La Cláusula Del Mal Amor

PRÓLOGO

Valeria y Matías no se buscaron en un atardecer de poesía blanda; los depositaron en la misma mesa de nogal macizo como piezas de un motor ajeno que vibra mal en la bancada. A ella la trajeron de vuelta del olor a pan de barrio para que cumpla el rol de anexo notarial con pulso; a él le asignaron la fusión como quien cambia de proveedor de internet para tapar el hueco de la torre que se hunde. El romance no nace de una revelación de almíbar, sino del momento exacto en que ambos descubren que el café de las siete sabe mejor en compañía de quien tampoco cree en el cuento de hadas de la holding. Aquí no hay villanas de risa en eco ni salvadores de pecho inflado. Hay planillas de Excel que mienten con elegancia corporativa, tías cínicas que guardan el visón bajo el bochorno de la costa, celadores de garita que entienden de goteras y de panela, y dos personas que deciden que la celda de lujo con vistas al mausoleo de los suegros deja de asustar en cuanto uno de los dos aprende a afinar la tuerca del termostato.




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