La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 10: La sociedad del puerto y el horno propio (FINAL)

El zaguán del ala de servicio de la mansión olía a refresco de tamarindo frío servido en vasos de plástico transparente de medio litro y a empanadas de verde fritas en aceite limpio que Efraín había dispuesto sobre una bandeja de lata galvanizada en la mesa de pino del cuarto de lavandería. Leo gesticulaba con un vaso de refresco en la mano derecha, apoyando el talón de la bota de trabajo contra la pata de la lavadora industrial de dos tambores, mientras Clara revisaba en la pantalla de su teléfono móvil el registro de auditoría de la Superintendencia con una sonrisa de victoria contenida.

—¡Esto parece la oficina de repuestos de una distribuidora de tractores en la zona franca! —bramó Leo desde el lavadero, dando un mordisco a la empanada que crujía con eco metálico en la acústica de ladrillo a la vista—. ¡Y pensar que la tía soltera cree que están comiendo consomé de ave con cuchara de plata en el comedor principal de los venados!

Clara levantó la vista del celular, mostrando el indicador verde de aprobación de auditoría forense con timbre de la Superintendencia de Compañías de Guayaquil.

—El hash de la factura de septiembre de la filial norte dio positivo en coincidencia con stock físico de bodegas reales, y la gerencia de cuentas menores de Victoria quedó reducida a archivo de consulta de legajos históricos en la planta del puerto.

Matías entró en el cuarto de lavandería con una botella de agua mineral sin gas en la mano derecha y la camisa de lino azul desabotonada del cuello, flanqueado por Valeria, que llevaba un vaso de plástico con tamarindo frío y una servilleta de papel absorbente doblada en cuatro.

—El abuelo ya firmó el adéndum de separación de pasivos del mausoleo y la línea de crédito del banco de inversión de Quito está aprobada con la maquinaria de laminación como garantía real —dijo Matías con voz de barítono templado, sentándose en el borde de la cajonera de madera de embalaje junto a Leo—. Si el viernes a las cinco de la tarde la asamblea de accionistas de minoría técnica ratifica el voto de calidad, la holding pasa a ser sociedad anónima de capital operativo independiente de la familia de origen.

Leo dejó caer el vaso de plástico vacío sobre la lata galvanizada con un ruido seco.

—O sea que el contrato de boda con letra chica de notario de pueblo se convirtió en un holding de dos accionistas que comen pan con atún en el lavadero de la mansión de los abuelos.

Valeria bebió el último sorbo de tamarindo frío del vaso de plástico, apoyó el fondo transparente contra la lata galvanizada con precisión milimétrica y dijo con la voz de quien corta la porción justa de masa en la madrugada del barrio:

—El contrato de boda de conveniencia caduca el viernes a las seis de la tarde, Leo. El contrato de sociedad anónima de la barra de cerveza en la caleta se firma el sábado a las nueve de la mañana en la notaría de la esquina del puerto con o sin la bendición de los venados de la sala principal.

El protocolo de rescisión anticipada de contrato de cohabitación conyugal con fines patrimoniales cruzados ocupaba exactamente dos fojas de papel sellado con sello seco de la notaría de la cuarta cuadra del centro histórico de Guayaquil. El notario adjunto deslizó el bolígrafo fuente negro sobre la línea de firmas de la foja dos sin levantar la vista del legajo.

Matías firmó con trazo firme y rápido, sin dudar el punto final del apellido familiar, cerrando el capuchón con un clic de metal pesado que sonó a puerta de caja fuerte bien engrasada.

Valeria tomó el bolígrafo de plástico transparente de la notaría —el mismo modelo económico con el que habían firmado el contrato de inicio tres meses atrás— y firmó con pulso de cirujano de banco de trabajo, sin temblar en la rúbrica final del penúltimo apellido de la cédula de identidad.

—El vínculo de cohabitación de imagen pública queda disuelto sin pasivos recíprocos ni gravámenes sobre bienes adquiridos durante el período de vigencia operativo —recitó el notario con tono monótono de letanía fiscal, sellando con tampón de tinta roja el margen inferior del protocolo de rescisión.

Al salir a la vereda de la calle calurosa de Guayaquil, el sol de las dos de la tarde caía vertical sobre el capó del auto gris diplomático estacionado en doble fila. Matías guardó su copia de la rescisión notarial en el maletín de piel de becerro, cerró la cremallera metálica con un movimiento de muñeca y abrió la puerta del acompañante sin esperar orden de protocolo de caballero de folletín.

—El departamento de la calle de las acacias luminosas tiene contrato de alquiler renovado por dos años a nombre de la razón social de la nueva distribuidora portuaria —dijo Matías, encendiendo el motor del sedán gris y dejando que el aire acondicionado de la cabina enfriara el aire cargado de humedad de la acera.

Valeria subió al asiento del acompañante, cerró la puerta con el sonido seco de chapa bien ajustada y apoyó el maletín de rescisión contra sus rodillas.

—El horno de convección de dos bandejas que compré con el saldo de caja menor de Efraín llega el sábado a las ocho de la mañana —dijo Valeria, mirando de reojo el perfil afeitado a ras de la mandíbula de su exmarido por contrato, actual socio en la distribución de cerveza y pan de campo de la caleta—. Y el pan de yuca de prueba lo horneamos en la cocina nueva, sin cuadros de venados ni tía soltera cínica en el corredor sur.




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