Inspirado a cambiar por ella Vol. 2

Parte 6

Chloe se para con firmeza en el suelo con sus dos pies. Pablo queda impactado por lo gruesas que son las piernas y muslos de la chica producto de años y años de danza de todo tipo, desde salsa y tango hasta bachata y reggaetón.

Ve una amenaza en la potencia con la que da patadas. Incluso su brazo que usó como escudo para bloquearle la patada, se resiente.

-Chloe, entonces ¿Qué haces aquí? -pregunta Pablo.

-¿Qué no ves? Estoy danzando. -exclama ella mientras da varios saltos para entrar en calor.

-Si continuas con otro ataque voy a tener que usar defensa personal. -advierte Pablo.

-Tranquilo. Ya terminé por aquí. -se detiene Chloe.

La chica sonríe y lanza contra la pizarra un bolígrafo.

Pablo gira su cabeza y ve que ha escrito algo con marcador negro y azul con letras de graffiti. Todo trabajo de Chloe para dejar un simple y claro mensaje:

“El turno tarde sigue mandando en el piso de arriba. Sepan su lugar, putitas.”

La chica desaparece ante la vista del pelirrojo.

Momentos más tarde, Luca y Soledad llegan al salón a pedido de Pablo. Ella se queda en shock mientras que él solo observa como sus sospechas resultan ser ciertas.

-Tenías razón, Luca. -reconoce Pablo. -No eliminamos a la hidra cortándole la cabeza, simplemente dejamos que crezca una nueva y quizás más peligrosa para nosotros de lo que fueron esos idiotas de los abusivos. -añade.

AVAVAVAVAV

Por la noche, Celeste recorre la avenida principal de la ciudad llamada “Avenida de los Sauces”, donde convergen diversos negocios comestibles y de ropa.

Al doblar por una esquina se ubica una calle entera con academias de danza de diversos tipos como tango, danzas urbanas como hip hop, bachata, reggaetón y hasta danza clásica.

Celeste se detiene frente a una enorme ventana y a través de ella ve como otras chicas bailan reggaetón con la libertad que ella gustaría. Incluso sonríe al ver los movimientos que ella solía hacer. No era una bailarina de urbano más, era le mejor de la academia. Ni siquiera la profesora de danza urbana podía con la espontaneidad y agilidad de Celeste.

Era conocida como increíble bailarina.

Una lágrima se escapa de su ojo derecho al recordar cuan feliz le hacía bailar. Ahora solo mover una pierna le hace sentir culpable por haber dejado y su corazón siente como puñales filosos y fríos atravesaran con impunidad.

Se muerde el labio. No puede continuar observando esa libertad que perdió.

Voltea para regresar hacer las compras para el restaurante de su madre.

Al darse media vuelta y retomar el camino, se encuentra con Pablo quien observa también como las chicas bailan. Ella se asusta por la repentina aparición, luego le golpea el brazo con escasa fuerza.

-No vuelvas hacer eso Pablo. -dice Celeste.

-Lo siento. ¿Extrañas eso? -pregunta Pablo.

-¿El que? ¿bailar? A veces. -responde Celeste.

-¿Por qué no entras y preguntas para venir? -pregunta Pablo.

-¿Por qué? Jajaja, ya, deja de hacer bromas tontas. Dejé de bailar hace meses. No puedo retomar porque sí. -responde ella.

-Lo harías si quisieras ¿Por qué no ahora? ¿Qué es lo que te detiene? -pregunta Pablo.

Celeste invita un café al restaurante de su madre a Pablo. El pelirrojo es recibido con un gran abrazo por Graciela, madre de Celeste y pregunta por los demás. Los conoce desde muy pequeños y siente aprecio por todos, en especial por Pablo y Luca, a quienes considera como hijos.

Ambos se sientan junto a la pared adornada por cuadros de distintos equipos de futbol a petición del difunto padre de Celeste y curiosamente hay un cuadro de la pandilla cuando eran apenas unos niños. Recuerdos que guarda Graciela para su hija.

-A decir verdad, ya no encuentro la felicidad en bailar. Me siento agotada de verdad. -reconoce Celeste.

-¿Por qué? Si eras muy feliz. ¿Recuerdas cuando te fuimos a ver en ese campeonato local de baile urbano después de patearle el trasero a esos chicos de la escuela técnica “San Vicente número 11”? te veías muy nerviosa pero luego recuperaste la energía y te centraste. Arrasaste con todas las chicas. -recuerda con una sonrisa Pablo.

Celeste suelta una sonrisa.

-Si, lo recuerdo. Fue divertido en verdad, pero ya no me siento como antes. -dice ella.

-¿Nuestra conversación no sirvió entonces? -dice Pablo decepcionado.

-No, no es eso. Es que mientras veía a esas chicas bailar, sentía que mis pies querían entrar y soltarse después de mucho tiempo. -exclama Celeste.

-¿Y entonces? -pregunta Pablo.

-Mi cabeza…mi…corazón…esto que siento…me impide. -reconoce con mucho dolor Celeste.

Graciela interrumpe llevándoles una bandeja con dos tazas de chocolate caliente y una porción de pastel de chocolate para cada uno. Celeste mira con disgusto a su madre por el tamaño de esa porción. Pablo, en cambio, mantiene la boca abierta y saliva escapa de sus fauces.




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