Tristan no había mentido en absoluto sobre el pastel. La enorme estructura dominaba una de las mesas principales como si se tratara de una obra de arte levantada únicamente para impresionar a todos los nobles presentes. Piso tras piso se elevaban decoraciones de azúcar cuidadosamente moldeadas, flores de crema teñidas en distintos tonos de azul y blanco, delicadas figuras elaboradas por los reposteros reales y pequeños hilos de caramelo que brillaban bajo la luz de los candelabros como si fueran diminutos fragmentos de cristal. Incluso los detalles más pequeños parecían haber sido creados con la intención de demostrar la riqueza y dedicación del reino.
Los criados cortaban las porciones con sumo cuidado, procurando mantener aquella imponente construcción intacta durante el mayor tiempo posible. Cada movimiento era preciso, casi ceremonial, como si no estuvieran sirviendo un simple postre sino una pieza digna de permanecer expuesta ante los invitados durante toda la noche. Algunos nobles observaban la preparación con evidente admiración, comentando entre ellos la habilidad de los reposteros reales y la cantidad de horas que debían haber sido necesarias para crear algo semejante.
Everly aceptó su porción por mera cortesía. No quería despreciar el esfuerzo de quienes habían trabajado durante días para aquella celebración, mucho menos después de ver la expresión orgullosa de Tristan cuando había hablado del pastel como si fuera el mayor logro de toda la noche.
Hundió apenas el tenedor en la masa esponjosa antes de llevar un pequeño bocado a sus labios. Era suave, dulce y perfectamente elaborado. La textura era ligera, la crema estaba preparada con una precisión impecable y cada ingrediente parecía encontrarse en la cantidad exacta para cualquier persona que disfrutara de los sabores intensos.
Pero después del segundo bocado, volvió a aparecer aquella sensación conocida.
Para Everly, todo terminaba convirtiéndose en lo mismo.
Los distintos pisos prometían rellenos diferentes, frutas confitadas, mieles, cremas y especias cuidadosamente seleccionadas. Sin embargo, para su paladar todos acababan fundiéndose en una misma mezcla de dulzura excesiva que lentamente comenzaba a cansarla. No importaba cuánto variaran los ingredientes; al final siempre encontraba el mismo sabor azucarado que parecía permanecer demasiado tiempo en su boca.
Tomó un pequeño sorbo de agua, esperando que aquello ayudara a disminuir la intensidad del dulce antes de volver a intentarlo. No funcionó demasiado.
Aun así, sonrió con educación cuando algunos nobles elogiaron el banquete, asintiendo ante los comentarios sobre la magnificencia de la celebración y la habilidad de quienes habían preparado cada plato. Su expresión no revelaba el cansancio que realmente sentía, porque sabía que aquella noche no se trataba de sus preferencias personales.
Era una celebración del reino.
Y una reina no podía comportarse como una niña que rechazaba un postre simplemente porque no era de su agrado.
Finalmente, cuando nadie parecía prestar demasiada atención, dejó el plato a un lado con discreción. No lo apartó con rechazo ni hizo ningún gesto que pudiera interpretarse como una ofensa. Simplemente permitió que permaneciera intacto sobre la mesa mientras nuevamente su atención se enfocaba en todo aquello que ocurría a su alrededor y se dirige cautelosamente hacia la terraza.
La música seguía sonando dentro del gran salón.
Everly permanecía inmóvil junto a la terraza de piedra, observando el inmenso patio sumido en penumbras. Los jardines reales, tan luminosos durante el día, ahora solo eran siluetas oscuras dibujadas por la luz plateada de la luna y por algunos faroles distribuidos a lo largo de los senderos.
Reconocía cada rincón de aquel lugar.
Había caminado por aquellos senderos cuando era una niña, había corrido entre los árboles ignorando las advertencias de sus cuidadores y había pasado incontables horas junto a la fuente con Tristan, mucho antes de que cualquiera de los dos comprendiera realmente lo que significaba el futuro que les esperaba.
El aire era fresco y agradable después del calor acumulado entre tantas personas dentro del salón. La brisa nocturna acariciaba suavemente su rostro, llevándose por unos instantes el peso de las conversaciones, las miradas y las obligaciones que había llevado sobre sus hombros durante toda la velada.
Por un breve momento, Everly permitió que su postura se relajara.
Allí afuera no era únicamente la reina Wynthorne.
Era simplemente Everly.
Sus ojos encontraron con facilidad a Tristan.
Su prometido bailaba lentamente junto a una joven de hermosos rizos castaños. No era un baile propio del salón ni seguía el ritmo de la orquesta que sonaba detrás de las puertas. Apenas se mecían con lentitud, casi imperceptiblemente, como si el resto del mundo hubiese desaparecido alrededor de ambos y aquel pequeño espacio del jardín les perteneciera únicamente a ellos.
No necesitaban escuchar la música del banquete.
Bailaban una melodía que solo ellos podían oír.
La melodía de sus corazones, supuso la reina con una amarga serenidad que le oprimió el pecho.
Era una conclusión deprimente, pero no podía negar aquello que tenía frente a sus ojos. Había pasado demasiado tiempo intentando convencerse de que la situación era más sencilla de lo que realmente era. Había pensado en aquella mujer como una idea lejana, como un obstáculo invisible que algún día tendría que enfrentar, pero ahora que finalmente la veía comprendía que no existía ningún enemigo al que culpar.
Solo existían personas.
Personas que habían encontrado algo que no estaba destinado a pertenecerles.
Había una naturalidad imposible de fingir en la manera en que Tristan inclinaba apenas la cabeza para escuchar algo que la joven decía. No era la atención educada que un noble debía ofrecer durante una conversación, ni la cortesía calculada que había aprendido desde niño para presentarse ante la corte.
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juegos de poder, sentimientos prohibidos, amor que no debería existir
Editado: 25.09.2026