La Rebelde del Vaquero

Capitulo 5

Aprender a ponerle las sales minerales a las vacas sonaba como una tarea inofensiva. Isabela misma lo había pedido la tarde anterior, ansiosa por demostrar que podía desenvolverse en el corral sin ayuda.

El problema era que nadie le advirtió que el lote de hoy estaba compuesto por tres vacas con una actitud francamente hostil.

—A ver, señora, muévase un poco a la izquierda —le ordenó Isabela a una vaca mansa en apariencia, intentando vaciar el saco en el comedero.

El animal lanzó un resoplido sonoro, le dio un frentazo al balde y la empujó hacia atrás. Isabela dio dos pasos en falso y pisó directamente un pozo de barro denso y traicionero. Cuando intentó levantar la pierna, la bota de diseñador se quedó atascada en el fondo.

—¡Oye! ¡Respeto! —protestó Isabela, señalando a la vaca con el dedo mientras intentaba sacar el pie en vano.

Perdió el equilibrio, metió la otra pierna en el lodo y terminó salpicada de cabeza a cabeza. La ropa blanca arruinada, el cabello manchado y una vaca mirándola fijamente como si se estuviera burlando de ella.

A pocos metros, Mía soltó una carcajada tan estridente que terminó sentada en el suelo, agarrándose la barriga. Varios trabajadores disimularon la risa agachando la cabeza o ajustándose el sombrero.

Gabriel, que venía caminando desde los establos, se detuvo en seco al ver la escena. Intentó mantener el semblante serio y autoritario, pero la imagen de Isabela discutiendo acaloradamente con una vaca cubierta de barro fue demasiado. Una carcajada limpia, sonora y profunda se le escapó del pecho, contagiando a todos a su alrededor.

Isabela lo miró indignada, aunque por dentro sintió un vuelco salvaje al escuchar el sonido de su risa.

—¿Le parece muy chistoso, señor Rivas? —chilló ella, intentando zafar el pie sin éxito.

Gabriel caminó hacia el lodo, todavía sonriendo, y le ofreció una mano para sacarla del apuro.

—Le dije que el campo no se adapta a nadie, señorita Montenegro.

Isabela lo observó unos segundos. Notó la diversión en sus ojos oscuros y la postura relajada de su cuerpo. En un impulso puramente rebelde, agachó la mano, tomó un puñado de barro fresco y se lo arrojó directamente al pecho, manchándole la camisa limpia.

El silencio cayó sobre el corral en un segundo. Mía ahogó un grito de sorpresa y los peones se quedaron inmóviles.

Gabriel se miró la camisa y luego volvió los ojos hacia ella. Su expresión cambió: la sorpresa dio paso a una chispa peligrosa, juguetona y extrañamente caliente.

—¡Corre, muchacha! —gritó un peón desde la cerca, aguantando la risa.

Isabela no lo pensó dos veces. Logró destrabar el pie del barro, soltó un chillido y salió disparada hacia el patio trasero entre carcajadas descontroladas.

Pese a sus botas pesadas, Gabriel la alcanzó en cuestión de segundos. La sujetó firmemente por la cintura desde atrás, levantándola un par de centímetros del suelo. Isabela soltó un grito ahogado mientras ambos caían ligeramente sobre la hierba fresca, rodando hasta quedar de lado, exhaustos y agitados por la carrera.

Isabela quedó atrapada bajo el peso del cuerpo de Gabriel.

Los dos respiraban con dificultad, con los pechos subiendo y bajando al mismo ritmo. Las manos de Gabriel continuaban aferradas a su cadera, transmitiéndole un calor sofocante a través de la ropa húmeda. La risa fue apagándose poco a poco, dejando al descubierto una cercanía sofocante y eléctrica.

Los rostros de ambos quedaron a escasos centímetros. Gabriel bajó la vista hacia los labios entreabiertos de Isabela, y ella sintió que el aire se le quemaba en la garganta. La tensión era tan densa que bastaba un suspiro para cruzar la línea.

—¿Se van a besar o están jugando a las estatuas?

La voz aguda, inocente pero letal de Mía rompió el hechizo como un disparo seco.

Gabriel se congeló por completo. Sus ojos se abrieron de par en par y, con un movimiento brusco, como si la tierra le quemara bajo las manos, se apartó de golpe y se puso de pie de un solo salto, pasándose una mano por la nuca con evidente nerviosismo.

Isabela parpadeó, saliendo de su trance con las mejillas ardiendo, y vio a Mía de pie cerca de la cerca, con los brazos cruzados y una ceja alzada, mirándolos con una mezcla de burla y fastidio infantil.

—Mía... —gruñó Gabriel, aclarándose la garganta mientras intentaba recuperar la compostura y la autoridad.

—Vine a ver si necesitaban que les llevara una cubeta de agua para que se laven la cara, o si van a seguir ahí tirados haciendo el oso —respondió la niña con total naturalidad, antes de girar sobre sus talones.

Gabriel exhaló un suspiro tenso, le tendió una mano a Isabela para ayudarla a levantarse y evitó mirarla a los ojos, con el rostro todavía colorado por la interrupción. Isabela aceptó el tirón, conteniendo una sonrisa divertida a pesar del bochorno. La pequeña terrorista había vuelto a aparecer en el momento exacto.

Esa noche, la hacienda quedó sumida en un silencio profundo.

Gabriel estaba tumbado en su cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y la mirada fija en el techo de madera. Afuera, el viento nocturno movía las ramas de los árboles, pero dentro de su habitación el aire resultaba insoportable.

Intentaba cerrar los ojos, pero la imagen de Isabela reclinada en la hierba, su cercanía, el aroma de su piel y la forma en que Mía los había atrapados no se le borraban de la mente. Podía recordar con precisión aterradora el tacto de su cintura y la tentación casi imperdonable de haber besado sus labios.

Se sentó en el borde de la cama, pasándose una mano por la cara con frustración.

—Concéntrate, Gabriel —se regañó a sí mismo en voz baja.

Isabela tenía veinticuatro años. Era una joven urbana con toda una vida por delante, impulsiva y, para colmo de males, era la hija de Octavio Montenegro, su socio y amigo. Él tenía treinta y nueve años, una hacienda que dirigir y una sobrina de siete años de la cual era el único responsable. No tenía ningún derecho ni intención de complicarse la vida por un chispazo de atracción.




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