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No sé si alguna vez vas a leer esto.
Tampoco sé si vos sabés que existo.
Pero yo sí sé de vos.
Te he visto muchas veces desde un lugar al que todavía no sabés cómo llegar.
Sé que algunas noches mirás hacia arriba buscando respuestas entre las estrellas.
Y sé que otras veces mirás hacia adentro y encontrás solamente preguntas.
No te preocupes.
Yo también fui así.
Hubo un tiempo en que pensé que tenía que entenderlo todo.
La vida.
La muerte.
El amor.
El tiempo.
Ese extraño lugar al que vamos cuando cerramos los ojos.
Hasta que comprendí algo que quizá todavía te cueste aceptar:
no todo lo que amamos necesita una explicación para ser verdadero.
Vos todavía estás buscando.
Yo ya dejé de hacerlo.
Quiero contarte algo.
No tengas tanto miedo de perderte.
Yo también me perdí.
Y fue precisamente allí donde terminé encontrándome.
Hubo noches en las que pensé que estaba cayendo.
Caía y caía...
y no había suelo.
Pensaba que algún día tendría que llegar.
Pero no llegué.
Aprendí a mirar la oscuridad.
Y descubrí que incluso dentro de ella había pequeñas luces.
Quizá por eso ahora puedo decirte algo que vos todavía no sabés:
vas a cambiar.
Mucho.
Algunas cosas que hoy te parecen enormes dejarán de serlo.
Algunas heridas que creías que nunca iban a cerrar aprenderán a vivir con vos.
Y algunas personas que hoy extrañás seguirán caminando con vos de maneras que todavía no podés imaginar.
No intentes convertirte en mí.
No soy una versión mejor de vos.
Soy solamente la mujer que apareció después de todos tus caminos.
Después de tus noche, de tus preguntas, de tus caídas.
Y si algún día llegás hasta acá...
no me busques.
Miráte.
Porque quizá descubras que nunca estuve en otro lugar.
Quizá siempre fui vos.
Solo que un poco más adelante.
Esperándote.
Y cuando finalmente llegues...
no voy a decirte:
“Te lo dije.”
Voy a abrazarte.
Y voy a susurrarte al oído:
“Qué bueno que seguiste.”
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