La incitadora de Arash (hytts #1)

Capítulo II.

Respirar se convirtió en una tarea difícil para ella. Sus manos temblaban y las palabras del teniente se escuchaban lejanas, pese a estar en frente. Como si sus oídos hubieran dejado de funcionar o su cerebro estuviera intentando reiniciarse.

—Haremos todo lo posible…

Hace tan sólo dos meses, sólo dos meses desde que le habían informado de las muertes de dos de sus mejores amigos, Inana y Netju Kotani. Soldados de primera y padres de dos niños que ella amaba como una feliz tía. Aquellos valientes soldados que la habían rescatado en su peor momento, cuando sus padres habían perdido la vida intentando protegerla y el mundo se derrumbaba a su alrededor. Los recuerdos más dolorosos de su vida, que solían atormentarla en las más tranquilas noches, amenazaron con ponerla de rodillas.

No quería perder a nadie más, por esa misma razón había solicitado hacerse cargo de la estación espacial Marcella de forma permanente. Desde ahí comandaría a la armada de Hytts y sus aliados. Como sus amigos le habían pedido, ella cuidaría a los pequeños con su vida. Ese era el plan, por ello había ordenado el traslado seguro de Ipekt y Elikt Kotani hacia la estación.

—¿Comandante Tikva? —repitió el teniente.

Lo alcanzó y jalo hacia ella desde el cuello de su abrigo, aferrándose a la furia para no caer llorando en medio de la sala de conferencias.

—¡¿Hace cuanto?! —le preguntó.

—Ha-hace unos diez minutos perdimos la señal —respondió sorprendido.

Aún hay tiempo, se dijo mientras soltaba al hombre y daba un paso atrás decidiendo qué hacer.

El protocolo dictaba que debía analizar la situación con cuidado. Las posibilidades de sobrevivencia, la geografía del lugar en que cayeron y drones de reconocimiento debían ser enviados antes considerar enviar soldados a la escena. Y todo tras una reunión de emergencia de los altos mandos… Pero todo aquello tomaría al menos otra hora, y eso en el mejor de los casos.

Ella no podía esperar.

Encendió el micrófono del comunicador personal en su oreja y lo conectó al sistema de audio de la estación, mientras salía del lugar rumbo al hangar 2. Sin rodeos, mientras daba largos pasos forzándose a no correr, explicó la situación y su plan. Si es que podían llamar un “plan” a volar hasta el lugar para buscar a los niños Kotani y la tripulación que los trasladaban. Sin embargo, necesitaba ayuda.

—La responsabilidad de esta misión será completamente mía —declaró mientras montaba el elevador—. Nadie saldrá perjudicado por esta insubordinación, pero… no puedo jurar que todos regresaremos a salvo. Por lo tanto, les pido que valoren sus vidas sobre todo lo demás.

Ella sabía que todos los soldados en la estación habían conocido a los Kotani, la mayoría habiendo luchado en más de una oportunidad junto a ellos, o bajo sus órdenes. Ninguno había sido indiferente a sus muertes.

Mientras dejaba el elevador atrás, corría hacia la calle principal y alcanzaba un vehículo que iba pasando, sólo pensaba en conseguir que todos sus seres queridos regresaran a casa con vida. En unos minutos llegaron a la entrada del hangar 2. Tras agradecer al chofer, corrió hacia el taller mecánico de su amiga, Queen Hoover. La jefa de mecánicos del taller 3, perteneciente a los fantasmas… quien la esperaba en la entrada, con una llave electrónica en su mano.

—No puedo ayudarte con mi vida, guapa. Pero aquí tienes —dijo y le tendió la llave—, dale un buen paseo a mi bebé.

Reprimiendo las lágrimas, Rea la alcanzó y le dio un fuerte abrazo. Algo que los ghidkat no hacen a la ligera. La sonrisa de Queen titubeo un poco mientras palmeaba su espalda rogando a los Dioses que la odiaban, que protegieran el corazón de su amiga.

—Gracias —dijo Rea con la garganta irritada, y dio un paso atrás recibiendo la llave con una pequeña sonrisa.

Los apresurados pasos que resonaron por el hangar, le permitieron centrarse en su misión. Ahí venían las casi dos docenas de soldados voluntarios, más de los que había esperado, y que marcharon hasta detenerse frente a ella. Al verlos reunidos pensó en regañarlos por no valorar más sus vidas… pero lo sabía mejor.

—Muchas gracias —les dijo, inclinándose ante todos profundamente agradecida.

—Nosotros somos quienes debemos agradecerle, Comandante —dijo la teniente segunda Millan, inclinándose ante ella de vuelta.

—Así es —asintió el Coronel Jehal—, primero rescatemos a nuestra preciosa gente, y luego puede invitarnos unos tragos.

Todos rieron por lo bajo. Dado que no podían beber estando en servicio activo, siempre bromeaban sobre cuánta sed tenían y cuántas copas se debían los unos a los otros. Animados pero decididos, abordaron la nave de Queen repartiéndose posiciones y deberes casi por inercia. Rea tomó el asiento de capitán y cuando todos los preparativos estuvieron listos, fue ella misma quien habló al control de vuelo pidiendo permiso para zarpar.

—Aquí control del hangar 2 —respondió una voz conocida. Para sorpresa de todos, era el Comandante Nandre—. Proceda con el despegue, Comandante Tikva. Código 631-883-VHH4… Ek ipao Ghik lis divig nuk li magen mohotil [1].

Su última frase en ghidkera, fue una oración para su viaje seguro que impulsó a los creyentes en Ghik a besar los bikram que colgaban de sus cuellos, usualmente ocultos por los cuellos de sus uniformes. Con sus silenciosas oraciones en mente, despegaron y dejaron atrás Marcella.

En general, intentaron mantenerse positivos y tranquilos, aunque eran demasiado conscientes de las posibilidades. Los luetzar patrullaban constantemente el espacio aéreo de Hytts, y la zona en que había caído la nave estaba entre la franja recuperada por la Alianza y custodiada por la AIT, y los estados tomados por el ejército invasor. Había que ser muy afortunado para no morir en el impacto, y más afortunado aún para no ser atrapado y asesinado por los luetzar.

Una de las razones por las que la AIT se vio obligada a respaldar a Hytts, fue la negativa de los altos mandos de Luetz a conservar rehenes. Además del intento de eliminar a los ghidkat y su apropiación del planeta, no incluían la posibilidad de intercambiar rehenes en las negociaciones de paz, alegando que ninguno de sus soldados estaban en manos de la Alianza. Llegando incluso a organizar funerales masivos para estos “caídos en batalla”, pese a que la lista oficial de los apresados en las cárceles de la AIT era de conocimiento público. Por consiguiente, cualquiera de la Alianza que cayera en manos luetzar, era asesinado o desaparecía de cualquier registro, al considerarse inútiles para su causa. Las sanciones que podía aplicar la AIT contra una nación tan grande, no eran suficientemente importantes para ellos.




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