La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 4: La mesa larga

La mesa de comedor medía cuatro metros y medio de marañón macizo, pulida con cera de abeja hasta reflejar los candelabros de cristal checo como si flotaran sobre un estanque negro. Don Ernesto, con las sienes plateadas por el tinte de farmacia y la mandíbula apretada en un rictus de directorio permanente, cortaba el solomillo con la precisión de cirujano ortopédico, sin levantar la vista del plato. Elena masticaba acompasada, evaluando el espesor de la salsa de reducción de oporto con la mirada de quien audita un balance trimestral.

—La fusión con la agroexportadora del sur requiere cohesión visual en los eventos de la cámara de comercio —dijo Ernesto, interrumpiendo el sonido metálico de los cubiertos contra la losa con voz de barítono deshidratado—. No podemos permitirnos titubeos en la presentación de los cuadros directivos. Valeria, tu paso por la panadería de la esquina en tus años de ausencia fue un desvío pintoresco, pero en este directorio no se valora la levadura, sino la retención de flujos de caja.

Valeria dejó el tenedor de postre con la yema del dedo índice apoyada en el mango, midiendo el ángulo de la mirada de su suegro. En la pantalla del reloj inteligente oculto bajo el puño de la camisa brotó un destello verde de notificación silenciosa de Clara: «El viejo acaba de aprobar el presupuesto de marketing para la cena de la cámara; si menciona el pan de yuca, le digo al cocinero que ponga música de elevador en el salón».

—La levadura requiere control de temperatura y tiempo de fermentación, suegro —respondió Valeria con voz clara, sin la menor inflexión de recelo ni sumisión—. Si dejas la masa quince minutos de más en la cámara templada, el pan se desploma por el centro aunque la corteza parezca de oro. Lo mismo pasa con las fusiones sobreapalancadas: si inflas el valor de la cartera por apurar la firma trimestral, a la tercera semana de calor comercial se te hunde la miga.

Ernesto detuvo el cuchillo a dos milímetros del plato. Los ojos grises y vidriosos del padre de Matías parpadearon por primera vez en diez minutos. Matías, a su izquierda, masticaba despacio el solomillo con una leve, casi imperceptible, elevación en la comisura derecha de la boca. No intervino para defenderla ni para corregirla; dejó que el argumento cayera sobre el mantel de lino como un dado lanzado con pulso firme.

Elena dejó caer la servilleta sobre la falda con un susurro de tela seca.

—El postre se sirve en el salón de lectura —sentenció la madre, poniéndose en pie con la elegancia glacial de un busto de mármol que cambia de aparador—. Efraín, retira la salsera. Y baja el volumen del aire acondicionado del corredor sur; la corriente le molesta a la garganta de tu padre.

Al levantarse de la silla de nogal, Valeria sintió el roce leve del codo de Matías al apartar la servilleta. Sin mirar atrás, caminaron hacia el salón de lectura en paralelo, separados por exactos cuarenta centímetros de espacio aéreo normado por el protocolo de la casa grande.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.