La Rebelde del Vaquero

Capitulo 7

El sol de la tarde empezaba a caer, pintando el cielo de tonos dorados y anaranjados sobre la hacienda. Isabela caminaba por el lateral de los establos cuando el sonido constante del agua corriendo la hizo detenerse en seco.

Se asomó despacio por el portón de madera y se quedó petrificada.

Gabriel estaba allí, lavando a uno de los caballos con una manguera. Llevaba la camisa desabrochada hasta la mitad, completamente mojada y pegada al torso por las salpicaduras, dejando al descubierto su pecho amplio, firme y marcado.

Los músculos de sus brazos y de su espalda se contraían con potencia en cada movimiento mientras cepillaba el lomo del animal. El agua le corría por el cuello bronceado, perdiéndose tentadoramente bajo la tela húmeda.

Isabela se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo un calor repentino y salvaje recorrerle el vientre.

—Madre mía... este hombre está ridículamente bueno —murmuró en un suspiro casi inaudible, recreándose en la vista sin el menor disimulo.

—Te ves ridícula haciendo eso.

Isabela dio un brinco del susto, llevándose la mano al pecho mientras se giraba bruscamente. Mía estaba de pie justo detrás de ella, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada cargada de un recelo profundo.

—¡Dios santo, niña! —exclamó Isabela, tratando de recuperar el aliento y la dignidad—. ¿Tú siempre eres así de molesta o molestar a la gente es solo tu pasatiempo favorito?

—No —respondió Mía con frialdad—. Solo desde que llegaste tú.

Isabela se cruzó de brazos, entornando los ojos pero manteniendo la compostura para no perder frente a una niña de siete años.

—A ver, enana. ¿Se puede saber qué te he quitado yo para que me trates como a tu peor enemiga?

La pequeña dio un paso al frente, levantando el mentón con un orgullo infantil que escondía una fragilidad brutal.

—Me quieres quitar a mi tío. Y seguro mi tío me va a mandar a vivir con mi mamá para quedarse contigo... Así que deseo que te vayas de aquí.

Isabela se quedó boquiabierta. La respuesta la golpeó como un balde de agua helada, dejándole las palabras atrapadas en la garganta. Antes de que pudiera reaccionar o articular una sola frase para defenderse, Mía dio media vuelta y salió corriendo hacia la casa principal a toda prisa.

Isabela se quedó completamente sola junto al establo. La imagen del cuerpo mojado y escultural de Gabriel se evaporó de su mente en un segundo. Las palabras de la niña retumbaban en su cabeza como un eco ensordecedor, especialmente ese detalle que no lograba encajar: «para que me mande a vivir con mi mamá».

¿Su mamá? ¿Por qué la niña vivía con Gabriel si su madre estaba viva?

Durante la cena, el ambiente en el comedor se volvió denso, pesado e insoportable.

Habitualmente, Isabela aprovechaba el momento en la mesa para lanzar comentarios mordaces, provocar a Gabriel con miradas de reojo llena de intención o cuestionar las reglas del campo. Pero esa noche apenas había probado un par de bocados. Mantenía la mirada fija en el plato, sumida en un silencio absoluto.

Gabriel la observó en silencio desde el otro extremo de la mesa. El cambio repentino de actitud no le pasó desapercibido en absoluto. Echaba de menos la chispa peleona que solía llenar la casa.

—¿Te pasa algo, Isabela? —preguntó él finalmente, rompiendo el espeso silencio con su voz grave—. Apenas has tocado la comida y no has dicho ni una sola broma en toda la noche.

Isabela levantó la vista despacio, encontrándose con los ojos genuinamente preocupados del vaquero. Por un segundo estuvo a punto de preguntarle directamente sobre la madre de Mía, pero la presencia de la niña en la mesa la hizo contenerse.

—No me pasa nada —respondió con un hilo de voz, dejando los cubiertos a un lado—. Solo estoy cansada. Ya me llené, con permiso.

Se levantó de la mesa sin esperar respuesta y subió las escaleras a pasos lentos y pesados.

Gabriel apretó la mandíbula mientras la veía desaparecer en el pasillo del segundo piso. Tenía el instinto afinado y sabía perfectamente que algo importante se había roto esa tarde.

Giró la cabeza bruscamente hacia su sobrina, quien permanecía demasiado concentrada jugando con los guisantes de su plato.

—Mía —llamó Gabriel, con un tono firme y penetrante—. ¿Tú le dijiste algo a Isabela antes de que entráramos a cenar?

La niña se congeló un instante, pero rápidamente puso cara de inocencia, abriendo los ojos de par en par.

—No, tío. Yo no le he dicho nada —mintió Mía sin pestañear, clavando la mirada en la mesa.

Gabriel la examinó con desconfianza durante unos segundos eternos. Sabía cuando la pequeña ocultaba algo, pero prefirió no presionar en ese momento.

—Ve a lavarte los dientes y a la cama —ordenó en un suspiro cansado.

Ya en su habitación, Isabela se tumbó en la cama mirando fijamente el techo de madera en penumbras.

El ruido del viento nocturno afuera no lograba despejar su mente. Se pasaba las manos por la cara una y otra vez, repitiendo en su cabeza la confrontación con Mía.

¿Qué clase de madre abandona o deja a su hija con su tío? ¿Por qué Mía sentía ese terror tan profundo a ser enviada de vuelta con ella?

Isabela sintió una punzada de dolor en el pecho. Recordó a su propia madre, a quien había perdido cuando era apenas una niña. Recordó el vacío abismal que dejó su ausencia y cómo su padre había intentado llenar ese hueco a base de control, exigencias y muros de protección.

¿Cómo podía ser que Mía prefiriera mil veces estar al cuidado de un tío reservado y estricto antes que con la mujer que le había dado la vida? ¿Acaso la madre de Mía era una presencia fría, ausente o dañina?

Isabela se giró en la cama, abrazando la almohada con fuerza contra su pecho. Por primera vez desde que había pisado la hacienda, dejó de ver a Mía como una niña consentida y provocadora. Detrás de sus respuestas cortantes y su coraza de hierro, había una pequeña aterrorizada de volver a perder su hogar.




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