La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 7: Taller y notaría vieja

A las dos y veinticinco de la madrugada, la cocina del ala de servicio de la mansión olía a café recién colado en cafetera italiana de aluminio manchado y a migajas de galleta de agua que Efraín había dejado en un plato hondo blanco. Valeria se había quitado los zapatos de charol bajo la mesa de pino del cuarto de servicio, masajeándose el empeine rojo con la yema del pulgar, mientras miraba la pantalla del teléfono parpadear con un audio caótico de Clara mandado desde el auto de aplicación en medio de la llovizna de medianoche.

«¡Oigan, chicos! El auditor de la Superintendencia acaba de mandar un correo de aviso previo al servidor de pruebas diciendo que el hash de la factura de septiembre no coincide con el sello de aduana de la terminal marítima. Si Victoria no borra el log de acceso de su sesión de las tres de la mañana, mañana a las diez el fiscal de delitos económicos pide orden de registro...»

Matías entró en la cocina de servicio arrastrando la suela de los zapatos de vestir sin saco, con la camisa blanca desabotonada del cuello y la corbata colgando del bolsillo del pantalón. Se sirvió café negro directo del jarro sin usar taza limpia; bebió un trago tibio, amargo, con la mandíbula tensa.

—Victoria borró el log del servidor central hace cuarenta minutos —dijo Matías, apoyando la cadera contra el canto de la mesada de acero inoxidable—. Pero el respaldo físico de la auditoría en la nube de la filial secundaria tiene copia espejo en el servidor de contingencia que el abuelo instaló en el estudio privado de la planta baja en dos mil veintiuno.

Valeria levantó la vista del plato hondo blanco.

—Si el abuelo descubre que el respaldo de contingencia está encriptado con la clave de acceso de Victoria, la familia entra en cesación de pagos por la fianza cruzada del banco regional antes del amanecer del viernes.

—El abuelo no va a descubrir nada si el servidor de contingencia sufre un apagón de fuente de poder por fluctuación de voltaje en la red de la planta —respondió Matías con voz plana, mirando el café oscuro reflejado en el fondo del jarro—. Y un apagón de fuente de poder se justifica con un informe de mantenimiento preventivo firmado por el celador de turno y validado por el departamento de sistemas antes de que la Superintendencia abra la bandeja de entrada a las nueve de la mañana.

Efraín asomó la cabeza gris desde la puerta del zaguán de servicio, sosteniendo un destornillador de cruz y una pinza vieja con mango de plástico amarillo.

—La llave térmica del subsuelo de la planta norte ya está floja desde la tormenta del mes pasado, patrón —dijo el celador con voz seca de ronquera matutina—. Si hay que cortar la corriente del rack de servidores secundarios a las cuatro y media de la mañana para evitar una sobrecarga de los fusibles del transformador principal, yo firmo la planilla de parte de novedad de guardia con la hora exacta.

Valeria miró al celador, luego a Matías, que seguía bebiendo el café amargo sin apartar la mirada de los ojos de ella. Tres piezas de engranaje menor decidiendo cuántos kilovatios de oscuridad hacía falta cortar para que el castillo de naipes financiero de los mayores no aplastara a los de la planta baja.

La lluvia de Guayaquil caía en ángulo recto contra el parabrisas del auto corporativo que Matías conducía sin chofer, un sedán gris oscuro con placas diplomáticas vencidas que olía a encendedor de tabaco antiguo y a caucho húmedo. A las dos de la tarde del jueves, la notaría vieja del centro histórico —un zaguán con piso de damero ajedrezado verde y blanco y olor a humedad con salitre— los recibió con el cerrojo de bronce pesado cerrado a cal y canto porque el notario adjunto había ido al banco central a sellar pólizas.

El cerrojo principal se atascó con un crujido seco en el marco de madera de cedro carcomido por la polilla. Matías empujó con el hombro una segunda vez; la puerta cedió tres centímetros antes de trabarse contra el zócalo desnivelado del zaguán interior. Quedaron encerrados en la antesala de archivo, un recinto de dos por tres metros rodeado de repisas metálicas atestadas de legajos notariales de transferencias de dominio agrario de los años setenta.

De la guantera del maletín que Matías había apoyado sobre una silla de paja coja sacó una botella de vino tinto joven de tercio, con etiqueta genérica de cooperativa vitivinícola regional y corcho sintético que saltó con un pop seco al palanquearlo con la llave del auto. Sin copas de cristal de Bohemia, sirvió el líquido rojo en dos vasos de plástico descartable que encontró aplastados en la papelera de mimbre del rincón.

—El vino sabe a cartón mojado —dijo Valeria, dando un trago corto con la vista fija en la gotera que caía rítmicamente sobre el balde de plástico azul colocado junto al archivero metálico.

—Sabe a lo que hay en la alacena de la notaría cuando el titular se jubila sin pagar la cuota de la cámara de notarios —respondió Matías, apoyando la espalda contra el estante metálico que vibró con el paso de un bus urbano sobre el asfalto de la avenida exterior.

El roce accidental de los nudillos derechos de ambos al buscar el segundo vaso de plástico en la bandeja improvisada generó contacto físico de tres segundos exactos: piel seca, temperatura corporal idéntica, ningún temblor de pulso romántico de folletín. Valeria no retiró la mano de inmediato; dejó que el borde del vaso de plástico tocara el dorso de los dedos de él con la firmeza de dos piezas de utillaje que comprueban tolerancia milimétrica en un banco de trabajo.




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