La Rebelde del Vaquero

Capitulo 9

Gabriel salió del despacho casi huyendo, con el pecho agitado y la respiración pesada. Necesitaba aire fresco y distancia urgente antes de cometer una locura que destruyera las reglas que tanto le había costado mantener.

A mitad del camino, una figura pequeña le cortó el paso. Era Mía, sosteniendo con cuidado un pequeño pato silvestre que parecía tener una de las alas lastimadas.

—Tío, mira. Lo encontré cerca del bebedero, creo que no puede volar bien —anunció la niña, con los ojos muy abiertos y un brillo de genuina preocupación.

Gabriel exhaló un suspiro largo, intentando sacudirse el desbarajuste mental que Isabela le acababa de provocar. Se inclinó sobre sus rodillas, examinó al animal con manos expertas y asintió con suavidad.

—Ven, Mía. Vamos al botiquín a curarle esa ala —dijo él, tomando a la pequeña del hombro.

Mientras desinfectaba la herida del ave y le vendaba con cuidado, la mente de Gabriel voló inevitablemente de regreso al despacho.

Se maldijo mentalmente en silencio. Estaba siendo cada vez más difícil mantener la cabeza fría y resistirse a las provocaciones de Isabela. Pero, por mucho que intentara negarlo, lo que más lo aterraba no era el peligro de ceder, sino lo mucho que le gustaba. Esa mujer tenía la capacidad de despertarle un fuego interno, un hambre de vivir y sentir que creía extinto desde la muerte de su hermano.

Sin embargo, la realidad volvió a golpearlo como un martillo. Recordó la responsabilidad de Mía, la sombra constante de su socio Octavio y el desastre que se avecinaba si cruzaba la línea.

—Tío, ¿me estás escuchando? —la vocecita de Mía lo sacó de golpe de sus cavilaciones.
Gabriel parpadeó, sacudió la cabeza y le dedicó una sonrisa leve a su sobrina.

—Sí, pequeña. El pato va a estar bien. Llévalo a su nido.

Llegada la noche, la hora de la cena reunió a todos en el comedor principal de la hacienda.

Isabela reapareció impecable. Ya no quedaba rastro de la leche ni del excremento de vaca que la habían cubierto por la mañana; vestía una blusa ligera de tirantes finos que delineaba sus hombros y llevaba el cabello suelto sobre la espalda. Su piel, sin embargo, parecía hormiguear todavía con el recuerdo del cuerpo de Gabriel presionado contra el suyo y las manos de él en su nuca.

En la mesa larga, rodeada por los peones, Mía y el propio Gabriel, la atmósfera era sencillamente eléctrica.

El juego de miradas comenzó de inmediato. Gabriel intentaba ignorarla por completo, adoptando un perfil estricto, cortante y distante. Daba órdenes secas a los trabajadores y mantenía los ojos fijos en su plato, esforzándose por proyectar una autoridad inquebrantable.

Isabela, desde el otro extremo, se divirtió como nunca. Le sostenía la mirada con una sonrisa burlona y desafiante, disfrutando con malicia del evidente nerviosismo que le provocaba al vaquero. Cada vez que él carraspeaba o apretaba la mandíbula, ella se mordía el labio con lentitud, recordándole exactamente lo que había pasado en el despacho horas antes.

La conversación entre los trabajadores flotaba animada sobre la mesa hasta que uno de los capataces sacó un tema inevitable.

—Por cierto, patrón, este sábado es la fiesta patronal en el pueblo. Dicen que habrá música en vivo y baile en la plaza.

Los ojos de Isabela brillaron de inmediato. Dejó los cubiertos sobre el plato con un leve repiqueteo y se inclinó hacia adelante.

—¿De verdad? —preguntó, con una sonrisa radiante—. Pues que se vayan preparando, porque yo voy.

Gabriel endureció el gesto de inmediato. Alzó la vista de golpe y la fulminó con los ojos oscuros.

—Aquí no hay salidas nocturnas a fiestas de pueblo para ti, Montenegro —sentenció él con voz fría y tajante.

—No te preocupes, vaquero, no necesito que me lleves de la mano. Ya vi que hay gente muy amable dispuesta a enseñarme el lugar —respondió ella, directa, lanzándole una indirecta sobre Mateo que hizo que a Gabriel se le tensaran hasta los músculos del cuello.

Ninguno de los dos despegó los ojos del otro en lo que restaba de la cena, cargando el aire de una tensión que el resto de los presentes prefirió ignorar fingiendo demencia.

Poco a poco, los peones terminaron de comer, agradecieron y se fueron retirando del comedor. En cuestión de minutos, el espacio quedó reducido únicamente a tres personas: Mía, Isabela y Gabriel.

Isabela decidió que ya era hora de marcar su propio terreno frente a la niña. Se giró hacia Mía con una media sonrisa retadora.

—Oye, enana, ve a los corrales a ver si la marrana ya puso huevos.

Mía entrecerró los ojos, cruzándose de brazos con la altanería típica de los Rivas.

—Ve tú a ver si el semental alazán ya tuvo un potro, a lo mejor así aprendes algo de animales.

Gabriel, que estaba de pie junto a la cabecera de la mesa y sentía que el dolor de cabeza amenazaba con volverse insoportable, dio un suspiro profundo, se pasó una mano por la cara y tomó las llaves de la camioneta.

—Me rindo. Ustedes dos son imposibles —masculló él, dándose media vuelta y saliendo al porche para dejarlas a solas.

Isabela y Mía se quedaron de pie, viéndose fijamente, matándose literalmente con los ojos en una guerra silenciosa de voluntades que apenas comenzaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.