A partir de aquella noche, la estrategia de Isabela cambió por completo. Ya no esperaba las confrontaciones; ahora las buscaba de manera deliberada.
Comenzó a inventar excusas absurdas para coincidir con Gabriel a lo largo del día. Le llevaba una taza de café humeante hasta el porche justo a la hora en que revisaba los libros de contabilidad, aparecía de la nada en el establo cuando él estaba herrando a los caballos, y se ofrecía a colaborar en tareas administrativas que apenas unos días antes le hubieran parecido un castigo divino.
Mientras Gabriel le explicaba los registros de producción o la forma correcta de revisar los cercos, ella se quedaba recostada contra la madera, apoyando la barbilla en la mano y observándolo con fijeza.
No se cansaba de repetírselo en voz baja, con una sonrisa descarada:
—Por Dios, Gabriel... es que estás ridículamente guapo. Cuidado y te da un aire, vaquero.
Gabriel se daba perfecta cuenta de sus intenciones. Cada célula de su cuerpo se ponía en alerta roja cada vez que ella se acercaba, sintiendo el impulso urgente de marcar distancia. Sin embargo, su plan de huida fallaba siempre: cada encuentro terminaba inevitablemente en una conversación cargada de dobles sentidos, risas contenidas y un roce accidental que les encendía la sangre.
Mientras revisaban unas herramientas bajo el cobertizo, Isabela lo miró fijamente y decidió soltarle una de sus preguntas directas.
—Dime una cosa, Rivas... ¿Tú siempre has sido así de amargado y serio, o te volvíste así justo al cumplir los treinta?
Gabriel suspiró, dejando una llave inglesa sobre la mesa con un golpe seco.
—A diferencia de algunas personas que se la pasan de fiesta en fiesta, yo tuve que asumir responsabilidades que exigen madurez desde muy joven, Isabela.
Ella enarcó una ceja, acercándose un paso más y acortando la distancia entre ambos.
—¿Y quién te ha dicho que madurar significa dejar de divertirse, dejar de sentir y enterrarse en vida? —preguntó, con un dejo de tristeza genuina cruzándole la mirada—. Mi padre cometió ese error por culpa del trabajo y mi control y ahora está viejo, solo y encerrado en su oficina.
La pregunta flotó en el aire, pesada y filosa.
Gabriel se quedó completamente inmóvil. Las palabras de Isabela golpearon justo en el centro de su realidad, haciéndole reflexionar de golpe sobre la vida que había decidido pausar el día en que asumió la crianza de Mía. Había renunciado a su juventud, a sus espacios y al amor, creyendo que ser un buen tutor implicaba borrar su propia existencia.
Isabela notó el cambio drástico en su expresión. El brillo burlón desapareció de sus ojos y, con una suavidad inesperada, apoyó una mano en el brazo de él.
—Tienes derecho a vivir tu vida, Gabriel —murmuró ella con sinceridad—. Cuidar de Mía no significa que tengas que renunciar a ser un hombre.
Antes de que Gabriel pudiera procesar el peso de esa caricia, una voz cortante los sacó del trance.
—¿Están hablando sobre cómo mandarme a vivir con mi mamá para quedarse solos?
Los dos se giraron bruscamente. Mía estaba parada en la entrada del cobertizo, con los brazos cruzados y una expresión de furia infantil combinada con miedo puro.
Gabriel sintió que el alma se le caía a los pies; por poco se le resbala la herramienta pesada que sostenía en la mano. Isabela, por su parte, abrió los ojos de par en par, sorprendida por la agresividad y el dolor oculto en las palabras de la niña.
—Mía, ¿de qué estás hablando? —intervino Gabriel, cambiando de tono al instante, con voz firme pero consternada—. No digas tonterías.
—¡Es verdad! —exclamó la niña, con los ojos brillándole de lágrimas contenidas—. Quieres que me vaya para estar con ella. ¡La odio!
Gabriel dio un paso al frente para arrodillarse a la altura de su sobrina, intentando cortar el malentendido de raíz, pero fue Isabela quien decidió hablar, con el orgullo lastimado y el corazón latiéndole a mil por hora.
—Escúchame bien, enana —dijo Isabela, con la voz ligeramente quebrada pero intentando mantener la compostura—. Yo tengo mi vida hecha en la ciudad. Lo único que hago aquí es divertirme un rato y conocer mejor el negocio de mi padre. Así que quédate tranquila con tu tío, que nadie te va a quitar nada.
La frase fue lanzada como una coraza, pero por dentro sonó a una verdad dolorosa. Isabela dio media vuelta y comenzó a alejarse a pasos rápidos hacia la casa, sintiendo que el aire le quemaba la garganta.
Gabriel se quedó petrificado viendo cómo se alejaba. Esas palabras de Isabela le cayeron en el pecho como un rechazo directo, frío y cortante, un balde de agua helada que contrastaba con todo lo que habían compartido.
La rabia y la frustración lo invadieron. Se giró hacia Mía con el ceño fruncido, perdiendo la paciencia por completo.
—¡Se acabó, Mía! —le reprochó Gabriel con una dureza que asustó a la pequeña—. Ese comportamiento tuyo es inaceptable. Isabela es la hija de mi único socio, alguien que me ha ayudado y a quien le debemos respeto. No puedes tratarla así.
—¡Pues estás todo el tiempo pendiente de ella! —gritó Mía, con las lágrimas rodándole por las mejillas—. ¿Estás enamorado de ella, tío? ¡Dímelo!
Gabriel se quedó mudo por una fracción de segundo. La pregunta lo descolocó por completo.
—No digas estupideces —espetó él, negándolo de inmediato con una voz que sonó demasiado defensiva.
Mía lo miró con decepción pura, sacudiendo la cabeza.
—No te creo.
—¡Basta! —bramó Gabriel, perdiendo los estribos por la presión acumulada—. ¡A tu habitación a estudiar, ahora mismo! ¡No quiero escucharte más!
Mía soltó un sollozo ahogado, con el labio temblando, y salió corriendo hacia la casa con el rostro bañado en lágrimas.
Gabriel se quedó solo en medio del cobertizo, con los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Cerró los ojos, sintiendo que el control de su vida se desmoronaba por completo, dividido entre la culpa hacia su sobrina y el fuego descontrolado que Isabela había encendido en su interior.
Editado: 04.11.2026