El sótano de la biblioteca secundaria olía a celulosa rancia, a tinta de contabilidad de los años noventa y a humedad contenida por ladrillos a la vista pintados con cal blanca que se descascaraba como piel de serpiente vieja. Valeria sostenía una linterna de mano de leds fríos iluminando los lomos negros de los libros de actas de la primera década del holding, mientras buscaba el legajo de la escritura constitutiva de la filial del valle. A tres pasillos de estantería de metal oxidado, el haz de luz de otra linterna cruzó la penumbra vertical: Matías revisaba una caja de cartón corrugado llena de recibos de pago de patentes industriales con la manga de la camisa abotonada hasta el antebrazo.
—¿Buscas la fe de erratas del ochenta y nueve o el contrato de cesión de marcas que firmó el abuelo con los japoneses que nunca llegaron? —preguntó Matías sin apagar el haz, apuntando directo al pecho de la estantería donde Valeria pasaba los dedos por los lomos sin título.
—Busco la factura original del terreno donde levantaron la planta principal —respondió Valeria, sacando una carpeta con el lomo ajado por el tiempo—. Si el título tiene la cláusula de usufructo parcial que firmó la tía abuela antes de irse a Suiza, la fusión con el grupo del sur tiene un vacío legal que Victoria y su equipo de abogaditos de cristal no han querido ver en la hoja de cálculo.
Matías caminó entre las baldosas irregulares del sótano hasta detenerse a dos pasos de ella. El haz de luz de su linterna rebotó contra el polvo suspendido en el aire, creando motas brillantes que flotaban entre ambos rostros como un cielo en miniatura.
A las 06:14 AM, el reporte de conciliación trimestral llegó al servidor central con firma digital simulada de la gerencia de finanzas adjuntas. En la pantalla del monitor curvo del despacho auxiliar, los números de la filial norte mostraban un superávit ficticio de cuatrocientos mil dólares en inventario de materia prima no auditada. Victoria empujó la puerta de vidrio esmerilado sin pedir pase, con una taza de cerámica blanca con el logotipo dorado de la holding y una sonrisa de satisfacción que le estiraba los pómulos de forma milimétrica.
—El directorio de las nueve aprueba la ampliación de capital con este balance, Valeria —dijo Victoria, apoyando el borde de la taza contra el canto del escritorio con un clic seco—. Sería una lástima que por un exceso de celo contable de proveniencia rural alguien sugiriera que no entiendes la escala de los activos intangibles de la marca.
Valeria ni siquiera levantó la vista de la celda de Excel donde la fórmula de depreciación cruzada rebotaba un error de redondez decimal. Pulsó dos teclas en el teclado mecánico —Ctrl+Z, luego Alt+F9— y la celda fantasma se desplomó a rojo oscuro revelando un número de serie de pernos de anclaje de 2023.
—El número de serie de la aduana corresponde a un despacho viejo, Victoria —dijo Valeria, girando la pantalla del monitor quince grados hacia la izquierda para que el reflejo diera en los ojos de la antagonista—. Si el abuelo firma la ampliación con este asiento falso, el fiscal de delitos económicos entra a embargar la flota de camiones el martes a las ocho. ¿Se lo explicas tú al directorio o prefieres que le mande un print a Clara para que lo archive en riesgos operativos?
Victoria parpadeó por primera vez con rigidez. La taza se quedó suspendida medio segundo más de lo prudente. Matías cruzó el umbral del despacho justo en el momento en que Victoria giraba sobre sus tacones. Vio la pantalla roja parpadeando y luego miró el perfil imperturbable de Valeria.
—El abuelo ya está sentado en la cabecera de la mesa de juntas —dijo Matías, aflojándose imperceptiblemente el nudo de la corbata con un gesto seco de muñeca—. Subes conmigo, Valeria. Hoy explicamos cómo se lee un balance cuando los números no tienen perfume de relaciones públicas.