La niebla roja cubrió el campamento, y su poder era terrorífico. Había conseguido que todos los renegados perdieran la conciencia. ¿Habrían muerto?
—¡Jajajajaj! Lo he logrado, mírame, hermano. Conseguí lo que tú no pudiste: acabar con nuestros enemigos. Ahora solo falta destruir al imperio, y este mundo le pertenecerá a mi amo —exclamó Maná.
—No lo creo —respondió una voz serena.
—¿Quién dijo eso? —preguntó Maná, desconcertado.
—La única persona que puede presumir de no ser afectada por tu niebla.
—¿Tú? —dijo Maná con asombro al ver y reconocer a la única persona que había salido indemne de su ataque.— ¿Ernest Raven? ¿Cómo?
—¿Sabes de mí? —inquirió Raven con calma.
—Claro, ¿quién no conoce a un sabio legendario que «realiza milagros»? Lo que deseo saber es: ¿por qué mi niebla roja no te afecta?
—¿Quieres saberlo? ¡Tendrás que derrotarme!
Eso dejó perplejo a la bruma viviente, quien de igual manera aceptó el reto, confiado en que lo derrotaría, aunque con la duda punzante de por qué su veneno no surtía efecto en él. ¿Cuál sería el resultado?
FIN