Mi dulce y falsa esposa

Capítulo 4: Solo quiero la verdad

Andrés

La espera es de segundos, pero me parece eterna mientras miro sus ojos, el lindo rubor en sus mejillas que no debería parecerme lindo y esos ojos que ahora mismo no entiendo como antes hacía, mi mente me grita que esto es una locura y que debería dar marcha atrás, pero antes de reaccionar ella ya ha probado el dulce y lo saborea como una niña pequeña cerrando los ojos y dando un suspiro, uno que envía demasiadas sensaciones por todo mi cuerpo y debo recordarme mientras miro sus labios que es la esposa que no quiero, que es la bruja que mis hijos odian y que seguramente está fingiendo.

—Ana

—Está delicioso —sonríe mordiendo su labio y debo dejar de mirarla, luego miro el pastel, ella acaba de comerlo como si nada a pesar de decirle lo que llevaba y suspiro dándome la vuelta, paso las mano por mi rostro y entonces la escucho quejarse.

—An-andrés —me giro rápido, está respirando con dificultad y se agarra de la silla —Andrés no puedo respirar —solo me quedo de pie mirándola hasta que cae al suelo y rápido voy hacia ella sacando la inyección que traía en mi bolsillo y la aplico de forma rápida mientras veo como trata por todos los medios de respirar mientras su rostro está rojo y ahora mismo no sé que pensar.

Camino hacia mi despacho y me encierro en este luego de haber dejado a Anabelle con su médico, ella ya estaba bien así que mi presencia no contaba para nada. Voy directo hacia la bebida que hay en mi despacho y me sirvo un trago, pero cuando iba a beberlo escucho el sonido de la puerta que se abre y me giro con calma.

—Mauricio —saludo a este que había dejado en la habitación con su hermana y bufa.

—Hicimos un trato Andrés —masculla y parece muy enfadado, yo bebo mi trago despacio mientras miro sus ojos.

—Y lo estoy cumpliendo, voy a tener que soportar por tres meses más a tu hermana —tomo asiento —y eso es peor que estar atrapado con terroristas créeme. —Sonrío con eso, pero aun mi corazón late con rapidez y mi mente me recuerda a Ana cuando cayó al suelo.

—¿Y entonces qué? —Abre sus brazos —¿Vas a tratar de dejarla sin vida? —bufa —Sabes de sobra que es alérgica, pudo morir.

—Aún creo que finge —soy sincero y él ríe. Debo recordar a veces que aunque es uno de mis mejores amigos también es hermano de la bruja.

—Por dios Andrés, ya sé que no la amas —asiento con eso —pero

—No solo no la amo —interrumpo sus palabras cansado de todo esto —la desprecio y la odio, es mala y no por mí, es mala con nuestros hijos, le tienen miedo, los maltrata y

—No los maltrata —rio con su defensa mientras niego.

—Oh vamos Mauricio conoces a tu hermana.

—En la mente de Ana eso no es maltrato —frunzo el ceño y toma asiento frente a mí —¿alguna vez te interesó sentarte y hablar con ella, preguntarle sobre su vida? —no digo nada —¿Alguna vez te importó algo más que su dinero? —me tenso por completo.

—Es increíble que me digas eso, sabes que me enamoré de ella —Mauricio suspira y dejo de mirarlo enojado.

—En su mente o bueno, en la mente de la Ana pasada —lo miro cuando habla —lo que tú llamas maltrato para ella es educación —entrecierro los ojos —la misma educación que nos dieron nuestros padres Andrés —aprieto mis dientes mirándolo, Ana nunca ha querido hablar sobre sus padres ni sobre su infancia, siempre evitó el tema —con regaños, con castigos, con gritos, éramos niños, pero parecíamos militares —Mauricio sonríe —así nos criaron nuestros padres, así se educó ella y piensa que eso es educar porque eso aprendió —niego con la cabeza.

—Ella no ama a los gemelos, intentas creerte eso, pero no los ama, nunca lo hizo —Mauricio se pone de pie.

—Solo digo que quizás si lo hace, pero no sabe demostrar ese amor porque fue educada de esa forma.

—Tu también fuiste educado así y no eres como ella —me levanto de mi silla.

—Créeme, de los dos, Ana se llevó la peor parte, yo pasaba la mayoría de mi tiempo en internados y ella en casa siendo educada por nuestros padres —mira su reloj —piensa en eso la próxima vez que desees envenenarla —tenso mi mandíbula y él sale del despacho dejándome solo, suspiro y le doy una patada a mi silla con rabia.

Me acerco a la habitación, pero al entrar no la veo por ningún lado y eso me desconcierta, con pasos rápidos voy hacia la habitación de los gemelos, pero los escucho riendo y jugando dentro lo que deja claro que ella no está ahí así que camino con prisa por toda la casa hasta salir de esta y entonces la veo, sentada detrás de su auto y frunzo el ceño acercándome a ella.

—¿Qué crees que haces? —mi voz la asusta y me mira retirando las manos del volante, aun su rostro está algo rojizo, pero a ella eso parece no importarle.

—Encontré las llaves, es bonito —suspira —tengo buen gusto —sonríe mirando mis ojos y logra tensarme —¿quieres subir?

—¿Quieres que te enseñe a conducir? —bufo y sin mucho ánimo subo al auto —estaba pensando que podía llevarte a la empresa —hablo mirándola —quizás si llegas ahí recuerdes algo así que —me callo cuando ágilmente enciende el auto y luego pone este en movimiento, solo la observo sin decir nada porque no sé que decir, está conduciendo y se supone que no recuerda nada y el auto se aleja de la casa mientras ella conduce con agilidad como siempre hacía antes y parezco un estúpido mirándola.

—¿A dónde vamos? —cuestiono sin reconocer el camino que toma, no sé cuantos minutos han pasado, pero ella sigue conduciendo —Ana.

—No tengo ni idea —su respuesta me descoloca —no sé, no conozco donde queda nada en este lugar —ríe negando con la cabeza, me mira unos breves segundos y entonces vuelve la vista hacia la calle —pensé que conduciendo podía recordar algo —sigue hablando —después de todo, tuve mi accidente en este auto que apenas tiene rasguños —ríe y eso es bastante cierto, abro la boca, pero el auto se detiene de forma brusca y comienza a salir humo de la parte delantera, yo bajo rápido y Ana lo hace tosiendo, suspiro mirando el camino en donde estamos apartados de la carretera.




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