La Rebelde del Vaquero

Capitulo 11

Era pasada la medianoche. Isabela no podía conciliar el sueño. El recuerdo del beso que le había robado a Gabriel justo en la puerta de la camioneta le quemaba los labios. Pero el rechazo directo de Mía y cómo Gabriel la rechazaba. Le quemaba el pecho.

Se giraba de un lado a otro en la cama, frustrada por el insomnio y por la forma en que ese vaquero obstinado se había metido debajo de su piel de una manera que no sabía cómo arrancar.

Decidida a buscar un vaso de agua fría que le bajara las revoluciones, bajó las escaleras a oscuras, pisando con sigilo para no despertar a nadie.

Al pasar cerca del estudio de Gabriel, vio una rendija de luz dorada filtrándose por debajo de la puerta entreabierta.
Isabela se detuvo. Pegó un paso y se asomó con curiosidad.

Gabriel estaba de pie junto al escritorio, de espaldas a la puerta. Tenía la camisa desabotonada del cuello, las mangas arremangadas y sostenía el teléfono móvil con tanta fuerza que los nudillos se le veían completamente blancos.

No hacía falta escuchar la voz que salía del auricular para adivinar que era alguien que lo molestaba; la tensión en los hombros del vaquero lo delataba.

—Te lo he dicho mil veces, Elena —la voz de Gabriel sonó grave, fría, retumbando con un peso agotador en la habitación—. Esa tierra no se va a vender. Pertenece a Mía y a mí. Es lo único que dejó mi hermano.

Al otro lado de la línea, la mujer insistía con dureza, exigiendo su parte legal de la herencia como supuesta esposa del difunto hermano de Gabriel y amenazando con iniciar un proceso judicial para arrebatarle la custodia de la niña si no accedía a sus demandas económicas de inmediato.

Isabela, desde el pasillo, contuvo la respiración. Las piezas del rompecabezas encajaron de golpe en su cabeza: la madre de Mía no estaba muerta, estaba viva, y era una amenaza real, fría y calculadora que quería destruir el hogar que Gabriel había construido con tanto sacrificio para proteger a su sobrina. Era por eso que Mía no la quería. La imaginaba igual o peor que su madre.

—Haz lo que te dé la gana, Elena —espetó Gabriel con la mandíbula destensada por la rabia—. Pero a Mía no la vas a tocar.

Cortó la llamada de un golpe seco, arrojó el teléfono sobre el escritorio de madera y se dejó caer en la silla, pasándose las dos manos temblorosas por la cara con un gesto de absoluta derrota y desesperación.

Isabela sintió una punzada profunda en el pecho. Por primera vez, vio al hombre detrás del escudo inquebrantable; vio el terror silencioso de un hombre que cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros, aterrorizado de perder lo que más amaba en la vida.

Sin pensarlo, dio un paso al frente y empujó la puerta con suavidad.

Gabriel levantó la vista de golpe, sobresaltado. Sus ojos oscuros estaban cargados de un dolor crudo que intentó ocultar de inmediato, poniéndose de pie con rigidez.

—¿Qué haces despierta a estas horas, Isabela? —preguntó con voz ronca, intentando recuperar la compostura.
Isabela no se acobardó. Cruzó el estudio en silencio y se detuvo a pocos centímetros de él, desafiando cualquier distancia.

—Necesitaba un vaso de agua y te escuché —dijo ella con una suavidad inusual en su tono, sin rastro de burla—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo, Gabriel. Está bien si a veces sientes que el mundo se te cae encima.

Gabriel la miró fijamente. La vulnerabilidad en los ojos de ella, la empatía pura que le ofreció sin juzgarlo, desarmó por completo las murallas que el vaquero había tardado años en construir.

—Deberías de olvidar todo y dejarte llevar por un momento. —susurro ella.

Sin poder contenerse un segundo más, Gabriel la atrajo hacia su cuerpo con un movimiento desesperado, enterrando el rostro en el hueco de su cuello. La abrazó con fuerza, buscando refugio en el calor de ella como un náufrago aferrándose a una tabla en medio de la tormenta.

Isabela se quedó sin aliento por la intensidad del gesto, pero le devolvió el abrazo de inmediato, rodeándole la espalda con los brazos, acariciándole el cabello con una ternura que jamás pensó que sentiría.

El vaquero levantó la cabeza, buscando sus labios con una urgencia ciega, como si en ellos encontrara el único respiro posible en medio de su infierno.

Isabela contuvo el aliento, sintiendo que el suelo se le desvanecía bajo los pies. Gabriel detuvo el movimiento a milímetros de su boca, con el pecho subiendo y bajando de manera violenta. Lentamente, alzó las manos grandes y curtidas por el trabajo del campo, y le tomó el rostro con ambas palmas, acunando su piel con una mezcla extraña de reverencia y desesperación. Con los pulgares, comenzó a acariciar con una suavidad infinita el contorno de los labios de Isabela, que temblaban bajo su tacto.

—Ya no puedo aguantar las ganas de probar tus labios... —susurró él con la voz rota, ronca, con un hilo de rendición absoluta que le quemó el alma a Isabela.

Y entonces, la brisa de la madrugada entró perezosa por la ventana abierta, agitando las cortinas con lentitud y deteniendo el tiempo a su alrededor.

El beso comenzó suave, casi temeroso, como si ambos reconocieran la magnitud de lo que estaban desatando. Pero el autocontrol de Gabriel se rompió en un parpadeo. El roce dulce se convirtió de inmediato en un acto hambriento, salvaje, desesperado.

Las manos de Gabriel se deslizaron de sus mejillas a su cintura, aferrándola con una fuerza posesiva.

Isabela soltó un gemido ahogado contra su boca, abriéndose por completo a su arrebato, enredando los dedos en el cabello oscuro de él y atrayéndolo todavía más contra su cuerpo.

En un movimiento ágil, impulsado por una necesidad que ya no respondía a la razón, Gabriel la levantó en vilo del suelo y la sentó de golpe sobre la superficie de madera del escritorio, apartando los papeles de un manotazo. Se metió entre sus muslos abiertos, encajando su cuerpo con fuerza contra el de ella, pegándola de tal forma que no existiera un solo milímetro de aire entre los dos. El calor de sus cuerpos era abrasador, una mezcla de electricidad pura y fuego contenido que amenazaba con devorarlo todo a su paso.




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