La Rebelde del Vaquero

Capitulo 2

Gabriel soltó una risa breve, grave y rasposa, que a Isabela le retumbó en el pecho.

Decidida a no dejarse intimidar, dio un paso para bajar de la camioneta. Pero la tierra suelta le jugó una mala pasada: el tacón de sus botas nuevas se hundió en el barro seco y perdió el equilibrio de golpe.

Un ahogado gemido se le escapó de la garganta. Antes de chocar contra el suelo, un brazo firme la atrapó por la cintura sin esfuerzo.

El impacto del cuerpo de Isabela contra el de Gabriel fue inevitable.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse. Su rostro quedó a escasos centímetros del de él. Olía a cuero, a tierra húmeda, a sol y a un perfume varonil que le nubló el juicio. Sintió la dureza del pecho de Gabriel bajo la tela fina de su camisa y el calor abrasador que desprendían sus manos, sujetándola contra su torso sin esfuerzo alguno.

—Aquí el suelo no está diseñado para complacerla, señorita Montenegro —murmuró él, bajando la vista apenas un segundo hacia los labios de ella.

Isabela sintió un chispazo eléctrico recorriéndole el vientre. Trató de recuperar el aliento y la dignidad al mismo tiempo.

—Usted si parece bastante dispuesto a complacerme, señor Rivas.

Gabriel no la soltó de inmediato. La deslazó con una lentitud desesperante, manteniendo su mano en la curva de su espalda hasta que comprobó que podía mantenerse en pie. Le sostuvo la mirada, profunda y cargada de una advertencia silenciosa, antes de dar un paso atrás.

Isabela dio media vuelta y caminó hacia la entrada de la casa, apretando las mandíbulas. Ese hombre no era solo un obstáculo; iba a ser su absoluta perdición. Lo que ella no sospechaba era que Gabriel, mientras la veía alejarse, apretaba los puños en sus bolsillos, intentando ignorar la sacudida de electricidad que esa mujer de veinticuatro años acababa de provocarle.

Ya en el recibidor, Isabela intentaba recuperar la cabeza fría. Estaba furiosa consigo misma. ¿Cómo era posible que un vaquero obstinado la hubiera desarmado en menos de cinco minutos?

—¿Esos zapatos son de verdad o los compraste para fingir que sabes vivir en el campo?

Una vocecita aguda la sacó de sus pensamientos.

Al pie de las escaleras había una niña de unos siete años, con los brazos cruzados, una camiseta algo holgada y un nido de pájaros por cabello. La pequeña la examinaba con una mezcla de recelo y altanería pura.

Isabela enarcó una ceja, sin dejarse amedrentar.

—Al menos yo sé peinarme sin parecer que peleé contra una gallina y perdí —respondió Isabela tranquilamente.

La niña abrió la boca indignada, con las mejillas encendidas.

—¡Tío Gabriel! —gritó la pequeña justo cuando el hombre cruzaba el umbral con el equipaje.

—Mía, basta —intervino Gabriel con tono firme pero pausado—. Compórtate con la invitada.

Mía fulminó a Isabela con la mirada.

Había perdido a sus padres demasiado pronto. Su padre había muerto y su madre la abandonó apenas vio que debía cuidar de una pequeña ella sola, y la idea de que una extraña ocupara espacio en su casa, la aterrorizaba. El miedo a encariñarse y ser abandonada de nuevo se disfrazaba de agresividad.

Isabela no intentó sonreírle con dulzura ni le ofreció juguetes para ganársela.

—Escúchame bien, enana —dijo Isabela, agachándose a su altura con absoluta franqueza—. No vine a quitarte nada ni a ser tu amiga por la fuerza. Si dejas de buscarme pelea, yo haré lo mismo. Solo serán tres meses ¿Trato?

Mía la midió con la mirada, sorprendida de que no hubiera intentado victimizarse, y finalmente asintió de mala gana antes de salir corriendo hacia la cocina.

Gabriel acompañó a Isabela hasta el segundo piso para mostrarle su habitación.

El cuarto era espacioso pero sobrio: una cama grande de madera noble, una ventana alta con vista a los corrales y un armario antiguo.

—Mañana el día empieza a las cinco de la mañana —informó Gabriel desde la entrada—. Aquí nadie se queda en la cama pasadas las seis. Te sugiero que descanses.

—¿Cinco de la mañana? —Isabela se giró bruscamente, indignada—. Ni siquiera en la universidad me despertaba a esa hora. Esto no tiene comodidades, no hay buen internet y encima me tratas como si fuera un peón.

Gabriel se apoyó lánguidamente contra el marco de la puerta, cruzando los brazos. Su figura llenaba casi todo el espacio, imponiendo una presencia física que a Isabela le ponía los nervios de punta.

—Es una hacienda, no un hotel de lujo, señorita. ¿Necesita algo más para dejar de quejarse?

Isabela dio dos pasos decididos hacia él, deteniéndose justo en el límite donde el aire entre los dos se volvía denso y caliente.

—Sí. Que dejes de mirarme como si fuera un problema.

Un destello oscuro cruzó la mirada de Gabriel. Su rostro descendió unos centímetros, acercándose lo suficiente para que ella sintiera la tibieza de su respiración.

—Todavía no he decido qué clase de problema eres —respondió él en un susurro grave que le erizó la piel.

Por una fracción de segundo, la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa tenue, casi imperceptible, que ablandó sus facciones duras. Isabela se quedó sin aliento.

De pronto, una vocecita resonó desde la penumbra del pasillo:

—El tío Gabriel nunca le sonríe así a nadie.

Gabriel se erizó al instante. Se giró hacia el corredor y señaló en dirección a las escaleras.

—A dormir, Mía. Ahora mismo.

La niña soltó una risita traviesa antes de salir corriendo hacia su cuarto. Gabriel cerró los ojos un segundo, soltando un suspiro frustrado, y volvió a mirar a Isabela con la máscara de seriedad de vuelta en su sitio.

—Buenas noches, señorita Montenegro.

Dio media vuelta y caminó por el pasillo. Isabela se quedó junto a la puerta, apoyando la espalda contra la madera y sintiendo los latidos desbocados de su corazón.

Mía acababa de decir demasiado. Y ella estaba dispuesta a descubrir qué tan profundo era el fuego que ese vaquero intentaba ocultar.




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