La incitadora de Arash (hytts #1)

Capítulo IV.

En la estación espacial Marcella, los ritos funerarios deben llevarse a cabo a la mayor brevedad, para preservar la salubridad y evitar que alguna enfermedad dañe a los residentes biológicos. Todos los cuerpos son despedidos, procesados y resguardados en conjunto dentro de la “bóveda negra”. La tripulación que pereció durante el traslado de los hermanos Kotani, no iban a ser una excepción. Sus cuerpos fueron puestos a disposición de la IA a cargo de la morgue en ese momento, Sol, y esta se encargó de separar e identificar cada trozo. Un proceso que fue supervisado por el director de la morgue en persona.

Dos días después, Rea ingresó a la morgue para preparar a Elikt. El médico forense, Osman Yildiz, la esperaba en el lugar.

—Comandante Tikva, lamento su pérdida —le dijo primeramente.

—Gracias —respondió ella, y preguntó—: ¿Ya terminó de redactar sus informes?

—Sí, sobre eso… —titubeó—. Hay algo que decidí dejar fuera del informe de la señorita Kotani.

Dio un vistazo al pequeño cuerpo sobre la mesa de autopsias, completamente cubierto con una sábana y le explico:

—Durante la inspección exterior me percaté de un detalle debajo de las quemaduras —comenzó, y descubrió uno de los brazos de la pequeña para señalar de lo que hablaba: una delgada y pequeña línea negra al borde de la piel quemada, que pasaba desapercibida para quien no estuviera buscando—. Tome una pequeña muestra y la analice bajo el microscopio…

Se vieron a los ojos un momento, mientras la comprensión caía sobre ella.

—Es fialket.

—¿Me está diciendo que una de esas bestias…?

Osman asintió y ella corrió al lavabo para vomitar. Tras varias dolorosas arcadas que vaciaron su estómago e hicieron saltar sus lágrimas, maldijo a los luetzar.

Su corazón clamaba por una venganza imposible.

—Yo supongo que Ipekt intento ocultarlas —continuó Osman, dándole un pañuelo cuando consiguió calmarse.

—¿Las quemaduras? —preguntó Rea, tras enjuagar su boca, recibió el pañuelo y dio un paso lejos del lavabo.

Él asintió, regresando su atención a la piel quemada de la niña. Las toscas quemaduras destacaban en tonos marrones y negros en medio de su piel olivácea.

—Su poca hinchazón indica que fueron hechas después de que su corazón se detuviera —explicó él.

Ella se secó la comisura de sus labios y estrujo el pañuelo, rompiéndolo antes de preguntar con el corazón en un puño:

—¿Ella sufrió?

—No —respondió él—, fue un disparo certero y letal.

Rea cerró los ojos y respiró profundo, conteniendo el impulso de dirigir una silenciosa oración por la pequeña. Un impulso natural que de repente, sin entender muy bien porque, le supo amargo.

—Gracias por mantener esto fuera del informe.

El asintió y explicó:

—Nadie más lo sabe, Comandante. Y le aseguro que de mi boca no saldrá ni una palabra al respecto.

Ella asintió, y con ayuda de Osman limpio y vistió a Elikt.

Cuando todo estuvo listo, regresó a su departamento. Queen y Jihal estaban con Ipekt. La primera terminando de sacar un par de cajas de la habitación del niño, mientras el segundo lo distraía con un nuevo videojuego de su consola. Aunque esto último no parecía estar funcionando. El niño lucía más triste que cuando lo había dejado.

Etin Pek —le hablo, arrodillándose frente a él—, habla conmigo, ¿si? Estoy aquí para ti.

El niño no respondió, tan solo dejó la consola a un lado, subió sus pies al sofá y abrazó sus rodillas escondiendo el rostro contra sus rodillas. Con un gesto, ella indicó a sus amigos que se fueran y así lo hicieron, llevándose las cajas. Con paciencia, se sentó junto a él sin tocarlo, pensando que los sentimientos del niño tenían prioridad sobre todo lo demás.

¿Cómo lo habían hecho los Kotani?

¿Cómo se sintió ella entonces?

Tras varios minutos, Ipekt dijo:

—Los extraño.

Por supuesto, Rea no lo había olvidado. El dolor y la tristeza que dieron paso a la añoranza. Volteaba buscando a sus padres para comentarles algo, comía algo delicioso y pensaba en darles a sus hermanas, se acurrucaba en su cama al recordar la voz de su abuelo leyéndole cuentos infantiles, doblaba su ropa limpia llorando al recordar los consejos de su abuela. La vida sin su familia fue un suplicio al que tuvo que habituarse.

—Lo entiendo, Pek —le dijo—. Pero estoy aquí, a tu lado, y te acompañare a cada paso.

Ambos lloraron y se abrazaron, buscando el consuelo del otro… Hasta que las lágrimas se secaron y pudieron respirar a pesar del dolor.

Por su parte, Arash Abatis todavía estaba recuperándose en la habitación de la clínica cuando un par de soldados de la AIT irrumpieron. Le dejaron unos pantalones y una sudadera sobre la cama, y le ordenaron que se vistiera. Ignoraron sus preguntas, y aunque lo dejaron colocarse la ropa, lo esposaron y mantuvieron una mano en sus armas durante todo el tortuoso proceso y camino.

La doctora Gurosh no había regresado con los resultados de sus análisis, por lo que no había recibido una transfusión sanguínea, y su cuerpo todavía se negaba a cooperar. Cada tambaleante paso le hacía sentir que sus heridas se abrirían en cualquier momento, y dado que ya no tenía un flujo constante de medicamentos goteando junto al suero, directamente a sus venas, el dolor comenzaba a aumentar hasta ser casi insoportable. El peso de las esposas en sus muñecas revolvía su estómago. Pero entre toda la incomodidad y la indeseada compañía, cayó en cuenta de donde se hallaba. La estación espacial de Hytts, Marcella. Base de operaciones en conjunto con la AIT y los Fantasmas.

“La Alianza” en todo su esplendor.

Era lógico, para él, que los rehenes heridos pasaran por ahí antes de disponer de ellos. El lugar más fuertemente custodiado de ese lado del sistema planetario Desil, incluso más que la estación espacial Morisse, perteneciente a Luetz.

Los soldados lo dejaron en una pequeña celda junto a otros dos machos humanoides. Un sephiro cuyas alas, plegadas a su espalda, se deslizaban sobre el piso cuando su dueño decidió bajar de su litera e ir al fondo a beber agua, inclinándose sobre el lavabo. Arash se sentó en la cama libre debajo, apartándose de su camino. Nadie dijo nada, tan solo le dirigieron miradas molestas antes de continuar con sus asuntos. Soportando el dolor y la somnolencia como mejor pudo, vio pasar las horas hasta que, cuando comenzaba a dormitar con la espalda contra la fría pared, otros soldados vinieron por él. Sin resistirse, aunque creía que lo estaban por trasladar a una prisión de la AIT, siguió a esos soldados de Hytts hasta una habitación cercana.




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