El sol apenas despuntaba sobre el horizonte cuando Isabela ya estaba en pie. Decidida a mantener la cabeza ocupada y no darle vueltas a sus pensamientos sobre Mía o su pasado, bajó temprano a los establos.
Acompañó a los peones a repartir el alimento de los caballos y, animada por la rutina, se ofreció a intentar ordeñar una de las vacas.
El resultado fue una catástrofe rotunda.
Entre un mal movimiento de sus manos y el descontento del animal, terminó salpicada de leche de cabeza a pies. Para rematar su suerte, al dar un paso hacia atrás buscando huir del chorro, pisó directamente un excremento de vaca recién caído, hundiendo la bota por completo.
Isabela soltó un puchero de pura frustración, limpiándose la mejilla con el antebrazo.
—Tranquila, señorita Isabela —animó uno de los vaqueros, aguantando la risa con amabilidad—. Con práctica, todo se aprende.
—¿De verdad creen que aprenda en menos de tres meses? —preguntó ella, haciendo un gesto con la boca—. Bueno, en menos... porque ya llevo varios días aquí y miren cómo estoy.
—Claro que sí, con empeño en un par de semanas le agarra el tiro —aseguró otro peón.
—Ay, por favor —bromeó Isabela, sonriendo con picardía—. Sé que solo lo dicen para no hacerme sentir mal.
—Lo dice porque es la verdad, Montenegro.
Una voz gruesa, profunda y con un tono rasposo resonó a sus espaldas, haciendo que a Isabela se le acelerara el corazón al instante.
Al voltear, se quedó sin aliento. Gabriel estaba parado bajo el dintel del establo, recién duchado. Llevaba el cabello aún húmedo, una camisa limpia que le moldeaba la espalda, vaqueros ceñidos, botas pulidas y un aroma a jabón fresco y perfume varonil que viajó por el aire hasta envolverla por completo. Estaba ridículamente atractivo.
Isabela no pudo evitar recorrerlo de arriba abajo y morderse el labio inferior con descaro.
Gabriel notó la mirada, el gesto de sus labios y tuvo que voltear el rostro hacia un lado, carraspeando con fuerza para recuperar el dominio de sí mismo.
—Tu padre necesita hablar contigo —informó él, manteniendo la voz firme—. Está al teléfono en mi despacho.
Isabela rodó los ojos con dramatismo, se limpió las botas contra la hierba y echó a andar.
—Vamos, vaquero —le soltó al pasar a su lado, rozando adrede su hombro con el de él.
Entraron al despacho de la casa principal. Isabela caminó hacia el escritorio de madera noble, tomó el auricular del teléfono fijo y pegó la oreja.
—¿Aló? Papá, dime que me llamas para decirme que te casaste y embarazaste a una mujer —soltó Isabela como saludo, sin filtro alguno.
A su lado, Gabriel, que se estaba sirviendo un sorbo de café negro, casi se ahoga y termina escupiendo la bebida. Tuvo que llevarse una mano a la boca para contener la tos mientras la miraba con los ojos desorbitados.
—¡Isabela! —la reprimenda de su padre resonó fuerte desde el otro lado de la línea—. ¡Qué clase de maneras son esas de saludar! ¿Cómo estás? ¿Qué has aprendido en esa hacienda?
Isabela se apoyó contra el borde del escritorio, cruzando las piernas y clavando sus ojos directamente en Gabriel, quien se había quedado inmóvil con la taza en la mano.
—Súper bien, papá —respondió ella con voz pausada, sosteniéndole la mirada al vaquero—. Ya sé ordeñar, bañar a los caballos, darles de comer, revisar el lote para el matadero... Lo único que me falta es montar al semental.
Las palabras flotaron en el aire cargadas de un doble sentido tan explícito que Gabriel sintió un corrientazo feroz bajándole directo a los pantalones. Una punzada violenta y repentina le encendió la entrepierna, haciéndole apretar la mandíbula con fuerza.
Octavio, ajeno a la tensión que se respiraba al otro lado, respondió con tono autoritario:
—Ni se te ocurra acercarte a los sementales, Isabela. Son animales mucho más peligrosos, y más si hay hembras en celo cerca.
—Ay, papá, la única hembra en celo aquí soy yo —murmuró ella en un susurro coqueto.
—¿Qué dijiste? No te escuché bien, hay interferencia —preguntó su padre.
Gabriel, en cambio, había escuchado cada palabra. El calor se le subió al rostro y la erección que se le formó bajo los pantalones fue tan marcante que le resultó imposible de disimular. Tuvo que tomar apresuradamente su sombrero tejano del perchero y colocárselo frente a la pelvis para ocultarlo.
—Nada, papá —dijo Isabela riendo suavemente—. Que no va a pasar nada. Pásala bien por allá, búscate una mujer y hazle un hijo.
—¡Isabela, por Dios! —protestó Octavio, indignado.
—Por favor, solo tienes cincuenta años, todavía puedes —agregó ella, divertida.
—Hablamos después cuando se te quite lo impertinente —espetó su padre, colgándole el teléfono de golpe.
Isabela alejó el auricular de su oreja, lo miró con burla y murmuró:
—Definitivamente no aguanta nada.
Dejó el teléfono sobre la base y lentamente bajó la mirada. Se fijó en la posición rígida de Gabriel y en cómo sostenía el sombrero justo a la altura de su cintura. Levantó la vista hacia sus ojos oscuros y dio un paso lento hacia él.
—¿Qué haces ahí parado vigilándome? —preguntó ella en un susurro tentador—. ¿O tenías miedo de que le dijera algo malo a mi padre?
Gabriel no respondía. Sus ojos estaban clavados únicamente en los labios de Isabela, viendo cómo se movían con cada palabra provocadora. La respiración del vaquero se volvió pesada, agitada.
Isabela dio el último paso, quedando a escasos centímetros de su cuerpo.
Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, Gabriel soltó el café sobre la mesa, dejó caer el sombrero al suelo y, guiado por un impulso salvaje, le tomó duramente el cabello por la nuca, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Con el mismo movimiento, tiró de su cintura y pegó el cuerpo de ella contra el suyo.
Debido a la diferencia de altura, la dura erección de Gabriel presionó directamente contra el estómago de Isabela.
Editado: 04.11.2026