La Cláusula Del Mal Amor

Capítulo 9: El pasillo de servicio y el rechazo de pieza

El pasillo del segundo piso olía a desinfectante de pino diluido y a alfombra nueva de pasillo de hotel de cuatro estrellas. Victoria esperaba junto al ascensor de servicio con la caja de cartón corrugado estándar de sesenta por cuarenta centímetros en la que acumulaba el portarretratos de acrílico con su foto de posgrado en finanzas internacionales, tres bolígrafos de marca suiza con el logotipo dorado de la holding y el cargador inalámbrico de teléfono con diseño de piedra de río.

Valeria caminaba por el corredor con la carpeta de actas de directorio bajo el brazo izquierdo, con la vista fija en la última página del acta firmada por el abuelo y ratificada por la asamblea de accionistas. Al pasar junto a Victoria, ninguna de las dos giró la cabeza para regalarse una frase de despedida de película de sobremesa; el sistema corporativo había rechazado la pieza defectuosa por tolerancia de fricción superada en el engranaje de aduana.

—El respaldo de nube de la filial norte lo borró el servidor de contingencia anoche a las cero horas —dijo Victoria con voz neutra, sin mirar a Valeria, mirando fijamente la puerta de acero inoxidable del ascensor que tardaba cuarenta y dos segundos en abrirse.

—El respaldo de contingencia lo copió el auditor forense de la Superintendencia en disco duro externo cifrado con clave de SHA-256 a las once de la noche del viernes —respondió Valeria sin detener el paso, con la voz plana, sin asomo de revancha de vestuario.

El ascensor se abrió con un campanilleo metálico suave. Victoria entró cargando la caja de cartón corrugado al pecho con la misma postura rígida con la que había entrado el primer día a la notaría del centro, y las puertas de acero se cerraron sellando el compartimento de la ex empleada de cuentas menores sin rastro de aplauso ni de portazo.

El tránsito de la habitación de huéspedes del flanco conyugal a la cama de dos plazas y media del dormitorio principal ocurrió un martes a las once de la noche, sin una sola línea de diálogo romántico de folletín ni una maleta extra arrastrada por el zaguán. Valeria simplemente dejó la almohada de pluma sintética que había traído en la mochila de lona original sobre el lado izquierdo del colchón de lino egipcio almidonado.

Matías empujó la puerta de doble hoja corredera con el codo derecho, sosteniendo dos tazas de té verde de bolsa genérica en una bandeja de melamina blanca que había sacado de la alacena del pantry de servicio. Al ver la almohada de lona reposando en el lado izquierdo de la cabecera, se detuvo medio segundo en el umbral, sin cambiar la respiración rítmica del barítono de taller.

—El aire acondicionado del ala norte está regulado en veintidós grados y medio para que no suene la válvula de expansión de la tubería del pasillo —dijo Matías, dejando la bandeja sobre la mesa de luz de caoba sin tocar la almohada de Valeria.

—A veintidós grados y medio la masa del pan de campo de la mañana no levanta corteza crujible en la bandeja de metal —respondió Valeria desde el vestidor, desabotonándose los puños de la blusa cruda sin prisa, con la columna alineada y los hombros relajados del peso del pliego contable del holding.

Matías se quitó la camisa blanca, la dobló en cuatro movimientos exactos sobre el respaldar de la silla de madera sin respaldo acolchado y se tendió sobre el lado derecho de la cama con la cabeza apoyada en la almohada de pluma original del ajuar familiar. El contacto de la tela de lino egipcio con la nuca de ambos no generó chispa eléctrica de poesía de quiosco; generó el alivio físico de dos piezas de utillaje pesado que descansan en banco tras afinar la tolerancia de giro del cigüeñal del motor.

A las tres de la madrugada, cuando la llovizna fina de la costa repiqueteaba contra el vidrio doble del ventanal del ala oeste, la mano derecha de Valeria —apoyada en el borde de las sábanas de lino— rozó por accidente el antebrazo izquierdo de Matías. Ninguno de los dos retiró el contacto; la piel seca contra piel templada se mantuvo inmóvil durante cuarenta minutos exactos, midiendo la frecuencia cardíaca del otro con la misma precisión con la que el manómetro de la tolva mide la presión de aire antes de la inyección de la masa.




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