Arash lidio con los largos días de espera recordando a su madre. Aunque bien podía llamarlo una tortura auto impuesta, ella fue el único miembro de su familia que no lo golpeaba, que nunca le alzaba la voz ni le exigía nada. Tan solo estaban ahí. Le llevaba de comer cuando lo castigaban, atendía sus heridas, le cuidaba cuando enfermaba y estaba a su lado silenciosamente cuando lloraba sintiéndose el inútil que su padre le acusaba de ser. Algunas lágrimas escapaban de sus ojos cada vez que regresaba a su mente la última imagen de su madre. Su cuerpo inerte sobre las baldosas del salón, la sangre acumulándose debajo de su cabeza…
Aguantando el dolor en su pecho, hundía el rostro en la áspera manta hasta que podía respirar sin estremecerse. Hasta que sus pequeñas sonrisas y su cálida mano aplastaban todo lo demás.
El otro humano en la celda fue sacado en algún momento entre sus siestas. Arash no podía señalar exactamente cuando, pero dado que la intensidad de la luz del pasillo había sido intensa la última vez que lo vio por el rabillo del ojo, y era muy tenue cuando se percató de que ya no estaba, él supuso que había sido en algún momento de la tarde. Al día siguiente, después de que les llevaran el insípido desayuno, fueron por él.
Dos soldados de la AIT abrieron la puerta.
—Abatis —le llamó uno.
El se puso de pie lentamente, en parte no queriendo verse amenazante, y en gran medida por no querer empeorar sus dolores. Extendió sus manos sin esperar una orden y los siguió con resignación, pero no lo llevaron a un hangar ni a una esclusa. En su lugar, montaron un ascensor y subieron hasta un pasillo abierto que conectaba dos secciones, y fueron por otro pasillo hasta un salón en que le esperaban un akal y una ghidkat. Los soldados le instaron a tomar asiento en el sofá frente a ambos Altos Comandantes, y se colocaron detrás de él.
Con una sonrisa que desconcertó a Arash, Byant presionó un botón en la mesita en medio, y una delgada pantalla se alzó desde una imperceptible rendija. La imagen que ahí se mostró, era una hembra de piel color verde agua que lucía un uniforme de la AIT. Aunque no tenía señas de su rango, el supuso que debía tratarse, por lo menos, de una Almirante.
—Señor Arash Abatis —comenzó Vym—, me presento. Soy la Almirante Vym Kosowe de la AIT, Comandante en jefe de la Alianza por Hytts. Los Altos Comandantes Vestea y Motkicehl le transmitirán la decisión que tomó el Consejo respecto a su disposición. Yo solo estoy actuando como testigo y representante de la AIT.
Arash tan solo asintió, inseguro de lo que se supone que debía decir al respecto. Byant se aclaró la garganta y tomó la palabra.
—Señor Abatis, los miembros del Consejo de la Alianza discutimos largamente sobre lo sucedido… hasta anoche, momento en que finalmente llegamos a una resolución bastante satisfactoria para todas las partes —Ruveda asintió, cruzándose de brazos—. Le permitiremos quedarse en Marcella, con un localizador y bajo la supervisión de un agente. Y le proveeremos un trabajo adecuado a sus capacidades, junto a una pequeña residencia privada. Todo eso en parte como agradecimiento por resguardar la vida del joven Kotani.
Arash no terminaba de comprender lo que decía la hembra ghidkat. Estaba más que sorprendido.
—Siempre que esté de acuerdo con los términos —intervino Ruveda—. La segunda opción es enviarlo a una prisión de la AIT.
—¿Tengo opción? —preguntó incrédulo.
Byant asintió efusivamente.
—Hasta el momento la AIT no tiene cargos en su contra en proceso, ni mucho menos en espera, por lo que enviarlo a una prisión no es prioridad —intervino Vym.
Arash observó a cada uno con atención. No parecía que intentaran mentirle, y si podía escoger… Cabía la posibilidad de que los luetzar encerrados se enteraran de lo que hizo a su equipo, y lo mataran en consecuencia.
—Mate a mi equipo —dijo, con un nudo en la garganta.
—Lo hizo para proteger a un niño —le recordó Vym.
—Aun así…
—El consejo no presentará cargos —explicó Ruveda—. Y en Luetz ya lo anunciaron como muerto.
—La AIT no puede tomar una acusación contra alguien que ellos mismos declararon muerto —aclaró Vym, uniendo sus manos sobre su escritorio—. Aun si intentan retractarse para acusarlo, usted podría defenderse con esa declaración y el testimonio del joven Kotani.
—¿Necesita tiempo para pensarlo? —le pregunto Byant.
Él casi asintió, pero se dio cuenta de que sin importar cuanto lo pensara, quería vivir. Y solo una opción era segura.
—No, yo.. acepto las condiciones.
Con una sonrisa más alegre, Byant le extendió su tableta, la que había estado sobre sus piernas hasta ese momento.
—Firme aquí, por favor.
Arash movió su mano por inercia, haciendo notar que aún tenía sus manos atadas por las esposas. Con un asentimiento, Vym ordenó a uno de los soldados que le quitaran las esposas. Una muestra de su poder. El soldado rodeó el sofá en que estaba sentado, rápidamente le quitó las esposas y regresó a su lugar. Arash alcanzó la tableta de Byant y colocó su pulgar en la zona señalada, para luego devolvérsela sin siquiera molestarse en leer. Antes de que Byant pudiera decir algo al respecto, Ruveda habló.
—¿Tiene alguna duda? —le pregunto.
Arash no necesito pensarlo mucho.
—El niño… ¿El niño está bien?
Ruveda y Byant intercambiaron una mirada sorprendida antes de que ella le respondiera.
—Está bien, su familia lo cuida.
El alivio fue evidente en el rostro de Arash, lo que no pasó desapercibido para ninguno de los Vicealmirantes.
—Eso sería todo, señor Abatis. Los oficiales le escoltarán hacia su nueva residencia —dijo Vym, sonriéndole desde la pantalla—. Me despidió y le dejó en manos de los Altos Comandantes.
—Gracias por su tiempo, Almirante Kosowe. —Se despidió él inclinando la cabeza con respeto.
Vym cortó la llamada, provocando que la pantalla descendiera automáticamente. Byant se puso de pie entonces, dando una alegre palmada.