La Rebelde del Vaquero

Capitulo 4

El sol del mediodía caía de lleno sobre el corral principal. Isabela no pensaba quedarse atascada revisando facturas cuando afuera el campo parecía retarla a gritos. Tan pronto como se desocupó del papeleo, caminó hacia las caballerizas dispuesta a tomar aire.

Sin embargo, no estaba sola. Mía estaba apoyada contra la madera del establo, cruzada de brazos y viéndola llegar con una mueca de evidente desagrado. La niña no disimulaba para nada los celos que le producía la presencia de Isabela en la hacienda.

—¿Y tú qué haces aquí? —soltó Mía de mala gana, con tono impertinente y mirándola de arriba abajo—. Aquí no hay nada para ti. Además, ni siquiera sabes montar a caballo.

Isabela se detuvo en seco, clavándole una mirada desafiante. En lugar de ignorarla por ser una niña, su orgullo saltó de inmediato; ambas compartían esa misma terquedad rebelde que las hacía chocar sin remedio.

—Para tu información, chiquilla, sé montar muchísimo mejor que tú —respondió Isabela con una sonrisa superior y mordaz, alzando la mentón para no dejarse intimidar—. Así que guarda tus comentarios.

Mía rodó los ojos y bufó con rabia, cruzándose aún más de brazos mientras Isabela, decidida a demostrar que no necesitaba que nadie la cuidara (y mucho menos a darle la razón a la niña), caminó con paso firme hacia los establos y eligió a Tormenta, una yegua dócil de pelaje castaño.

Ignoró por completo la advertencia que un peón le dejó caer al pasar:

—Ajuste bien la cincha antes de subir, señorita.

—Sé perfectamente lo que hago —espetó ella, sin molestarse en mirarlo, solo para mantener la postura frente a Mía, que no le quitaba los ojos de encima.

Creyéndose autosuficiente, Isabela apoyó el pie en el estribo e intentó impulsarse con soltura. Pero la montura, floja por su falta de experiencia, cedió bruscamente hacia un lado. Perdió el equilibrio y soltó las riendas con un ahogado grito de sorpresa.

No llegó a tocar el suelo.

Unos brazos potentes la interceptaron en el aire, sujetándola contra un torso sólido como una roca. La fuerza del impacto la dejó sin aliento, pero fue el calor de Gabriel rodeándole la cintura lo que terminó de descolocarla.

—¡¿Está loca?! —bramó él, asentándola en el suelo sin soltarla del todo—. Pudo haberse roto una pierna. Le dije claramente que no tocara los caballos sin supervisión.

Isabela intentó recuperar el aire y la compostura, aunque el corazón le rebotaba en el pecho a mil por hora.

—¡Suélteme! —protestó, empujándolo suavemente del pecho—. Deja de hablarme como si tuviera doce años y fuera una de tus empleadas. Sé cuidarme sola. —bramó Isabela aún cuando se estaba sobando el brazo.

Gabriel no respondió de inmediato. La rabia en sus ojos oscuros dio paso a algo distinto. Repasó su rostro encendido, bajó la vista y, con una delicadeza que la desarmó por completo, le tomó el brazo. Sus dedos firmes y ásperos acariciaron desde su muñeca hasta el codo.

—¿Le duele algo? —preguntó él en un tono firme, pero extrañamente suave—. ¿Se golpeó?

Esa preocupación genuina, despojada de cualquier vestigio de autoridad, la hizo enmudecer. Sentir los pulgares de Gabriel presionando despacio sobre su piel le envió una sacudida caliente hasta el vientre.

—Estoy bien —murmuró Isabela, perdiéndose por un instante en la intensidad de su mirada.

Gabriel exhaló un largo suspiro, ajustó la cincha de la yegua con dos movimientos expertos y luego volvió a girarse hacia ella.

—Suba. Pero esta vez lo hará bien.

Isabela no protestó. Se acercó al animal. Gabriel se colocó justo detrás de ella, tan cerca que la espalda de Isabela rozaba la tela dura de su camisa. El olor a cuero, tierra tibia y esa fragancia masculina e hipnótica la envolvió por completo.

—Ponga el pie aquí —indicó él.

Las manos de Gabriel se acomodaron en su cintura para impulsarla. Dedos grandes, masculinos, aferrándose con firmeza a sus caderas. Al subir, Isabela no pudo evitar notar la imponente musculatura del vaquero: sus muslos marcando la tela de los vaqueros, el torso ancho y la postura dominante que desprendía un atractivo brutal.

—Mantenga la espalda recta y no apriete las piernas como si quisiera ahogarla —explicó él, manteniendo las manos en sus muslos para corregirle la posición.

El roce de sus palmas sobre el pantalón de ella erizó cada vello de su cuerpo. Isabela mordió su labio inferior, incapaz de apartar los ojos de la boca de Gabriel.

—¿Siempre puede sujetarme de esa manera? —preguntó ella con tono coqueto, inclinándose apenas hacia él.

—Solo cuando parece decidida a terminar en el suelo —respondió Gabriel, sin retirar las manos ni un centímetro.

—Tal vez debería dejarme caer una vez. Para ver si me atrapa de nuevo.

—No diga tonterías.

—¿Le preocupa que me lastime? —provocó Isabela, entornando los ojos.

Gabriel tardó un segundo de más en responder. Sus ojos oscuros descendieron hacia los labios de ella, fijándose en la forma en que los humedecía. La tensión entre los dos se volvió tan densa que el chillido de los pájaros a lo lejos pareció desaparecer.

—Me preocupa que no entienda la gravedad de jugar con cosas que no conoce —susurró él, rompiendo la cercanía al tomar las riendas y entregárselas en la mano.

Isabela enderezó la postura, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. Tomó el control, dio una suave orden a Tormenta y la yegua comenzó a andar en un trote uniforme y elegante alrededor del corral.

Isabela manejó el rumbo con destreza, adaptándose al movimiento. Al completar la vuelta, detuvo a la yegua frente a Gabriel y le regaló una sonrisa radiante, brillante y llena de un triunfo provocador.

—¿Qué tal lo hice, capataz?

Gabriel permaneció de pie, con una mano apoyada en el cinto. Al verla allí arriba, airosa, hermosa y desbordando una vitalidad contagiosa, el rigor de su rostro se desmoronó. Una sonrisa auténtica, cálida y profundamente atractiva se dibujó en sus labios, iluminándole los ojos. Un destello de orgullo imprevisto lo atravesó por completo, desarmando cualquier barrera profesional.
Isabela sintió que el mundo se le frenaba. Verlo sonreír de esa manera fue como un golpe directo al corazón.




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