Corte de los Han Orientales, hacia el año 105 d. C.
El sol acababa de alzarse por encima de las murallas orientales de Luoyang cuando las puertas de la ciudad se abrieron de par en par.
Una larga procesión de carros entró en la capital.
Convoyes de cereales procedentes de la cuenca del río Amarillo se cruzaban con caravanas cargadas de jade, objetos lacados, sedas y bambú. Funcionarios, reconocibles por sus rígidos tocados negros, avanzaban entre los mercaderes, mientras los soldados mantenían despejado el paso para los correos imperiales.
La ciudad parecía respirar siguiendo un orden invisible.
Cada calle tenía su función.
Los talleres ocupaban todo un barrio, donde resonaban los martillos de los broncistas. Más allá, los escribas copiaban textos sobre estrechas tablillas de bambú cuidadosamente unidas con cordeles. Los porteadores encorvaban la espalda bajo el peso de aquellos voluminosos manuscritos, a veces más pesados que un niño.
Por encima de aquel bullicio, los tejados vidriados de los palacios imperiales dominaban la ciudad.
La administración Han gobernaba un imperio inmenso. Cada decisión pasaba por una cadena de secretarios, supervisores y archiveros antes de llegar a los ministros o al Emperador. Nada debía olvidarse. Nada debía perderse.
Y, sin embargo...
Conservar el conocimiento resultaba cada año más difícil.
Los archivos invadían los edificios.
Los carros transportaban más bambú que trigo.
El Imperio se hundía bajo el peso de sus propios escritos.
El sol de finales de primavera bañaba Luoyang en una luz pálida cuando una joven de largos cabellos rojizos cruzó la puerta oriental de la ciudad imperial. Caminaba tranquilamente bajo el peso de una cesta de mimbre que llevaba sujeta a la espalda. El guardia distinguió enseguida su heterogéneo contenido: viejos trapos de cáñamo cuidadosamente doblados, varios trozos de corteza de morera, algunas redes de pesca gastadas, cuerdas deshilachadas y fibras vegetales atadas en pequeños haces.
—¿Qué llevas ahí?
La joven dejó la cesta en el suelo.
—Desechos que todavía pueden aprovecharse. Me han dicho que los talleres imperiales los compran.
El guardia levantó un trozo de red, lo retorció entre los dedos y asintió.
—Es cierto. Los encargados aceptan cualquier cosa que todavía contenga buenas fibras.
La observó durante unos instantes.
—¿Tu nombre?
Ella esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Aretusa.
El nombre no significaba nada para él.
Con un gesto cansado, le indicó que podía pasar.
—Entra. Encontrarás los talleres detrás de los almacenes del palacio.
Aretusa reanudó la marcha.
Muy pronto, las calles comerciales dieron paso a un vasto conjunto de edificios rodeados de muros encalados. Hasta el aire parecía distinto. Sobre los patios flotaba una mezcla de olores a agua caliente, corteza hervida y fibras húmedas. Unos obreros transportaban grandes cubas de bronce. Otros enjuagaban enormes fardos de trapos en estanques de piedra. Más allá, el golpeteo regular de los mazos resonaba bajo un cobertizo, donde varios hombres machacaban sin descanso las fibras empapadas hasta convertirlas en una pasta blanca.
Un encargado examinó rápidamente el contenido de la cesta.
—Muy buena calidad.
Señaló un rincón del patio.
—Espera aquí. Te pagaremos cuando lo hayamos pesado todo.
Aretusa inclinó ligeramente la cabeza.
Aquella espera era precisamente lo que había venido a buscar.
Observó sin que pareciera hacerlo.
En el centro del patio, un hombre de unos cincuenta años, vestido con sobriedad pero cuyos gestos todos parecían respetar, iba lentamente de una cuba a otra. Tomaba un puñado de pasta, la dejaba escurrir entre los dedos, añadía algunas fibras, daba una instrucción y continuaba con su inspección.
Cai Lun, alto funcionario eunuco y responsable de los talleres imperiales.
Se detuvo ante una cuba más pequeña que las demás.
Las fibras que flotaban en ella eran de una finura poco común. Las viejas redes, los trapos de cáñamo y la corteza de morera parecían haberse fundido en una suspensión perfectamente homogénea. Removió despacio la mezcla con una espátula de bambú. La pasta se comportaba como agua lechosa, sin el menor grumo.
Un brillo discreto apareció en sus ojos.
Él mismo tomó el bastidor de bambú cubierto por una fina malla.
A su alrededor, cesaron las conversaciones.
Hasta los obreros ralentizaron sus movimientos.
Cai Lun respiró hondo y sumergió lentamente el tamiz en la cuba. Lo deslizó bajo la superficie antes de levantarlo con infinita lentitud. Una fina capa de fibras iba depositándose con una regularidad casi perfecta.
En aquel instante...
Aretusa sintió que el Tiempo se contraía.
El mundo pareció contener el aliento. Un frío repentino le recorrió la nuca. Los sonidos se amortiguaron y las sombras se volvieron ligeramente más densas.
Entonces llegaron las primeras señales.
Una pila de tablillas de bambú vibró sin motivo alguno.
Una cuerda colgada se rompió pese a parecer intacta.
Unos gorriones levantaron bruscamente el vuelo desde el tejado en un estrépito de alas.
Un caballo, atado bajo un cobertizo, se encabritó violentamente. Su mozo fue arrastrado hacia un lado.
Al intentar recuperar el equilibrio, chocó contra un porteador que cargaba con un barreño de agua.
El hombre trastabilló y su hombro golpeó el borde de la cuba en la que trabajaba Cai Lun.
Una onda recorrió el líquido. El bastidor de bambú se tambaleó.
Bastaba una sola oscilación para que la hoja se desgarrara.
Y entonces el experimento se habría perdido.
Nadie comprendió lo que estaba a punto de ocurrir.
Salvo Aretusa.
Ya había abandonado su sitio.
Sin correr.
Sin apresurarse.
Como si simplemente se acercara a recoger su cesta.