La Dama de Siracusa - El tiempo reconstruido

EPISODIO VII — El manuscrito de Newton

1749, Francia.

Cuando Aretusa llegó al castillo de Cirey, la fama de Émilie du Châtelet ya había traspasado las fronteras del reino.

Hija de un gran señor, había recibido una educación que ninguna mujer de su época estaba destinada a recibir. Las lenguas antiguas, las matemáticas, la física y la astronomía se habían convertido en su verdadera pasión. Con los años, había logrado hacerse un lugar entre los mejores científicos franceses y había convertido el castillo de Cirey, donde vivía junto a Voltaire, en uno de los centros científicos más extraordinarios de Europa.

Desde hacía varios años se había impuesto una tarea inmensa.

Los Principia de Newton, publicados en latín casi sesenta años antes, habían revolucionado la comprensión del Universo. Las leyes del movimiento y de la gravitación estaban expuestas en ellos con tal rigor que pocos lectores lograban seguirlas. Émilie no quería limitarse a traducirlas. Retomaba las demostraciones, las explicaba, las completaba y las hacía accesibles a los científicos de su tiempo. Poco a poco, su obra se estaba convirtiendo en mucho más que una traducción: en la guía indispensable para comprender a Newton.

Pero se le acababa el tiempo.

A los cuarenta y dos años, acababa de quedar embarazada. Todos sabían que un embarazo tan tardío entrañaba graves riesgos. Ella, la primera. A medida que pasaban las semanas, trabajaba con un empeño casi febril, decidida a terminar su obra antes de que el destino la alcanzara.

Aretusa sabía por qué había venido.

No era a Newton a quien había que salvar.

Ni siquiera a Émilie du Châtelet.

Era el camino que permitiría a toda una generación comprender por fin a Newton.

El castillo de Cirey se alzaba en medio de una extensa propiedad atravesada por el Blaise. Sus largas fachadas de piedra clara reflejaban la luz de una mañana de verano, mientras los grandes tilos del parque permanecían inmóviles bajo un calor que empezaba ya a hacerse pesado. Tras las altas ventanas, la residencia parecía todavía adormecida, aunque varios criados se afanaban ya en el patio. Abrevaban a los caballos, entraban cestas de provisiones por el portal y las primeras sirvientas abrían los postigos.

Una joven vestida con un oscuro traje de lana cruzó discretamente la entrada.

Su velo de lino ocultaba parte de su larga cabellera rojiza. Del hombro le colgaba una pequeña bolsa de cuero. Su rostro mostraba esa expresión contenida propia de quienes ya han sufrido los golpes de la vida.

El mayordomo la observó durante unos instantes.

—¿Qué deseáis?

—He enviudado hace poco, señor. Me han dicho que la señora marquesa espera un hijo. Vengo a ofrecer mis servicios como nodriza... si llegara a necesitarlos.

El hombre la examinó sin demasiado interés.

Una visita de aquel tipo no tenía nada de excepcional.

—Esperaréis en la antesala.

Si la señora se encuentra en condiciones de recibiros, os llamarán.

Aretusa se limitó a inclinar la cabeza.

El castillo estaba en silencio.

En el piso superior, en un amplio gabinete cuyas ventanas daban a los jardines, Émilie du Châtelet llevaba ya varias horas trabajando.

Los rayos del sol apenas empezaban a invadir la estancia.

Una vela casi consumida seguía ardiendo sobre su escritorio.

A su alrededor se amontonaban libros en latín, hojas cubiertas de cálculos, instrumentos de geometría, una regla de cobre, un compás y varios volúmenes de los Principia de Newton.

El escritorio desaparecía bajo los manuscritos.

Aquí, una traducción cuidadosamente caligrafiada.

Allí, una demostración enteramente reelaborada.

Más allá, comentarios destinados a los lectores franceses, en los que cada línea intentaba hacer comprensible lo que hasta entonces solo unos pocos científicos habían logrado entender.

Al pie del escritorio descansaban varios cuadernos de trabajo, algunos abiertos, otros cerrados apresuradamente. Varios contenían todavía los cálculos preparatorios del día anterior.

Émilie releía una demostración dedicada a la gravitación.

Le ardían los ojos. Su mano crispada apenas conseguía ya seguir las líneas.

Dejó la pluma un instante.

Respiró profundamente y volvió a comprobar un cálculo.

Unas páginas más. Unas correcciones más.

Tenía que terminar.

En aquel instante, un dolor fulgurante le atravesó el vientre.

Permaneció inmóvil.

Una segunda contracción llegó casi de inmediato. Más violenta.

Lo comprendió enseguida.

Su mano se apartó lentamente del manuscrito.

—Marianne...

Su voz apenas era audible.

Después, más fuerte:

—¡Marianne!

La puerta se abrió casi de inmediato.

Dos sirvientas acudieron corriendo. En cuestión de segundos, el gabinete se llenó de una agitación febril.

Sostuvieron a Émilie. La ayudaron a llegar hasta su dormitorio.

Una tercera mujer fue a avisar a la comadrona.

Una corrió en busca de sábanas y otra, de agua caliente.

El parto había comenzado.

En la antesala, Aretusa levantó discretamente la mirada y salió sin hacer ruido. El corredor estaba ahora lleno de criados que corrían de un lado a otro.

Una sirvienta apareció al fondo de la galería con una pesada tina de agua humeante entre los brazos.

Aretusa se apartó para dejarla pasar.

Después extendió suavemente la mano.

—Esperad.

La joven se detuvo, sorprendida.

Aretusa introdujo dos dedos en el agua.

—Añadid un poco de agua fría.

—La señora está esperando...

—Hacedlo.

En aquel mismo instante, un trueno retumbó sobre el castillo. Un relámpago blanqueó los cristales.

La sirvienta vaciló.

Después se dirigió bruscamente hacia una pequeña estancia contigua donde había una gran jarra de agua fresca sobre una mesa.

Durante aquellos pocos segundos, apareció otra sirvienta con los brazos cargados de sábanas y paños. La pila era tan alta que apenas le permitía ver por dónde caminaba.



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En el texto hay: historia, ciencias, temporal

Editado: 19.09.2026

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