La Rebelde del Vaquero

Capitulo 6

El crujido de la grava anunció la llegada de una camioneta desconocida. Isabela, que terminaba de organizar unos folios en la mesa del porche, levantó la mirada justo cuando un joven de camisa ajustada y sombrero de lado bajaba del vehículo con una carpeta bajo el brazo.

Era Mateo, el capataz de la hacienda vecina. Rondaba los veinticinco años, lucía una sonrisa fácil y una mirada que no tardó un segundo en posarse sobre Isabela.

—Buenos días. Busco a Don Gabriel Rivas para entregarle estos documentos de los linderos —dijo el muchacho, deteniéndose al pie de los escalones y quitándose el sombrero con caballerosidad—. Aunque no esperaba encontrarme con una vista tan bonita en esta casa.

Isabela, que acababa de notar a Gabriel caminando hacia ellos desde los establos con el ceño fruncido y una actitud de absoluta indiferencia, enarcó una ceja y regaló su sonrisa más encantadora.

—Buenos días —respondió ella, apoyándose lánguidamente contra la barandilla de madera—. Gabriel está ocupado, pero yo puedo recibir los papeles. Soy Isabela.

—Mateo —se presentó el joven, tomándole la mano un segundo más de lo necesario—. ¿Eres nueva aquí?

—Algo, ¿Algún lugar que me recomiendes?

—La verdad es que el campo puede ponerse bastante aburrido para alguien como tú. Si algún día quieres distraerte, los fines de semana nos reunimos en el bar del pueblo. Hay buena música y trago. Podría enseñarte el lugar.

—Suena interesante, Mateo. Lo voy a considerar seriamente —contestó Isabela en un tono coqueto, elevando la voz lo suficiente para que el vaquero, que ya estaba a escasos metros, escuchara cada palabra.

Gabriel llegó al porche como una sombra imponente. La mandíbula tensa y los ojos fijos en Mateo eran un poema de pura hostilidad reprimida.

—Los documentos, Mateo —interrumpió Gabriel, con una voz helada que cortó el aire de golpe.

El muchacho carraspeó, sintiendo el cambio drástico de temperatura, y le entregó la carpeta. Se despidió de Isabela con un guiño antes de subir a su camioneta y alejarse a toda prisa.

Tan pronto como el vehículo cruzó el portón, Gabriel se giró hacia Isabela. Su figura eclipsaba la luz del sol sobre los escalones.

—¿Se puede saber cuándo pensabas pedirme permiso para salir con desconocidos? —espetó él, con los nudillos blancos alrededor de la carpeta—. Ni siquiera sabes quién es ese tipo.

Isabela dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar casi pegada a su pecho. Levantó el rostro, retándolo con la mirada y una sonrisa provocadora.

—No sabía que tenía que pedirle permiso, señor Rivas.

Gabriel sintió un latigazo en las entrañas. La cercanía de ella, el brillo desafiante de sus ojos y la fragancia dulce que desprendía le encendieron los nervios. Apretó los dientes, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder la compostura frente a esa mujer que parecía disfrutar desarmándolo.

—No tiene que pedírmelo —respondió él, bajando la voz mientras la mirada se le oscurecía—. Pero debería aprender a distinguir entre divertirse y meterse en problemas.

Isabela no retrocedió ni un milímetro. Dio otro paso, rozando apenas la tela de su camisa con el torso, alimentando el fuego entre los dos.

—¿Eso es una advertencia de mi capataz... o de un hombre celoso?

El silencio cayó pesado. Gabriel dio un paso letal hacia adelante, acorralándola contra la barandilla de madera. Su voz bajó a un susurro profundo, rasposo y cargado de una masculinidad aplastante que le erizó la piel a Isabela por completo.

—No me provoque, Isabela. No tiene idea de lo difícil que resulta mantener la cabeza fría cuando usted se empeña en provocarme de esa manera.

Por primera vez, la chispa irónica de Isabela se extinguió en un instante. Las palabras ingeniosas que siempre tenía a flor de piel desaparecieron. Sintió el calor sofocante del cuerpo de Gabriel, la firmeza de su respiración y la amenaza latente de un hombre que estaba al borde de perder el control.

Lo único que pudo hacer fue morderse el labio inferior, incapaz de apartar los ojos de la boca del vaquero.

Gabriel notó el gesto. Sus ojos descendieron hacia los labios mordidos de Isabela con un hambre feroz. Durante un segundo que pareció una eternidad, estuvo a punto de rendirse, de atraparla por la nuca y borrarle la rebeldía a besos. Pero la cordura le dio un último manotazo.

Apretó los puños, dio un paso atrás de golpe y se pasó una mano tensa por el cuello.

—Vuelva a sus tareas, Montenegro —ordenó con la voz rota antes de dar media vuelta y alejarse a pasas rápidos hacia los potreros.
Isabela se quedó apoyada contra la barandilla, intentando calmar el galope desenfrenado de su corazón. Sintió las piernas débiles y los labios ardiendo por el contacto que casi sucedió.

Se tocó la boca con la punta de los dedos y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. La advertencia de Gabriel no le había quitado las ganas de coquetear. Al contrario; se las había quitado con Mateo y con cualquier otro hombre del mundo. Ahora solo le importaba una cosa: descubrir qué pasaría el día que Gabriel Rivas dejara de contenerse.




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