El eco de las pisadas en el ala oeste de la mansión tenía una textura hueca, de galería de museo climatizada donde los cuadros de venados al atardecer parecía que juzgaban el volumen de las maletas con miradas de vidrio. Valeria abrió la puerta de doble hoja corredera del dormitorio principal asignado al flanco de la conyugalidad obligatoria: una cama de dos plazas y media vestida con sábanas de lino egipcio tan almidonadas que crujían como papel de calco al menor roce del aire acondicionado. A la derecha, un vestidor simétrico dividido por una raya invisible trazada con escuadra moral por la suegra; a la izquierda, el baño de mármol veteado con doble lavamanos de grifería dorada opaca.
El teléfono móvil vibró sobre la consola de caoba antigua con una llamada de video entrante desde un punto costero donde el sonido de fondo era el zumbido de un compresor de cerveza artesanal y cumbia rebajada en altavoz barato. Valeria deslizó el dedo para aceptar la pantalla y la cara redonda, engrasada por el sol y la sal de Leo, ocupó el visor con una botella de tercio de rubia artesanal levantada en alto.
—¡Prima política por decreto de ley! —bramó Leo desde el chiringuito, con una gaviota pintada en la pared de tabla detrás de su oreja izquierda—. Me cuentan las malas lenguas de la holding que la mansión de los abuelos huele a asilo con acciones en la bolsa de valores. ¿Te tocó el cuarto con vistas al jardín de los abetos tristes o el de la tía soltera que esconde los chocolates en el bidet?
—Me tocó el ala donde el aire acondicionado sopla directo a la nuca y el placard huele a cedro momificado —respondió Valeria, apoyando el teléfono contra el espejo biselado del tocador mientras sacaba de la mochila una taza de esmalte descascarada que traía desde la casa del barrio—. Matías está abajo discutiendo con el contador si la alfombra persa de la biblioteca cuenta como activo depreciable o como gasto de representación conyugal.
Matías empujó la puerta sin llamar, con el maletín de cuero colgando del antebrazo y la corbata aflojada dos centímetros por debajo del nudo Windsor. Vio la pantalla iluminada con la cara gritona de Leo en el altavoz y se detuvo en el umbral, con una ceja ligeramente levantada.
—Dile a tu primo que el inventario de la biblioteca incluye los libros del abuelo y que si vuelve a ofrecer franquicias con el logo de la holding en un chat de WhatsApp de la costa, el departamento legal le va a embargar hasta la marca de los vasos de plástico —dijo Matías con voz ronca, sin alzar el tono, cruzándose de brazos en el marco de la puerta.
Leo soltó una carcajada desde el altavoz que hizo vibrar el cristal del tocador.
—¡Ese es mi primo el financiero! Oye, Valeria, métele sal a la sopa de los domingos o haz que firme un adéndum donde se prohíba hablar de EBITDA antes de las diez de la mañana.
Matías extendió la mano larga, apretó el botón rojo de la pantalla táctil y cortó la videollamada sin parpadear. El silencio de la habitación volvió a caer como plomo tibio sobre el lino almidonado. Valeria se quedó con la taza de esmalte en la mano, mirando la pantalla negra del teléfono. Ninguno se movió del perímetro asignado; el espacio compartido medía cuatro metros de ancho por seis de fondo, y el aire olía a tregua armada con firma notarial.