La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 1: El zaguán

Las ruedas de silicona gastada marcaron un surco vulgar sobre las baldosas de carrara del zaguán, un rechinamiento seco inútil contra la acústica de alfombras persas que olían a incienso tibio y naftalina cara. Valeria detuvo la manija extensible con un chasquido mecánico. Nadie salió a recibirla con el abrazo de madre recuperada de los folletines dominicales; Elena bajó el último tramo de la escalinata principal con la columna rígida como si equilibrara un vaso de cristal en la coronilla, evaluando el corte de la lona descolorida de la maleta con la misma desconfianza clínica con la que inspeccionaba una plaga en los rosales ingleses del jardín frontal.

—Llegas tarde —dijo Elena, sin alzar la voz, usando el registro exacto con el que corregía a los proveedores de arreglos florales cuando las hortensias venían con exceso de humedad—. Tu padre está en el estudio. Deja eso ahí; Efraín se encargará de pulverizarlo con amonio cuaternario antes de subirlo al ala de servicio.

Don Efraín apareció desde el pasillo de la despensa sosteniendo una bandeja de plata vacía con la palma abierta, los nudosos dedos secos y la mirada fija en el zócalo para no registrar la humillación ajena. Asintió con un movimiento mínimo de barbilla hacia Valeria, un saludo de compadre clandestino que conocía cada rincón con gotera de la casa grande antes de que los techos fueran de zinc galvanizado y teja importada. Valeria le devolvió el gesto apretando los labios en una línea neutra. No venía a pedir asilo emocional; venía a cumplir el pliego petitorio redactado con la misma caligrafía fría con la que el padre firmaba los embargos a las distribuidoras menores de la provincia.

En el bolsillo del abrigo, el teléfono vibró contra la cadera. Un zumbido breve. Sacó el aparato con disimulo mientras Elena giraba sobre sus zapatos de tacón bajo para señalar la distancia prudente con la pared de venecitas. Era Clara, mandando un archivo adjunto al chat compartido de la directiva con una nota en texto plano: «Matías acaba de firmar la adenda con cara de quien come limón sin azúcar; si necesitas que ponga el proyector en reversa durante la junta, avísame con emoji de michi». Valeria soltó un bufido nasal que hizo girar el cuello de Elena con un parpadeo de hastío calculado.

—Guarda el teléfono, querida. Aquí no se cruzan los mundos de la acera de enfrente con los libros mayores —sentenció la madre, rozando con la punta de los dedos el hombro de Valeria como si limpiara una mota invisible de ceniza—. Tu marido provisional llegará a las ocho en punto. Viene de la planta de laminados. Huele a aceite hidráulico y a junta de directorio. Compórtate como una pieza que encaja, no como una tuerca suelta que vibra en el motor.

El vestíbulo olía a cera de pisos caros y a la ausencia absoluta de historia común. Efraín se agachó con paciencia de tortuga, tomó la manija de la mochila y la arrastró por el flanco del zócalo de madera noble, evitando el mármol principal para no dejar surcos que alteraran la simetría del linóleo pulido por la mañana. Valeria sintió en la nuca el aire acondicionado centralizado, una corriente artificial que enfriaba los poros sin refrescar la sangre. Al fondo, tras la puerta de doble hoja de marañón con chapa de bronce, se escuchaba la tos seca y medida del padre, un sonido de metrónomo oxidado marcando los segundos que faltaban para que la firma en la notaría convirtiera una ausencia de diez años en un asiento contable sin pasivos sentimentales.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.