La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 8: El guarismo del mausoleo

El archivo comprimido en formato ZIP que Clara había bajado del servidor de contingencia del subsuelo pesaba cuatro gigabytes y medio de planillas de tesorería cruzadas entre mil novecientos noventa y ocho y dos mil veintiséis. En la pantalla del monitor secundario de la oficina auxiliar, las celdas de amortización de la deuda de la planta de laminados mostraban que el préstamo con el banco regional de dos mil veintidós se había refinanciado tres veces usando como garantía el título de propiedad del terreno del mausoleo familiar, un bien inalienable por testamento del abuelo fundador.

Valeria iluminó la línea de garantía hipotecaria con el cursor del mouse, cruzando el número de matrícula registral del terreno del mausoleo con la escritura de constitución de la fianza del holding firmada por Ernesto en la notaría central.

—Tu padre hipotecó el mausoleo de los abuelos para pagar la reposición de laminadoras de la planta sur sin avisarle al directorio de minoritarios —dijo Valeria sin levantar la vista de la celda de Excel, donde el saldo de capital impago superaba el valor comercial del lote completo con intereses moratorios acumulados.

Matías se detuvo detrás del hombro izquierdo de Valeria, con la taza de café negro tibio en la mano derecha, apoyando el pulgar contra el borde de la cerámica gruesa. Leyó el número de matrícula registral en la celda y luego cruzó la mirada con la pantalla del escáner que mostraba la copia escaneada de la escritura de dos mil veintidós con la firma temblorosa de su padre al pie del folio.

—Si el banco de inversión de Quito audita la garantía real de la línea de crédito del martes, descubre que el terreno del mausoleo tiene doble gravamen y ejecución judicial en trámite por el banco regional —dijo Matías con voz de plomo templado, sin rastro de sorpresa familiar, solo con la fría contabilidad de un motor desbielado.

Valeria minimizó la hoja de Excel, abrió el bloc de notas en blanco y escribió tres líneas con viñetas numéricas: revocar la fianza del mausoleo con notificación notarial antes del lunes a las ocho de la mañana; reasignar el activo de garantía de la filial sur a la maquinaria de laminación de alta gama libre de gravamen; condicionar la firma del adéndum del martes a la renuncia del padre a la presidencia ejecutiva del directorio con retención de honorarios de asesoría sin voto decisorio.

Matías leyó las tres líneas en cinco segundos exactos, dio un trago largo al café amargo y dejó la taza vacía sobre la esquina de la mesa con un clic seco de cerámica contra caoba.

—El abuelo firma la renuncia del padre si le demostramos que el doble gravamen del mausoleo pone en riesgo penal la sucesión de la marca registrada en SENADI —dijo Matías, abriendo la gaveta superior del escritorio para sacar el sello fechador de la holding—. Subimos al estudio del abuelo a las diez de la mañana con los dos folios impresos en papel membretado sin logotipo de la gerencia de cuentas menores.

El estudio privado del padre olía a tabaco de pipa apagado en cenicero de cristal tallado y a cuero viejo de los sillones chesterfield donde el sol de la costa caía en franjas amarillas sobre la alfombra persa desgastada por la polilla. Ernesto sostenía el pliego de renuncia ejecutiva con la mano derecha temblando ligeramente a la altura de la muñeca, mientras los ojos grises y vidriosos recorrían la cláusula de transferencia de voto decisorio a la asamblea de accionistas de minoría técnica.

—Esto es un golpe de mano de dos empleados con apellido prestado para figurar en el acta de la cámara de comercio —dijo Ernesto con la voz ronca de barítono deshidratado, sin alzar el tono, usando el repertorio de autoridad patriarcal de los años ochenta—. Tu madre y yo organizamos esta fusión para que el apellido no baje de la cuarta página del directorio industrial de la provincia.

Valeria estaba de pie junto al ventanal de marcos de madera oscura, con las manos cruzadas por delante a la cintura, con la chaqueta gris plomo del uniforme de gala corporativa perfectamente abotonada.

—El apellido no baja de la cuarta página si la marca de laminados entra en concurso acreedor por doble gravamen de un bien testamentario inalienable, papá —dijo Valeria con voz plana, sin la menor inflexión de reproche filial ni de victoria de melodrama dominical—. Si firmas la renuncia a la presidencia ejecutiva hoy, el holding refinancia la deuda con la maquinaria libre de gravamen y la marca de la familia sigue en el directorio con el sello de auditoría limpia. Si no firmas, el fiscal de delitos económicos notifica el embargo de cuentas el lunes a las nueve y media de la mañana con copia a la gaceta mercantil del puerto.

Matías estaba sentado en el borde del escritorio de caoba de su suegro, con la pluma fuente platinada en la mano derecha, girando el cilindro de metal con la misma cadencia con la que giraba las tuercas en la notaría el día de la firma del contrato.

—El abuelo ya leyó el folio dos del anexo del mausoleo —dijo Matías sin prisa, mirando a Ernesto a los ojos con la autoridad seca del accionista mayoritario que sostiene el pagaré al portador en la palma abierta—. Firma el folio de renuncia o la asamblea del martes revoca la fianza de la filial sur por unanimidad técnica.

Ernesto miró el bolígrafo de tinta negra que Matías dejó sobre el borde de la mesa, exhaló un suspiro de aire caliente que olía a tabaco viejo y apoyó la punta de la pluma en la línea de puntos del documento con un pulso firme de vejez resignada a los números de la balanza.




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