—¡Veyron! —llamó Everly al entrar nuevamente al gran salón, aunque su voz apenas logró imponerse sobre la música que llenaba el recinto.
El sonido de los instrumentos volvió a envolverla casi de inmediato. Las melodías de los músicos, las risas de los nobles y el constante murmullo de las conversaciones formaban una mezcla imposible de ignorar después del silencio del jardín. El cambio resultó casi brusco.
El calor del interior la envolvió de inmediato después del aire fresco del balcón. Cientos de velas iluminaban los altos candelabros, haciendo brillar las joyas de los invitados y arrancando destellos dorados de las copas levantadas entre conversaciones y risas. El perfume de las flores mezclado con el aroma del vino y los innumerables platos servidos volvía el ambiente pesado, casi sofocante.
Todo continuaba exactamente igual que antes de que ella abandonara el salón.
Y, sin embargo, Everly sentía que algo dentro de ella había cambiado.
Al escuchar la voz de la reina, varios nobles interrumpieron sus conversaciones.
Las miradas comenzaron a seguirla con la misma curiosidad de siempre. Algunos inclinaron apenas la cabeza en señal de respeto. Otros sonrieron con cortesía. Unos pocos intentaron acercarse discretamente con la evidente intención de iniciar conversación, quizás para ofrecer un comentario amable sobre la celebración o simplemente para recordar su presencia dentro de una sala donde cada movimiento de la corona era observado.
Everly los ignoró a todos.
No tenía ánimo para conversaciones vacías ni para sonrisas cuidadosamente estudiadas. No aquella noche.
Continuó avanzando entre los invitados con paso firme, esquivando parejas que bailaban y criados que transportaban bandejas de plata. Su atención estaba puesta únicamente en una figura.
Veyron permanecía de pie a pocos metros, observando la celebración con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Incluso rodeado por el bullicio conservaba esa presencia silenciosa que hacía pensar más en un soldado vigilando un campo de batalla que en un invitado disfrutando de un banquete.
Parecía imposible imaginarlo relajado.
Incluso allí, entre música, nobles y celebraciones, mantenía la misma postura de quien esperaba que algo ocurriera en cualquier momento. Sus ojos recorrían el salón con discreción, atentos a cada movimiento, aunque nadie que no lo conociera lo suficiente habría notado que estaba vigilando.
La reina se detuvo justo detrás de él.
El comandante giró apenas la cabeza al escuchar sus pasos y, al reconocerla, realizó una breve inclinación.
—Su majestad —saludó con serenidad—. ¿Desea continuar con la charla?
Había una leve sonrisa en su rostro. Apenas insinuada, pero suficiente para que Everly comprendiera que el hombre sabía perfectamente por qué había regresado.
No parecía sorprendido de verla allí.
Tampoco parecía necesitar una explicación.
Everly sospechó que aquella era una de las razones por las que resultaba tan fácil hablar con él. Veyron tenía la extraña capacidad de observar más de lo que decía y entender más de lo que preguntaba.
Ella cruzó los brazos con expresión de evidente disgusto.
—No me hable como si fuese a obedecerme si le digo que se arroje contra el pastel de cabeza. Nunca lo forcé a nada —observó Everly, frunciendo ligeramente el ceño mientras lo miraba de reojo.
No era realmente una reprimenda.
Al menos no una seria.
Era más bien una forma de intentar recuperar la ligereza de la conversación después de todo lo que habían hablado en el jardín. Una manera de recordarse a sí misma que aquella noche no podía continuar sumergida en pensamientos demasiado profundos.
Veyron permaneció en silencio durante un instante.
Después desvió lentamente la vista hacia el enorme pastel que dominaba uno de los extremos del salón.
Era imposible no verlo. Sus innumerables pisos seguían intactos en gran parte, decorados con flores de azúcar y delicadas filigranas blancas que parecían demasiado elaboradas para terminar destruidas por los cuchillos de los cocineros.
El comandante lo contempló con la seriedad con la que probablemente estudiaría una fortaleza enemiga.
Everly lo observó en silencio.
Durante un segundo consideró que quizás había interpretado mal la expresión del hombre. Tal vez simplemente estaba analizando el objeto más llamativo del salón. Tal vez su imaginación, todavía afectada por la conversación anterior, estaba buscando significados donde no los había.
Entonces una sonrisa, algo más amplia que la anterior, apareció finalmente en su rostro.
Aquella expresión hizo que Everly sintiera un mal presentimiento.
No porque Veyron pareciera peligroso.
Sino porque aquella pequeña sonrisa demostraba algo que pocas personas en la corte habrían creído posible: el comandante de la guardia real acababa de encontrar divertida una idea completamente absurda.
Lo conocía demasiado poco como para anticipar sus pensamientos, pero lo suficiente como para comprender que acababa de considerar seriamente aquella posibilidad.
Sus ojos se abrieron apenas.
—No estará pensando en hacerlo de verdad... —murmuró Everly, observándolo con una mezcla de incredulidad y preocupación.
Veyron volvió lentamente la mirada hacia ella.
Durante unos segundos no respondió.
Y aquel silencio fue, de alguna manera, una respuesta mucho peor que cualquier palabra.
—Qué horror... usted lo haría... —murmuró Everly con una mezcla de incredulidad y resignación.
La imagen del imponente comandante lanzándose de cabeza contra semejante pastel resultaba tan absurda que, por un instante, consiguió apartar de su mente el peso que había cargado durante toda la noche.
Era extraño.
Durante horas había pensado en decisiones capaces de cambiar la vida de un reino entero, en promesas hechas antes de que ella y Tristan pudieran comprenderlas, en sentimientos que no podían permitirse existir y en responsabilidades que parecían más pesadas que cualquier armadura.
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juegos de poder, sentimientos prohibidos, amor que no debería existir
Editado: 25.09.2026