La Rebelde del Vaquero

Capitulo 3

Tres golpes secos contra la madera de la puerta retumbaron en la habitación de Isabela como un cañonazo.

—A levantarse, Montenegro. Son las cinco.

Isabela abrió los ojos de golpe, desorientada. Afuera la oscuridad todavía era casi absoluta. Gruñó contra la almohada, sintiendo un impulso salvaje de lanzarle el primer objeto que tuviera a la mano a la puerta. Nadie —absolutamente nadie— la despertaba a esa hora.

Quince minutos después, irrumpió en la cocina. Llevaba el cabello en un moño desordenado, los ojos ligeramente entornados y una expresión lisa y llanamente asesina.

Gabriel estaba de pie junto al mesón de madera, sirviéndose una taza de café negro. Llevaba una camisa azul oscuro ajustada a la espalda y los vaqueros ceñidos con una hebilla de bronce. Al verla aparecer, la recorrió con la mirada sin prisa alguna, deteniéndose en su cara lavada antes de ofrecerle una taza humeante.

—Buenos días —dijo él, con esa voz profunda y demasiado despierta para el gusto de ella.

—No tienen nada de buenos —siseó Isabela, arrebatándole la taza con brusquedad—. En mi casa, esto se considera tortura psicológica.

—En esta hacienda, esto se llama empezar la jornada.

Mía, sentada a la mesa con un tazón de cereales, soltó una risita ahogada antes de que su tío le lanzara una mirada de advertencia. Isabela se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la cocina mientras daba un trago al café hirviendo. La cafeína empezó a encenderle la sangre, pero la presencia de Gabriel la ponía aún más alerta.

—¿Tambien despiertas a una niña de 7 años a esta hora?

—Yo me despierto sola. —respondió Mía con aires de superioridad.

Gabriel sacó una libreta de cuero del bolsillo trasero y la abrió sobre la mesa.

—Hoy vas a empezar con tareas sencillas. Revisarás los registros del inventario de suministros, me ayudarás con la contabilidad de los piensos y vendrás conmigo a repasar las normas básicas de seguridad en los corrales.

—¿Perdón? —Isabela alzó las cejas, incrédula—. Mi padre te pidió que me enseñaras la metía prima de la empresa, no que me usaras de secretaria mal pagada. Tengo dos carreras a punto de terminar, señor Rivas. Sé manejar presupuestos millonarios, no necesito perder el tiempo contando sacos de alimento.

—Aquí no estás en una oficina con aire acondicionado, señorita Montenegro—respondió Gabriel, manteniendo una calma desesperante—. No pretendo que te conviertas en una peona experta, pero tampoco vas a pasarte tres meses tomando el sol en el porche. Para entender el negocio, hay que conocer la base.

—O simplemente estás disfrutando tenerme bajo tu control.

—Créeme, tenerte aquí es de todo menos un privilegio para mí.

Las palabras de Gabriel sonaron tan firmes que Isabela sintió un chispazo de indignación recorriéndole el cuerpo. Se acercó a la mesa a pasos rápidos, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a solo unos centímetros.

—Dame eso —pidió, estirando la mano para quitarle la libreta.

Gabriel fue más rápido. Con un movimiento fluido y una agilidad impredecible para su tamaño, elevó el cuaderno por encima de su cabeza.

—Todavía no he terminado de explicarte, Montenegro.

—¡Damelo, Gabriel! —exclamó ella, frustrada por la diferencia de estatura.

Isabela no se rindió. Apoyó una mano directamente sobre el pecho duro de Gabriel para ganar impulso y se empinó sobre las puntas de sus pies, intentando alcanzar la libreta.

El roce directo desató una corriente eléctrica instantánea.

La mano de ella sintió la firmeza de sus músculos latiendo bajo la tela y el calor abrumador que emanaba de su cuerpo. Gabriel se congeló en el acto. La mano con la que sostenía el cuaderno bajó despacio, pero no para entregárselo, sino para quedar atrapado en el espacio reducido que los separaba.

El silencio en la cocina cambió de naturaleza en un segundo. La discusión se evaporó, dejando espacio a un aire denso, caliente y respirable a duras penas.

Isabela se quedó inmóvil, con la palma pegada a su corazón, sintiendo el ritmo acelerado del pecho del vaquero. Gabriel bajó la mirada muy despacio, recorriendo el cuello de ella hasta detenerse fijamente en sus labios. La tensión sexual era tan brutal que a Isabela se le cortó la respiración.

​—¿La vas a besar, tío? —preguntó Mía, inclinándose sobre el tazón de cereales con total inocencia.

​Por un instante eterno, Isabela creyó que él la besaría ahí mismo, ignorando a Mía.
​Pero Gabriel apretó la mandíbula, cerró la libreta con fuerza y dio un paso atrás, rompiendo el contacto de golpe. El hueco de frío que dejó su ausencia la hizo estremecerse.

​—Si quiere que la tome en serio, deje de convertir cada cosa en un desafío —dijo él con la voz ligeramente rasposa, sujetando la libreta a su costado, sin atreverse a mirar a su sobrina ni a Isabela de frente.

​Isabela humedeció sus labios, clavándole una mirada provocadora que ocultaba el temblor de sus manos.

—¿Y si me gustan los desafíos?

Gabriel la sostuvo la mirada, profunda, oscura y cargada de una amenaza que le erizó la piel por completo.

—Entonces aprenda a reconocer cuándo está jugando con fuego, señorita Montenegro. Porque no siempre voy a apagarlo.

Sin esperar respuesta, Gabriel dio media vuelta y salió de la cocina a pasos largos, haciendo resonar sus botas contra el suelo de madera.

Isabela se quedó de pie junto a la mesa, apretando los puños. Estaba furiosa. Furiosa porque él había tomado el control de la conversación, furiosa porque se rehusaba a ceder... pero, sobre todo, profundamente irritada consigo misma por el deseo desesperado de que no hubiera dado ese paso hacia atrás.




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