La incitadora de Arash (hytts #1)

Capítulo XI.

Rea y Pek regresaron a su departamento tras despedirse de Hanna, quien no pudo hacer otra cosa más que pedirle a Rea que no fuera tan dura con el pequeño, mientras los veía alejarse por la calle. El pequeño esperaba un largo discurso sobre el compromiso, sobre escuchar a sus mayores e incluso sobre los peligros que supone pasear por Marcella sin la supervisión de un adulto.

Pero eso no sucedió.

Al entrar, ella soltó su mano y fue a la cocina sin decir una palabra. Él alcanzó su mochila que estaba en el sofá, la cual había pedido a un asistente que la llevara cuando se escapó de clases, y la llevó a su alcoba. Cuando regresó, el olor a especias comenzaba a llenar el hogar. Fue hasta la cocina y observó como Rea iba agregando ingredientes a la pequeña olla. Las verduras previamente picadas, los aliños que proveían la sazón típica de las comidas tradicionales de los ghidkat.

Su silencio se sentía peor que un regaño.

—Lo siento —dijo al fin, estrujando sus manos sobre la barra.

Rea lo ignoro.

—Aaagh —gimoteó, dejando caer la cabeza sobre sus brazos—. Lo sieeento.

Ella no se inmuto, terminando de sazonar el estofado para luego colocar la tapa a la olla, y mientras secaba sus manos con un paño finalmente miró a Pek.

—Lo sieeeeento —gimoteó otra vez, alzando el rostro—. Lo siento…

Insistió, terminando con un tono cuestionador que casi la hizo sonreír.

Casi.

—¿Por qué te estás disculpando? —lo cuestionó ella, con el rostro inexpresivo.

—Ugh, tía…

Sin insistir, ella alcanzó los platos del estante superior y los cubiertos de un cajón, acomodando todo sobre la barra mientras esperaba que la comida estuviera lista. Él hundió el rostro en sus brazos, gimoteando la injusticia de todo aquello. Hasta que el aroma de la comida hizo rugir su estómago. Alzó el rostro y enderezó su espalda, viendo como Rea apagaba el fogón y llevaba la pequeña olla al soporte en medio de la barra.

—Tía… —comenzó, mientras ella servía el estofado en los platos, con cuidado—. Desobedecí tu orden de mantenerme lejos de Arash… el luetzar. —Se corrigió, al ver el ceño fruncido de Rea y medio mintió un poco—. Entiendo porque no te gusta, pero pensé que no iba a poder ver a Lik en mucho tiempo… así que fui antes de arrepentirme…

Rea le acercó el plato soltando un suspiro.

—No debiste llevar a ese hombre.

—Pero… —Pek titubeó un momento, con la mirada en la comida—, pensé que ella querría despedirse de él.

Rea no entendía porque el pequeño llegaría a esa conclusión, pero sabía bien que no había nadie en el universo que conociera tan bien a Elikt como él. Solo se habían tenido el uno al otro mientras sus padres arriesgaban la vida en el frente.

Cansada de pensar en ese hombre, Rea dejó el cucharón a un lado y dejó ir su enfado.

—Está bien, Pek. Comamos.

Su rostro se iluminó y asintió efusivamente antes de tomar su cuchara y comenzar a comer. Comieron en silencio durante algunos minutos, hasta que ella le preguntó sobre sus clases y él le contó que un compañero lo había invitado a jugar en su casa, que su madre la iba a llamar para decidir qué día y a qué hora. Y mencionó que el maestro de Electrónica les había dado de tarea comenzar a dibujar los planos para el proyecto final, que consistía en crear un pequeño robot.

Terminaron de comer mientras él le preguntaba sobre el robot que ella había creado a su edad, antes del comienzo de la guerra. Y hablaron de ello mientras limpiaban los platos y cucharas, y los dejaban en el lavavajillas. Ella había creado con ayuda de su padre, un robot tipo caja que dispensaba dulces cuando se lo pedías con una “palabra mágica”, y bailaba cuando tomabas el dulce.

—¿Cuál era la “palabra mágica”? —le preguntó él, con ojos llenos de curiosidad.

Tras un breve titubeo, ella contestó:

—Bonvolu.

Pek comenzó a reír, y todavía reía mientras se sentaban en el sofá y Rea cambiaba el canal de la televisión informativo al de entretención.

—En mi defensa, tenía dos hermanitas amantes de los caramelos que olvidaban pedir las cosas con un “por favor”.

Pek asintió efusivamente, comprendiéndola más de lo que podía asimilar en ese momento. Vieron un concurso de trivias, lado a lado, hasta que él se quedó dormido y ella lo cargó con cuidado hasta su cama. Tras arroparlo, se sentó un momento a su lado y lo observó con una triste sonrisa.

Ella nunca esperó que su historia se repitiera en Ipekt. Era la última Tikva. No la última con la sangre del linaje, pero si la única capaz de perpetuar el apellido. Sus padres habían dado la vida protegiéndola a ella y otro puñado de civiles durante la primera ola de ataques, y sus hermanitas, fueron asesinadas por los luetzar al igual que Elikt… Por ello se sentía enferma ante la perspectiva de que Arash Abatis fuera su fiank.

¿Cómo podía hacerle eso a su linaje?

¿Mezclar su sangre con la de un Comandante luetzar?

Uno de los monstruos que había ordenado el exterminio de su gente, y la invasión de su patria… Sacudió la cabeza intentando apartar esos pensamientos de su cabeza.

Mientras tanto, Arash se encontraba en el hangar 2, hurgando entre el cableado revuelto detrás de un papel interno de una nave de transporte. Se sentía molesto ante el desastre frente a él, o al menos fingía que esa era la razón, y no el resentimiento sin diluir que le había dirigido la hermosa morena. También conocida como la Alta Comandante Tikva.

Soltó un suspiro cuando encontró la placa que buscaba, y estaba revisándola con cuidado cuando Francis se le acercó.

—Oye, no has ido a comer.

No fue una pregunta, y no se veía nada contento.

—No tengo hambre. Comeré después. —Contestó sin emoción.

Francis le frunció el ceño sin lograr comprender lo que pasaba por la cabeza de su compañero. Queen le había comentado lo sucedido hace unas horas, pero con su habitual tono despreocupado que ocultaba ante cualquiera su genuina preocupación. Sin embargo, él la conocía bien, mucho mejor de lo que a ella le hubiera gustado.




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