El sonido de la lluvia golpeando las ventanas de la pequeña casa era lo único que se escuchaba aquella tarde.
Julieta estaba sentada junto a la cama de su abuela, sosteniendo su mano entre las suyas.
La habitación olía a medicamentos y a la infusión de hierbas que su abuela solía tomar cuando se sentía débil.
—¿Te duele mucho? —preguntó Julieta en voz baja.
Su abuela abrió lentamente los ojos y le regaló una pequeña sonrisa.
—No tanto como antes.
Julieta sabía que estaba mintiendo.
Lo sabía por la forma en que su abuela apretaba los labios cada vez que el dolor aparecía.
—Abuela...
—Estoy bien, mi niña.
—No estás bien.
Elena suspiró.
—No quiero que te preocupes por mí.
Julieta bajó la mirada.
¿Cómo podía no preocuparse?
Desde que el médico les había confirmado que el cáncer había avanzado, sentía que cada día se le escapaba un poco más la persona que había sido su hogar desde que era pequeña.
Su abuela había sido quien la había cuidado cuando su madre murió.
Había sido quien le preparaba el desayuno antes de ir a la escuela.
Quien la esperaba despierta cuando regresaba tarde.
Quien le decía que podía conseguir cualquier cosa si trabajaba por ella.
Y ahora era ella quien necesitaba ayuda.
—El médico llamó esta mañana —dijo Julieta.
Elena se quedó en silencio.
—Dijo que tenemos que conseguir el dinero para el próximo tratamiento.
—Julieta...
—No me digas que no me preocupe.
Su abuela la miró con tristeza.
—No quiero que abandones tus sueños por mí.
Julieta negó con la cabeza.
—Tú eres mi familia. No estoy abandonando nada.
Antes de que Elena pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió.
Patricia apareció en el marco de la puerta.
Su expresión no mostraba preocupación.
—Julieta, necesito hablar contigo.
Julieta se levantó.
—¿Ahora?
—Sí. A solas.
Julieta miró a su abuela.
—Vuelvo enseguida.
Salió de la habitación y cerró la puerta.
Patricia caminó hasta la sala y se sentó en uno de los sillones.
Julieta permaneció de pie.
—¿Qué pasa?
—Me enteré de que el médico volvió a pedir dinero.
—Sí.
—Y supongo que esperas que tu padre y yo paguemos todo.
Julieta sintió que la rabia comenzaba a subirle por el pecho.
—Yo nunca les he pedido nada.
Patricia soltó una pequeña risa.
—Claro que no. Porque siempre has preferido hacerte la víctima.
—¿Víctima?
—Desde que llegaste a esta casa has conseguido que todos tengan que girar alrededor de ti y de tu abuela.
Julieta apretó los puños.
—Mi abuela no le está pidiendo nada a nadie.
—Pero necesita dinero.
—Y yo voy a conseguirlo.
Patricia la observó durante unos segundos.
Después sonrió.
Una sonrisa que hizo que Julieta sintiera que algo no estaba bien.
—Tal vez pueda ayudarte.
Julieta frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Tengo una propuesta para ti.
—¿Qué propuesta?
Patricia se acomodó en el sillón.
—Hay un hombre que está dispuesto a casarse contigo.
Julieta se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Es un hombre con dinero. Mucho dinero.
—No.
—Ni siquiera he terminado.
—No necesito escuchar más.
Patricia levantó una ceja.
—Deberías.
—No voy a casarme con alguien que ni siquiera conozco.
—Es un hombre respetable.
—No me importa.
—Podría pagar el tratamiento de tu abuela.
Aquellas palabras hicieron que Julieta se quedara en silencio.
Patricia lo notó.
—Eso pensé.
—No uses a mi abuela para convencerme.
—No estoy usando a nadie. Te estoy mostrando una solución.
—Eso no es una solución.
—Entonces dime cuál es.
Julieta abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Patricia se levantó.
—¿Tienes dinero para el tratamiento?
—Voy a conseguir trabajo.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Y cuánto crees que vas a ganar?
Julieta bajó la mirada.
—Lo suficiente.
Patricia soltó una carcajada.
—Eres demasiado ingenua.
—No voy a casarme con un hombre por dinero.
—Entonces tu abuela tendrá que esperar.
Julieta levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Yo no voy a pagar el tratamiento si rechazas la oportunidad que te estoy ofreciendo.
—¿Cómo puedes ser tan cruel?
—Soy realista.
—¡Es mi abuela!
—Y yo no soy responsable de ella.
Julieta sintió que los ojos comenzaban a llenársele de lágrimas.
—No te estoy pidiendo que seas responsable de ella.
—Entonces no esperes que te ayude.
Patricia tomó su bolso.
—Piénsalo.
—No tengo nada que pensar.
Patricia caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró.
—Si aceptas, tendrás todo lo que necesitas. Una casa, dinero y una vida cómoda.
Julieta la miró con incredulidad.
—¿Y qué tendría que entregar a cambio?
Patricia sonrió.
—Solo tu libertad.
Y salió.
Julieta se quedó sola en la sala.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Después sintió que una lágrima le recorría la mejilla.
Se la limpió rápidamente.
No iba a llorar.
No frente a ella.
No por ella.
Volvió a la habitación de su abuela.
Elena estaba despierta.
—¿Qué quería Patricia?
Julieta intentó sonreír.
—Nada importante.
Su abuela la conocía demasiado bien.
—Julieta.
Ella se sentó junto a la cama.
—Estoy bien.
—Mírame.
Julieta levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
Y esta vez no pudo mentir.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Quiere que me case.
Elena se quedó en silencio.
—¿Con quién?
—Con un hombre que ni siquiera conozco.
—¿Por qué?
—Porque tiene dinero.
Elena cerró los ojos.