Tras calmar a Ipekt, llevarlo a la nave y atender sus heridas dentro de la recámara de Queen, lugar en que finalmente se durmió, Rea se reunió con sus compañeros en el exterior. Casi todos se habían sumergido en la horrorosa tarea de recuperar los cuerpos de la tripulación aliada. O lo que quedaba de ellos.
El pequeño cadáver de Elikt había sido envuelto con una manta y era llevada por Jihal hacia el interior de la nave. Ella los observó pasar con la angustia apresando su garganta, pero se obligó a unirse en la labor. Alcanzó unos guantes y una mascarilla, y ayudó a reunir los trozos en las cajas que habían bajado para ello. Aunque se sentía nauseabunda y le pesaba el corazón, no podían dejar a sus compañeros atrás. Cuando el dron señaló que no se percibían más restos biológicos, fuera de los luetzar, la sangre y los fluidos inidentificables, todos se apresuraron a abandonar el lugar. Siendo Jihal el último, justo antes del despegue y porque se había acercado al transbordador luetzar.
Nadie le dijo nada cuando una explosión destruyó y quemó esa nave.
El silencio se sentía pesado, doloroso. Las lágrimas cayeron, los sollozos fueron ahogados, y nadie se atrevió a cuestionar porque llevaban a un luetzar inconsciente en la enfermería.
Cuando finalmente arribaron en el hangar 2 de Marcella, Rea dejó la silla de capitán a regañadientes. Quería castigar a alguien. A aquellos que lastimaron a sus seres queridos, a los soldados de Luetz que actuaban como bestias, a los altos mandos luetzar que lo permitían, a los políticos y empresarios detrás de toda esa masacre y destrucción…
Fue por Pek, quien todavía dormía, y lo sostuvo entre sus brazos con cuidado. Casi como si todavía fuera el pequeño bebé que solía sostener hace nueve años atrás. Todo el equipo descendió de la nave con sus semblantes sombríos, anunciando sin palabras lo sucedido a todos los que les esperaban en el lugar. Las grandes cajas que bajaron, no necesitaban etiquetas.
Rea descendió con Pek todavía en sus brazos. Queen se acercó y alcanzó al niño con una pequeña sonrisa.
—Déjamelo, guapa —dijo, y dio un paso atrás llevándolo consigo.
En ese momento descendió Jihal, con el cuerpo de Elikt en sus brazos. No se necesitaron palabras, todos los soldados y civiles presentes, se alinearon e inclinaron con sus puños derechos en medio del pecho, mostrando respeto ante la joven vida que se había perdido, y permanecieron así mientras las cajas eran subidas a una plataforma de transporte. Después de ver partir los restos de los caídos, Rea y Queen se dirigieron al departamento de la primera. Ahí, Queen dejó a Ipekt en la habitación principal y regresó a la sala, en medio de la cual permanecía su amiga, luciendo perdida, cansada y destrozada.
—Me encargaré de arreglar su habitación —anunció, refiriéndose a sacar los objetos y mobiliario que habían preparado para la niña en la segunda habitación.
—Gra-gracias —murmuró apenas.
Queen se dirigió a la puerta, pero regresó de golpe y la abrazó con fuerza, intentando transmitirle lo que sus palabras nunca podrían. Se marchó poco después, dejando a Rea a solas con sus pensamientos y sentimientos.
La realidad la golpeó, debilitando sus piernas hasta que se vio obligada a tomar asiento, y el pecho le dolía tanto que casi no podía respirar. Su cabeza le hablaba de protocolos, de los ritos funerarios que debían llevarse a cabo… Con la mejillas empapadas y los ojos irritados, se obligó a inhalar y exhalar, mientras encerraba sus emociones en lo profundo de su corazón.
Más tarde tendría tiempo para llorar.
Cuando consiguió calmarse lo suficiente, fue a su habitación, cogió ropa limpia teniendo cuidado en no despertar al niño, y entró en su cuarto de baño para asearse y cambiarse mecánicamente. Como lo había hecho miles de veces. Ya lista, preparó algo para comer y despertó a Ipekt, disuadiéndolo para que se lavara y comiera un poco.
El pequeño le hizo caso, yendo al cuarto de baño con pasos tambaleantes, todavía somnoliento. Rea le dejo ropa limpia sobre la encimera, alcanzando el cepillo de dientes amarillo y el cepillo decorado con estrellas, que había comprado para Elikt. Los llevó a la segunda habitación y los arrojó dentro de uno de los cajones en que estaban las ropas nuevas, que también había comprado para la pequeña. Manteniendo la calma tanto como pudo, regresó a la cocina y esperó a Ipekt.
Unos diez minutos después, ambos se sentaron en la barra de la cocina con humeantes tazones de sopa entre sus manos. Pek llevo un par de cucharadas a su boca antes de preguntar:
—¿Lo mataron?
Rea detuvo su cuchara a medio camino hacia su boca, sintiéndose molesta ante el recuerdo de aquel soldado luetzar que, según el niño, había matado a sus compañeros para protegerlo. Sopesando sus palabras antes de responder, ella tomó una decisión.
—Ya no tienes que preocuparte por ese hombre.
—Pero…
—Está vivo, pero es un soldado luetzar. La Alianza se hará cargo de él, ya no le debes nada —insistió.
Ipekt dejó la cuchara a un lado, luchando contra las lágrimas. Todos habían muerto, al cerrar los ojos revivía esos horribles momentos. El ataque que hizo perder el rumbo a la pequeña nave y, atraídos por la gravedad de Hytts, el aterrizaje forzoso que terminó en un desastroso choque. Esos frenéticos segundos en que su escolta, Sahan, los sacó a él y a su hermana de sus asientos, los envolvió en su enorme chaqueta y los sostuvo contra su pecho… Despertar y verlo sin vida, todavía protegiéndolos en medio de los escombros, para luego ser capturados por los soldados luetzar…
Abrumado, estalló en llanto.
Los sollozos burbujearon desde su pecho, desgarrando su garganta y estremeciendo su pequeño cuerpo. Las lágrimas brotaron incontrolables de sus ojos irritados, que apenas podía ver sus propias manos con las que intentaba cubrirse. Ella dejó su asiento y lo abrazó, tragando sus propias lágrimas.