El transbordador atravesaba la ionosfera en medio de su ronda habitual alrededor de Hytts. La gravedad del planeta intentaba arrastrarlos hacia la superficie, provocando ligeras sacudidas mientras el silencio del espacio era roto por el suave murmullo del motor. Entonces, la voz del Almirante resonó en la cabina.
—Nave no identificada fue derribada en órbita. Coordenadas 49.338453, -36.133826. Repito; nave no identificada fue derribada en órbita del planeta. Sus coordenadas de impacto son 49.338453, -36.133826.
Aquella voz carente de emoción, estremeció al cabo Arash Abatis.
—Aquí, Beta-13, rumbo a C-49.338453, -36.133826. Cambio —respondió el teniente Gomler, con una sonrisa.
—Alfa a Beta-13. OD-2, cambio.
—Confirmación OD-2, cambio.
—Confirmado, Beta-13. Cambio y fuera.
El puñado de soldados alrededor de Arash gritaron emocionados. Su alegría se debía a la “falta de acción” desde hace más de dos semanas, pero era un OD-2: retención de sobrevivientes. Aunque él sabía muy bien que esas bestias nunca plasmaban en sus informes todos los horrores de los que eran capaces.
Sentarse en silencio era lo único que podía hacer. Recargando su espalda en el asiento, con los ojos cerrados para evitar la mirada de todos a su alrededor, respirando lentamente el seco aire y con una mano cerca del arma atada a su cadera. Siempre al alcance. Imperturbable en la superficie... con el alma desgarrada en el fondo.
Sin molestarse en prestar atención a sus planes, intentó recordar la voz de su madre. Una vez más, luchó por recrear esos tonos precisos, aquellas palabras que lo habían consolado pese a no ser de consuelo. Sólo la misma gentileza con que trataba a todos los niños de la familia.
No obstante, el tiempo había hecho mella en sus recuerdos.
Odio a mi padre.
Las voces de la tripulación resonaban lejanas, mientras su indiferencia se teñía con rabia y dolor.
Gomler aterrizó suavemente cerca del lugar de caída y todos los tripulantes bajaron, armas en mano, atentos a sus alrededores. La nave derribada, un transbordador sin marcas de la armada enemiga ni de la AIT, había sido destrozada por el impacto. Siguieron los grandes y pequeños trozos desperdigados en dirección al cráter en que finalmente reposaba la cabina, sin titubear y hablando con desprecio sobre los destrozados cadáveres que fueron encontrando.
—Mierda. Se hicieron papilla —comentó uno, pateando lo que enseguida Arash reconoció como una cabeza.
Volteó rápidamente, tragando la bilis que quemó su garganta con urgencia. Si volvía a vomitar, le darían una paliza.
—Sí, pero no son ghidkat —dijo otro.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó el primero.
—Estos son muy pálidos, imbécil. Los ghidkat tienen la piel más oscura...
—Silencio —gruñó Gomler.
Enseguida todos obedecieron, deteniéndose en sus lugares con las bocas cerradas y tan alertas como podían estar. Un suave crujido, el más leve roce de una tela, y entonces, más por costumbre que por otra cosa, todas las armas apuntaban hacia un grupo de escombros. Varios trozos de madera se enredaban con los restos de metal retorcido. Con una seña de Gomer, todos se dispersaron y rodearon el lugar, acercándose poco a poco.
Sin embargo, mientras los demás se adelantaron, Arash comenzó a retroceder unos pasos, pensando y recordando. Ahogándose en la negativa de continuar en la persecución a cualquier habitante natural de Hytts. Ghidkat o no.
—¡Frat! —Resonó la voz de un niño.
Inmediatamente le recorrió el impulso de correr en su dirección, pero sus pies se detuvieron de golpe cuando escuchó el chillido de una niña.
—¡Neeen!
Su estómago se retorció y no necesito repasar los rostros de sus compañeros, para reconocer las oscuras intenciones con que rodearon al niño y la niña en el suelo. Dos niños ghidkat, a esas alturas de la invasión, no eran de utilidad para la armada luetzar.
Estrujo el bláster en sus manos deseando presionar el gatillo, mientras ellos hablaban entusiasmados sobre sus intenciones y los niños gimoteaban a sus pies. Los pequeños ghidkat tenían apenas nueve y siete años, siendo mayor el niño. El dorado de sus pieles y sus ojos heterocromáticos, inconfundibles características de su raza, eran un aliciente y justificación para toda clase de perversiones.
—Volpes jorsi... volpes… —gimoteó la niña, aferrándose a su hermano.
—¡Calla, mocosa! —le gruñó Gomler, jalándola del cabello.
El grito que desgarró la garganta de la pequeña, reverbero en los huesos de Arash.
—¡Suéltala! —gritó el niño, intentando alcanzarla.
Pero Gomler le dio un puñetazo, enviándolo de regreso al suelo. La sangre estalló en su nariz y boca, y aunque se cubrió con sus delgados brazos, los demás le propinaron una lluvia de patadas manteniéndolo abajo. Indiferentes al dolor y la desesperación ajena.
Arash observó cómo sus pequeños cuerpos enfundados en estropeados y desgarrados trajes idénticos, eran azotados contra el sueño.
Haz algo.
No había nada que pudiera hacer para ayudarlos, aunque sus gritos le partieran el alma y las risas fueran combustible para su ira.
¡Haz algo!
Cerró los ojos con fuerza, temblando, maldiciéndose en silencio por su cobardía. Maldiciendo la sangre que corría por sus venas.
—¡¡¡¡NO!!!!
La angustia en ese solo grito le quitó el aliento. Con incredulidad, él vio como la piel expuesta de la niña comenzaba a llenarse de marcas negras. Una serie de espirales y líneas que las manos de Gomer iban dejando a su paso, mientras le quitaba la ropa con jalones.
Fialket.
La satisfacción en el rostro de Gomler y el llanto de la niña, quien intentaba retorcerse fuera de su alcance, casi lo ponen de rodillas. Dio un vistazo al niño, quien observaba con el rostro pálido a su pequeña hermana. Su ojos empapados se alzaron encontrándose con los de Arash, y sus labios se movieron formando un “por favor” que terminó de romperlo.