El olor a tinta fresca de imprenta institucional se mezclaba con el café oxigenado y tibio que una secretaria interina servía en vasos de cartón arrugados porque la cafetera de la planta baja del edificio del viejo notario llevaba rota desde el régimen militar anterior. Matías sostenía la pluma fuente sin prisa, girando el cilindro de metal platinado entre los dedos índice y pulgar mientras leía por tercera vez la cláusula de indemnidad patrimonial por disolución prematura. No miraba a Valeria; miraba el margen inferior de la foja ciento cuatro, donde su rúbrica familiar pesaba como un sello de aduana en puerto fronterizo.
Valeria firmó con trazo firme, sin temblar, usando un bolígrafo común de plástico transparente que encontró suelto sobre el secante de cuero verde del mesón. El clic del capuchón al cerrar resonó en la pequeña oficina notarial como el cerrojo de un calabozo administrativo. En ese preciso instante, la puerta se abrió sin golpear con la elegancia milimétrica de quien paga el alquiler del edificio entero con los dividendos de la división de cuentas corporativas. Victoria entró con un maletín de cuero vegano color topo y un vaso de plástico con café helado con leche de almendras, inmune al ambiente rancio de protocolo judicial.
—Se les cae el margen operativo en la filial de la costa si firman la cláusula de exención cruzada sin el aval de tesorería del abuelo —soltó Victoria, depositando sobre el legajo oficial un reporte impreso a doble faz con los números marcados en fluorescente amarillo—. Matías, sabes que el viejo no lee los anexos impares; si el auditor externo lo pilla en la fiscalización de noviembre, el ajuste de capital nos va a costar tres puntos de participación accionaria.
Valeria levantó la vista del documento notarial. No parpadeó. Miró el margen fluorescente de Victoria con la misma calma con la que seleccionaba los moldes de pan en la madrugada de la cuadra vieja.
—El apéndice tres corrige el saldo de la cuenta inmovilizada en el banco regional —dijo Valeria, con voz plana, señalando con la uña limpia el párrafo que Victoria había ignorado deliberadamente—. Si el auditor lee el anexo impar, lo primero que encuentra es el revalúo de la maquinaria dada de baja el trimestre en que tu área manejaba la logística de inventario. ¿Lo revisamos con las fojas de contabilidad o prefieres que le pidamos a Clara que mande la conciliación bancaria completa al directorio?
Matías detuvo el movimiento de giro de la pluma. Por primera vez desde que cruzaron el umbral de mármol gris del edificio, giró medio grado la cabeza hacia la izquierda y clavó los ojos oscuros en el perfil de Valeria. En la comisura de los labios de él se esbozó un rastro de curiosidad que no alcanzaba a ser sonrisa, pero sí fractura en el protocolo de la indiferencia. Victoria apretó el asa del maletín topo con los nudillos blanquecinos por microsegundo, antes de recuperar la mueca de servicio técnico impecable.
—El directorio sabrá ponderar prioridades —murmuró Victoria, girando sobre sus talones con la precisión de un metrónomo electrónico—. Les dejo el café helado en el dintel. Hace calor en la calle y la fachada de este edificio parece de beneficencia pública.
El notario carraspeó detrás de sus anteojos bifocales, sellando con tampón de tinta roja la última foja del protocolo matrimonio-mercantil. Matías tomó su copia, la deslizó dentro del maletín de piel de becerro y, al pasar junto a Valeria, rozó con el dorso de la mano la manga de lana burda de la chaqueta de ella. No hubo descarga eléctrica de folletín; hubo rozamiento de superficies secas en una oficina con olor a papel viejo y a vencimiento fiscal.