Cuando terminaron de orar, permanecieron un momento de rodillas hasta que Pek palmeo sus mejillas murmurando “todo estará bien” en ghidkera, y se puso de pie.
—Vamos —dijo, alcanzando el brazo de Arash con un poco de prisa.
Su mirada yendo desde la urna de Elikt hacia la entrada y de vuelta.
—Entiendo, entiendo —dijo Arash con una pequeña sonrisa.
Demasiado abrumado por sus propios sentimientos como para notar el trasfondo de la prisa del pequeño, se puso de pie y dejó que lo jalara hacia la entrada. No habían dado ni tres pasos cuando Pek se detuvo de golpe al ver que Rea venía hacia ellos, y aunque ella venía hablando con Hanna, su atención cayó sobre ellos casi como por instinto.
—Oh, no —gimió Pek.
—¿Qué suce…?
Los ojos de Arash finalmente dieron con ella. La guapa ghidkat que lo había entrevistado antes. Algo en su pecho se agitó, sorprendiéndolo, y llevó una mano a su pecho mientras Pek dirigía una mueca a Rea. Ella se acercó a ellos con el ceño fruncido, dividida entre la preocupación y la gran molestia de ver “al luetzar” junto a Pek. Se inclinó por el enfado cuando el niño dio un paso lejos, escondiéndose detrás Arash.
—¡Ipekt Kotani! —le gritó, con un tono que estremeció su pequeño cuerpo.
—Joven Kotani, ¿no había decidido ir a la escuela hoy? —intervino Hanna, dándole un momento a su jefa para calmarse.
—Cambie de opinión —respondió el, sin atreverse a dejar su escondite.
—Eso es…
—¿Qué hace él aquí? —lo cuestionó su tía, negándose a ver la cara de Arash e interrumpiendo a Hanna y su tono conciliador.
Arash entendió que la mujer estaba molesta por su presencia en aquel lugar sagrado, por lo que reaccionó en consecuencia.
—Lo siento —comenzó, bajando la mirada—. Me encontré con el joven Kotani e insistí en seguirlo hasta aquí.
Pek apretó su brazo ante la obvia mentira.
—Eso no es… —comenzó.
—Me iré enseguida —lo interrumpió Arash, inclinándose ante las mujeres para luego intentar pasar junto a ellas, rumbo a la salida.
Pero Pek se aferró a su ropa, negándose a dejarlo ir. Sorprendido por la fuerza de su agarre, Arash miró sobre su hombro, balbuceando su nombre mientras Rea lo perforaba con la mirada.
—Xiu estini ovebonxil nuan ipao [1] —dijo Pek en ghidkera.
—Tal luetzar nen esti ovebonxil eit, cicias [2] —le gruño Rea de vuelta, también en ghidkera.
—Él es diferente. —Lo defendió el, asomándose con el ceño fruncido.
—Eso no lo sabes —insistió ella
—Si lo sé —gimoteó Pek.
—No, no lo sabes —volvió a insistir Rea, más que frustrada.
Hanna suspiró y sacudió la cabeza.
—Lo sé —dijo Pek, con una sonrisa—, ilacias lirovol ghidkera [3].
Sorprendida por ello, Rea abrió la boca moviéndola sin poder emitir ni un sonido, incapaz de dar voz a su insistente negativa. No queriendo que el niño fuera tomado como un mentiroso, Arash le habló en ghidkera.
—Najung Kotani, ist bonpli ek imir [4].
—No. Si todos los dioses son bienvenidos, también puedes estar aquí.
Aunque hablaba con mucha valentía, todavía permanecía escondido a su espalda.
—Eso… no, eso… —balbuceo Rea, dando un vistazo a Arash, quien solo miraba a Pek.
Sintiéndose mal por su superior y jefa, Hanna intervino.
—Ciertamente, no hay reglas que impidan o prohíban la presencia del señor Abatis en este altar. —Comenzó, dándole la razón a Pek—. Aunque tampoco podemos ignorar el hecho de que, como luetzar, puede convertirse en blanco de un violento rechazo por parte de la comunidad.
Rea asintió, con una sonrisa tomando forma ante las sensatas palabras de su secretaria.
—Sin embargo —continuó Hanna, borrando ese atisbo de sonrisa—, esto se puede resolver con una supervisión efectiva…
—¿De qué parte estás? —le gruño Rea.
—Solo señalo los hechos. —Se excuso la akal, encogiéndose de hombros.
—Eso no…
—¡Tía Byant! —exclamó Pek.
Y corrió hacia la mujer, quien venía guiando un carro con una enorme caja negra y su tableta colgando de sus caderas. El niño la abrazó, y ella le sonrió con calidez dándole palmaditas a su cabeza.
—¿Cómo te sientes hoy, pequeño Kotani? ¿Viniste con Rea? —le pregunto, dando un vistazo hacia donde estaba la susodicha.
Ver a Arash junto a Rea y Hanna, le hizo titubear antes de alcanzarlos. Rea fruncía el ceño dando vistazos al luetzar, quien parecía haber sido golpeado en el estómago. Con su mano todavía en el pecho y un pie delante del otro, mientras observaba a Pek con atención. Yan no entendía del todo la situación, pero se atrevió a preguntar creyendo que no tenía nada que perder.
—Buenos días a todos, ¿se reunieron para la despedida?
—¡No! —gruñó Rea, estremeciéndose por el eco en la voz de Arash.
—Yo-yo me voy —declaró él.
—Tía, tía, ¿verdad que Arash puede quedarse? —le preguntó Pek a Yan, alzando el rostro con una mirada suplicante.
Esa clase de miradas que siempre llegaban a su corazón.
—Dios —suspiró, y se aclaró la garganta antes de decir—: Siempre que no provoque algún incidente que podría ofender a los Dioses, nadie le impedirá estar aquí.
—¡Eso…!
—¿Ni siquiera tía Rea…? —inquirió Pek, interrumpiendo a su tía.
—La Vicealmirante Tikva está suspendida de su lugar en el Consejo, por lo que no ejerce alguna autoridad en este momento —intervino Ruveda, quien estaba detrás de la caja, empujándola.
¿Cómo pudo pasar desapercibido hasta que hablo?
Con sus dos metros de altura y alas blancas, que aunque restringidas, eran tan evidentes como una mancha de tinta sobre una hoja blanca.
—Así es —asintió Yan.
Rea cerró la boca con fuerza, sin excusas y sin querer marcharse.
—¿Pueden hacerse a un lado? —les pidió Ruveda, señalando su muñeca con un poco de impaciencia y una pequeña sonrisa.