Sus ojos azules, oscurecidos por la escasa luz que las velas lograban proporcionar a sus aposentos, le devolvían la mirada desde el gran espejo apoyado contra la pared. Las llamas temblaban con suavidad, proyectando sombras cálidas que recorrían la habitación y hacían que los reflejos del cristal parecieran moverse lentamente, como si aquella imagen frente a ella perteneciera a un recuerdo más que al presente. Ninguna luz del exterior conseguía entrar ya por las ventanas; el día había quedado atrás y solo el resplandor dorado de los candelabros iluminaba el dormitorio real, dejando en penumbra los rincones donde descansaban algunos muebles antiguos y pequeños objetos que habían pertenecido a generaciones anteriores de la familia.
El silencio de la habitación era completamente distinto al de la corte. Allí no había consejeros esperando respuestas, nobles observando cada uno de sus gestos ni mensajeros aguardando una orden que pudiera cambiar el destino de cientos de personas. Solo estaba ella, frente a su propio reflejo, con la misma corona y las mismas responsabilidades que, incluso lejos de los demás, continuaban acompañándola.
El elegante vestido azul oscuro caía con impecable delicadeza hasta el suelo, siguiendo cada uno de sus movimientos con una naturalidad silenciosa. Los largos guantes del mismo tono cubrían sus brazos hasta poco más arriba de los codos, otorgándole una apariencia aún más refinada, casi distante, como si la mujer que observaba en el espejo perteneciera más al reino que a sí misma.
Sin embargo, era el collar lo que capturaba toda su atención.
Descansaba pegado a su cuello con una delicadeza casi perfecta. La fina pieza de orfebrería parecía abrazar su piel pálida mientras una gema azul, profundamente brillante incluso bajo aquella tenue iluminación, reposaba justo sobre su clavícula. Cada pequeño movimiento hacía que la piedra atrapara la luz de las velas y la devolviera convertida en destellos discretos, casi como si conservara dentro de ella una parte de la luz que había conocido años atrás.
Everly levantó una mano enguantada y rozó apenas la gema con la yema de sus dedos.
Durante unos segundos permaneció observándola en silencio, no como una reina contemplando una joya valiosa, sino como una hija recordando algo que ya no podía recuperar. Había visto cientos de objetos pertenecientes a su madre durante su vida. Había llevado vestidos confeccionados con las mismas telas que ella prefería, había utilizado algunos de sus libros y había recibido piezas de las antiguas colecciones reales que ahora le correspondían por derecho.
Pero pocas cosas conservaban una sensación tan cercana como aquel collar.
Era una de las tantas joyas que había tomado de entre las pertenencias de su madre después de su muerte. Durante mucho tiempo le había resultado imposible siquiera abrir aquellos cofres donde permanecían guardados vestidos, joyas y pequeños recuerdos que aún conservaban el perfume de la antigua reina. Cada objeto parecía contener una parte de ella que Everly temía perder si lo tocaba demasiado. Era extraño cómo algo tan pequeño como una tela bordada o una joya podía hacer que una ausencia se sintiera nuevamente tan reciente.
Poco a poco había comenzado a utilizar algunas piezas, no por vanidad, sino porque sentía que, de algún modo, seguían perteneciendo a la familia mientras ella las llevara consigo. No quería que aquellos recuerdos permanecieran encerrados en cofres olvidados, alejados del mundo al que alguna vez habían pertenecido. Llevarlos era una forma de mantener viva una parte de la mujer que había sido su madre, aunque ya no pudiera escuchar su voz ni recibir sus consejos.
Pero aquel collar era diferente.
No lo había tomado después de perderla.
Lo había robado mucho antes.
La diferencia podía parecer pequeña para cualquiera que no conociera la historia, pero para Everly significaba mucho más. Aquel recuerdo no estaba acompañado por el dolor de una despedida ni por la sensación de estar buscando desesperadamente algo que todavía conservara su presencia. Era un recuerdo de una época en la que su madre aún caminaba por los pasillos del castillo, en la que la vida parecía mucho más sencilla y en la que ella todavía era únicamente una niña sin comprender el peso que algún día tendría sobre sus hombros.
Recordaba perfectamente la primera vez que había visto aquel collar sobre el tocador de su madre. Apenas era una niña y había esperado pacientemente a que la habitación quedara vacía para acercarse, convencida de que aquella piedra azul era la cosa más hermosa que existía en el reino. No entendía el valor de la joya, ni la importancia de los materiales con los que había sido creada.
Simplemente había visto algo hermoso y había querido tenerlo.
Lo había escondido torpemente entre sus ropas, creyendo que nadie lo descubriría. En su inocencia había pensado que bastaba con ocultarlo para convertirlo en un secreto, sin comprender que su madre conocía demasiado bien cada una de sus expresiones, cada uno de sus movimientos y cada una de sus pequeñas travesuras.
Su madre había tardado menos de un día en encontrarlo alrededor de su cuello.
Everly aún recordaba la mezcla de temor y vergüenza que había sentido cuando la antigua reina entró en la habitación y la observó con aquella joya que claramente no le pertenecía. Había esperado un regaño, quizá una explicación sobre la importancia de respetar las pertenencias ajenas o una advertencia sobre tomar cosas sin permiso.
Pero su madre nunca había sido así.
En lugar de enfadarse, simplemente había sonreído con aquella paciencia infinita que siempre parecía acompañarla. Una sonrisa tranquila, de esas que conseguían que incluso sus errores más pequeños parecieran menos graves.
—Creo que ese collar ha encontrado una nueva dueña.
Aquellas palabras aún permanecían vivas en la memoria de Everly.
Recordaba la sorpresa que había sentido al escucharla, la forma en que había esperado durante unos segundos que aquello fuera una broma antes de comprender que realmente se lo estaba entregando. No había sido una joya costosa lo que había recibido aquel día, al menos no para ella. Había sido la certeza de que su madre había visto algo más allá de la travesura de una niña.
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Editado: 25.09.2026