Los pies del pequeño niño rubio descansaban sumergidos dentro de la fuente de los jardines reales, removiendo el agua cristalina con despreocupación mientras pequeñas ondas se extendían hasta los bordes de piedra cuidadosamente tallados. Cada movimiento de sus piernas rompía el perfecto reflejo del cielo sobre la superficie, deformando por unos instantes la imagen de las nubes y las ramas de los árboles que rodeaban el jardín.
Tristan suspiró con alivio al sentir el agua fresca rodeándole los tobillos. Era una sensación sencilla, pero para él parecía casi un pequeño acto de libertad después de pasar toda la mañana sentado en una habitación escuchando explicaciones sobre modales, historia y deberes que apenas comprendía.
Sus zapatos, abandonados junto a la fuente, parecían observarlo con reproche, aunque para él aquellos elegantes zapatos de cuero solo servían para hacerle sudar los pies durante interminables lecciones de etiqueta.
Su madre le había repetido incontables veces que un caballero jamás metía los pies en una fuente, que un heredero debía conservar siempre la compostura y que las apariencias eran tan importantes como el honor.
También le había explicado que las personas observaban más de lo que decían, que un futuro rey no podía permitirse actuar sin pensar y que incluso los pequeños gestos podían influir en la forma en que los demás lo veían.
Pero, en opinión del pequeño Tristan, aquella era una norma absurda.
Si existía una fuente llena de agua fresca en un día en el que el sol parecía querer derretir hasta las murallas del castillo, lo lógico era utilizarla. No comprendía por qué los adultos desperdiciaban oportunidades tan evidentes. Desde su perspectiva, el problema no estaba en que él se hubiera sentado allí, sino en que nadie más hubiera pensado antes en hacerlo.
Además, la fuente llevaba años en aquel jardín.
Había sido construida precisamente para contener agua.
Por lo tanto, Tristan no encontraba ninguna razón verdaderamente convincente para que no pudiera utilizarla.
Chapoteó una vez más con diversión, provocando que unas diminutas gotas salpicaran el borde de piedra. Algunas alcanzaron sus manos y otras cayeron sobre la tela de sus pantalones, algo que seguramente habría provocado un largo discurso de sus maestros si hubieran estado presentes.
Pero por aquel momento no había maestros.
No había lecciones.
No había personas diciéndole cómo sentarse, cómo hablar o cómo debía comportarse alguien que algún día tendría que llevar una corona.
Solo estaba el agua fresca, el jardín y la tranquilidad de una tarde en la que todavía era simplemente un niño.
Sentada junto a él, sobre la ancha cornisa de la fuente, la pequeña princesa Everly observaba aquella escena con una mezcla de desaprobación y resignación. Mantenía las manos cuidadosamente apoyadas sobre su regazo mientras giraba la cabeza una y otra vez para comprobar que las institutrices continuaban conversando entre ellas al otro extremo del jardín y que ninguno de los guardias prestaba atención a los dos niños.
A diferencia de Tristan, Everly parecía haber nacido con una conciencia constante de las reglas que la rodeaban. Incluso siendo pequeña, ya comprendía que algunas personas esperaban cosas diferentes de ella por ser la princesa del reino.
No podía correr por los pasillos como otros niños.
No podía hablar sin pensar.
No podía simplemente hacer algo porque le parecía divertido.
Cada acción suya parecía tener siempre una consecuencia que alguien más se encargaría de recordarle.
Por eso, aunque una parte de ella sabía que Tristan estaba rompiendo una norma, otra parte no podía evitar sentir cierta curiosidad al verlo tan tranquilo.
Él parecía vivir como si las reglas fueran sugerencias.
Y Everly, aunque jamás lo admitiría en voz alta, a veces deseaba poder hacer lo mismo.
Cada pocos segundos volvía a mirar a Tristan con el ceño ligeramente fruncido.
—Si te descubren volverán a regañarte —murmuró en voz baja, procurando que nadie más pudiera escucharla.
Su tono intentaba sonar serio, como si estuviera reprendiendo a alguien que claramente estaba tomando una decisión equivocada.
Sin embargo, Tristan la conocía demasiado bien para no notar que detrás de aquella preocupación también existía cierta diversión contenida.
Alzó apenas los hombros sin darle demasiada importancia.
—Solo si me descubren.
La respuesta hizo que Everly dejara escapar un pequeño suspiro de cansancio.
Había escuchado aquella frase demasiadas veces.
—Siempre dices lo mismo.
Tristan sonrió con una seguridad que solo podía tener alguien que todavía no había aprendido completamente el significado de las consecuencias.
—Porque siempre funciona.
La niña negó lentamente con la cabeza, aunque no pudo evitar que una diminuta sonrisa quisiera aparecer durante un instante antes de desaparecer casi de inmediato.
No quería darle la razón.
Mucho menos demostrar que encontraba gracioso su comportamiento.
Pero era difícil permanecer completamente seria cuando Tristan hablaba con aquella seguridad absoluta, como si hubiera descubierto un secreto que ningún adulto del castillo había logrado comprender.
Tristan siempre encontraba la forma de ignorar las normas sin parecer preocupado por las consecuencias.
Y quizás esa era precisamente la razón por la que Everly seguía permaneciendo a su lado incluso cuando sabía que probablemente terminaría siendo arrastrada junto a él hacia algún nuevo regaño.
Porque mientras ella pensaba constantemente en lo que debía hacer, Tristan le recordaba que, algunas veces, también existía la posibilidad de simplemente disfrutar del momento.
El pequeño volvió a mover los pies dentro del agua, disfrutando de la frescura que contrastaba con el calor de aquella tarde. Parecía completamente ajeno al hecho de que, en cualquier momento, alguno de los adultos del castillo podía aparecer y descubrirlo en una situación que seguramente terminaría en una larga reprimenda.
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Editado: 25.09.2026