La Rebelde del Vaquero

Capitulo 1

—No me voy a ir a meter a un nido de vacas, papá. Olvídalo.

Isabela cruzó los brazos sobre el pecho, clavando los tacones en la alfombra de la oficina. Tenía veinticuatro años, dos carreras universitarias a punto de culminar y un plan claro para su vida que definitivamente no incluía estiércol ni madrugadas a las cuatro de la mañana.

Octavio Montenegro ni siquiera se inmutó. Continuó firmando los documentos sobre su escritorio de caoba con una calma que a Isabela le desquiciaba los nervios.

—No es una negociación, Isabela —dijo él, sin levantar la mirada—. Terminarás tus proyectos desde allá. Prometiste que al graduarte te integrarías a la junta directiva de la empresa, pero te la pasas de fiesta en fiesta. Es hora de que aprendas lo que cuesta el dinero y el trabajo real.

—¡Puedo trabajar aquí! Ponme un asistente, dame un departamento, ponme a prueba en finanzas...

—Para mandar, primero hay que saber obedecer —interrumpió Octavio, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Mañana sales para la hacienda de Gabriel Rivas. Ya está todo organizado. El chófer te dejará en la entrada principal.

—¿Tres meses? Hagamos un mes —intentó negociar ella, apretando los dientes—. Dos semanas. Te juro que en dos semanas aprendo lo que quieras.

—Tres meses. Y si protestas, serán seis.

Isabela sintió que la sangre le hervía. Detestaba que su padre la tratara como a una niña caprichosa, aunque muy en el fondo sabía que rara vez asumía los platos rotos de sus impulsos. Desde la muerte de su madre, Octavio había intentado sobreprotegerla levantando muros, y ella había aprendido a derribarlos a fuerza de rebeldía.

—Haz lo que quieras —siseó, dándole la espalda—. Pero te juro que voy a hacer de ese lugar un infierno. No vas a lograr controlarme.

Octavio dejó ir un suspiro cansado mientras la veía caminar hacia la puerta.

—Por cierto... Gabriel Rivas te estará esperando personalmente. Trátalo con respeto. Es mi socio y un hombre serio.

Isabela se giró en el umbral, regalándole una sonrisa cargada de sarcasmo.

—Por favor. Seguro es un viejo amargado, gruñón y que huele a caballo viejo. Me lo voy a cenar en la primera semana.

*****

El viaje fue una auténtica tortura.
El aire acondicionado de la camioneta parecía rendirse a medida que el pavimento desaparecía y daba paso a un camino de tierra roja e interminable. El calor de la tarde se filtraba por las rendijas, pegajoso y denso. Para colmo de males, las barras de señal en su teléfono cayeron a cero justo cuando intentaba enviar un mensaje de auxilio a su mejor amiga.

—Maldita sea —murmuró Isabela, tirando el teléfono sobre el asiento de cuero.

Miró por la ventana. Todo lo que alcanzaba a ver eran hectáreas de pastizal, cercas de madera y árboles gigantescos bajo un sol abrasador. Sentía el polvo metiéndosele por los poros, arruinando su maquillaje perfecto y pegándose a su ropa de diseñador.

Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a una enorme casona de piedra y madera, Isabela no esperó a que el chófer le abriera la puerta. Bajó echando chispas, dispuesta a cantar las cuarenta al primer tipo que se le atravesara.

—Esto es insoportable, díganle a mi papá que...

La frase se le atoró en la garganta.

A pocos metros, junto a un caballo azabache de estampa impecable, había un hombre.

No era ningún viejo decrépito.

Llevaba la camisa de trabajo con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos firmes y ligeramente bronceados por el sol. Sus manos estaban rozadas por el cuero de las riendas, y un sombrero tejano le hacía sombra sobre unos ojos oscuros, penetrantes, que parecían evaluarla sin prisa. Desprendía una masculinidad imponente, madura y aplastante que le cortó la respiración en un segundo.

Isabela se quedó helada. Sentía el impacto directo en el pecho y un calor extraño recorriéndole la espalda.

Gabriel Rivas la observó de arriba abajo, deteniéndose apenas un instante en sus labios antes de volver a fijar la mirada en sus ojos. No había rastro de sumisión ante la hija del dueño. Solo una seguridad absoluta.

—¿Esperabas a alguien más? —preguntó él, con una voz grave que pareció vibrar en el aire seco del campo.

Isabela tragó saliva, recuperando el compostura a marchas forzadas y levantando la barbilla.

—Esperaba a un socio de mi padre, no a un anuncio de perfume vaquero.

Gabriel apretó los labios, conteniendo la sombra de una sonrisa, y dio un paso lento hacia ella.

¡Amores! 🔥

Esta vez les traigo una historia cargada de tensión, campo y mucho fuego:

🤠 Un vaquero gruñón y maduro que presume de tener el control.
💋 Una chica rebelde y coqueta dispuesta a hacerlo perder la cabeza.
👧 Y una pequeña terremoto que defenderá a su tío con uñas y dientes.

¿Logrará Isabela derretir el hielo de Gabriel o saldrá con el corazón roto? ¡Prepárense, porque esta historia va a arder! 🌾🔥

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