratado antes, quien dice:

—Mire cómo está este lugar. Sin duda él debe marcharse. Asusta a los vecinos y genera incomodidad. Además, los niños le tienen miedo. Y si él no se va, yo me iré, y muchos vecinos me apoyan.

El dueño del edificio mira con una cara fría a Hernion y le dice que empaque sus cosas para la mañana siguiente y que se vaya. Ya le debe muchos meses de alquiler, ya no quiere seguir viendo su patética presencia.

Hernion no dice nada, solo se levanta del suelo y cierra la puerta. Se sienta en el suelo mientras dice:

—Choco, ven aquí. Discúlpame, Choco.

Mientras lo abraza, ambos se quedan dormidos. Hernion se levanta a media noche y pone a Choco sobre su caja. Se va a un rincón del apartamento vacío y frío, donde hay un montón de periódicos en el suelo y solo una nevera. Debajo de la pila de periódicos saca un cuchillo de carnicero bien filoso y, con las manos temblorosas, se lo apunta al cuello. Mira la caja de Choco y, con lágrimas en los ojos, le dice:

—Discúlpame, Choco, y discúlpenme todos por ser una carga.

Cerrando los ojos, procede a cortarse. Pero antes de que el cuchillo se profundice, una presencia lo arrastra, haciendo que suelte el arma. Él dice:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.