La Dama de Siracusa - El tiempo reconstruido

EPÍLOGO — LA COLONIA

La Colonia seguía los flujos temporales del mismo modo que muchas civilizaciones llamadas inteligentes recorrían el espacio en tres dimensiones —o en más, cuando sus conocimientos se lo permitían—.

A su alrededor, podía percibir a los suyos en el flujo propio de la Colonia. Presencias distintas y, sin embargo, indisociables del conjunto.

En otros lugares circulaban otras Colonias.

Millones.

Miles de millones, quizá.

Era imposible contarlas. Igual de imposible resultaba localizarlas en el sentido que los humanos habrían dado a esa palabra.

Una infinidad de Tiempos.

Una infinidad de momentos en cada uno de ellos.

Aretusa había terminado su trabajo.

Según los criterios temporales de la Tierra, su misión se había extendido desde Siracusa hasta Londres, a lo largo de casi tres milenios.

Para ella, no había transcurrido tiempo alguno.

La experiencia le había parecido divertida, si aquel término podía aplicarse a las peculiares vibraciones que recorrían ahora su envoltura interfásica.

Los humanos probablemente habrían elegido otras palabras.

Decisiva, sin duda.

Escandalosa, quizá.

Porque había reescrito su Historia.

Sin embargo, la tarea era sencilla en principio.

Había que acelerar en unos dos siglos el desarrollo científico de la humanidad.

Nada más.

Cada una de sus intervenciones solo había permitido ganar unos años. A veces, mucho menos. Pero un descubrimiento hacía posible otro, que a su vez permitía un tercero. La ventaja se propagaba a través de la cadena del conocimiento y, generación tras generación, dejaba de ser proporcional a la ínfima modificación que la había provocado.

Una fuente.

Un hombre detenido durante unos segundos en un sendero.

Una conversación retrasada.

Una hoja.

Unas líneas de cálculo.

Una frase que una mujer había renunciado a borrar.

Unos cuadernos salvados de un río.

Un manuscrito preservado de las llamas.

Una decisión tomada en un banco.

Una pieza metálica encontrada un domingo por la mañana.

Casi nada.

Dos siglos.

La Mente comunitaria de la Colonia había completado ya sus extrapolaciones.

El resultado era satisfactorio. La civilización humana alcanzaría el punto Epsilon en el momento adecuado. Aretusa percibió cómo aquella certeza se propagaba entre los suyos.

Epsilon no era un lugar.

Tampoco era una fecha.

Era una convergencia.

Un punto común entre su flujo y el de la humanidad.

Cuando las principales ramas del conocimiento humano hubieran progresado lo suficiente, cuando sus ciencias les permitieran por fin concebir la Interfase y comprender que el Tiempo poseía una estructura, solo entonces sería posible el encuentro.

Tendría lugar el Primer Contacto.

Sería difícil.

Todos los primeros encuentros lo eran.

Pero sería favorable.

Nos aseguraremos de ello.

Mucho más tarde, cuando los humanos hubieran aprendido a abandonar su propio flujo, a recorrer los Tiempos y a percibir las dimensiones que todavía ignoraban, algo nuevo aparecería en la Interfase.

Una nueva Colonia.

Nacida de la humanidad.

Aretusa vibró suavemente entre los suyos.

Así era como se reproducían.

No engendrando seres semejantes a ellos.

Sino permitiendo que otras inteligencias llegaran a ser capaces de unirse a ellos.

Y estas, a su vez, acompañarían a otra civilización todavía encerrada en su espacio, su época y sus certezas.

Y así sucesivamente.

¿Desde hacía cuántos Tiempos?

¿Hasta cuándo?

Aquellas preguntas apenas tenían sentido.

Tal vez aquella cadena no tuviera principio.

Tal vez nunca tuviera fin.

Solo existía aquella ambición, transmitida de una inteligencia a la siguiente, desmesurada y probablemente inalcanzable.

Comprender los universos.

Aretusa se fundió en la Mente comunitaria.

Muy lejos de ella —o quizá muy cerca; aquellas palabras ya no tenían demasiado sentido—, la Tierra proseguía ahora, sola, el futuro que creía suyo.

FIN



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En el texto hay: historia, ciencias, temporal

Editado: 19.09.2026

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