Andrés
El beso me toma de sorpresa tanto como lo hizo la lluvia de palomitas y las risas de mis hijos, unas risas que jamás había escuchado de parte de ellos ni siquiera estando conmigo. Es un beso simple, tan simple que me parece demasiado poco y solo dura apenas dos segundos, pero cuando Ana mira mis ojos esperando que diga algo acerca de lo que acaba de ocurrir solo pienso que el beso no bastó y que quiero mucho más, sus mejillas están rojas, su mirada es de pura timidez y ahora mismo parece tensa, asustada, como si hubiera dado su primer beso y solo doy un paso atrás, no puedo olvidar quien es ella, es Ana, sigue siendo la misma, mi esposa, esa de la cual me divorciaba, la misma mujer fría que ahora mismo no se si finge o no, esa que no quiere a nuestros hijos y que trata a todo el mundo con superioridad porque para ella, todos son inferiores.
—Lo... lo siento —se disculpa y no la miro pensando en lo que acaba de ocurrir, ¿y si de verdad cambió? Niego con la cabeza y miro sus ojos.
—Ve con los gemelos, haré las palomitas —menciono rápido sin querer hablar sobre el beso.
—Andrés yo
—Hagamos como que no ocurrió ¿vale? —miro sus ojos —después de todo no significó nada —añado y noto ese leve dolor en sus ojos —Es que ni siquiera se le puede llamar beso —bufo sonriendo queriendo solo que se vaya —pero lo entiendo, no recuerdas nada así que supongo que besar ya no se te da tan bien —Ana respira hondo, estoy seguro de que tiene alguna respuesta para mí, pero no dice nada y solo se da la vuelta y sale de la cocina justo como quería. ¡Dios! Voy a volverme loco, ¿por qué aunque perdió la memoria no puede seguir siendo la misma de antes? ¿Por qué no puede seguir mirándome como si no fuera nadie justo como hacía o por qué no puede mirarme con desprecio justo como lo hizo ese día que le entregué los papeles del divorcio? Y entonces pensando en eso paso las manos por mi rostro, después de todo, su desprecio estaba justificado y coloco mis manos sobre la encimera pensando en eso. Desde que despertó le he hecho creer que era el único que quería ese divorcio cuando no es así y quizás debería decirle toda la verdad, ella era una mala persona, eso es cierto, pero yo tampoco fui la mejor, nunca fui sincero del todo y cuando descubrió eso noté ese gran odio en sus ojos y para ese punto, ni siquiera quise justificar nada, después de todo, yo la quería lejos de mí y al final, estaba consiguiendo eso, pero ahora estoy aquí, echándole todas las culpas mientras ella me mira queriendo salvar algo que sinceramente ya no tiene salvación.
—Andrés toma asiento —dice Diego, el padre de Ana cuando entro a su oficina y me acerco a él que está de espaldas a mí sirviéndose un trago.
—Cuando llegué me dijeron que querías verme —con disimulo miro mi reloj, no pude dormir nada anoche y ni siquiera pude quedarme a ver la película con mis hijos, ¿como hacerlo después de lo que había pasado? Salí temprano, bastante para venir hasta aquí pero no quería encontrar a Diego, sino a Jessica, solo que al parecer hoy no vendrá a la empresa.
—¿Quieres uno? —niego cuando se da la vuelta con el trago en su mano y niego, él toma asiento —han pasado algunos días desde el accidente y Ana no ha venido por la empresa —dice como si nada —Andrés te permití casarte con mi hija por una sola razón —mira mis ojos y asiento.
—Y cumplí mi parte del trato —suspiro no alegre con eso —hice que su hija firmara un contrato por diez años con esta empresa.
—Así es y ganaste por ello —sonríe recordándome mi error —mi hija quería irse y llegaste en el momento justo —sonríe —pero ahora todos preguntan por ella y no diré que perdió la memoria. La necesito aquí Andrés.
—Usted escuchó al médico —me pongo de pie —no podemos presionarla para que vuelva al pasado de la noche a la mañana.
—Te ibas a divorciar de ella —sus palabras me hacen mirarlo —¿y ahora pretendes que piense que te interesa su salud mental? —Diego ríe —vamos Andrés, nos conocemos, ¿quieres algo a cambio de traerla? Si necesitas dinero
—No necesito nada —mascullo rápido —su hija necesita tiempo.
—El tiempo es dinero en mi mundo —habla con seriedad —y sabes lo importante que es el dinero Andrés, por eso te casaste con ella después de todo, necesitabas dinero —tenso mi mandíbula mirando sus ojos y entonces solo me doy la vuelta —Haz que vuelva Andrés —añade antes de que salga y respiro hondo varias veces al hacerlo, luego desajusto con rabia el nudo en mi corbata y al salir de la empresa voy directo hacia mi auto, pero al subir me quedo ahí quieto, esta es la verdad que oculté de Ana y que al final ella descubrió, no llegué a su vida de casualidad, fui contratado por su padre cuando su hermana me presentó a este, yo necesitaba dinero y él quería a alguien cerca de su hija todo el tiempo, pero solo para hacer que se quedara en la empresa y acepté, acepté porque necesitaba eso, pero cuando la vi simplemente me fue imposible apartar la mirada y en ese momento me enamoré y ese fue mi segundo error. Mi teléfono suena sacándome del pasado y tomo este al reconocer el número.
—Buenos días mamá —formo una sonrisa en mi rostro porque aunque no me vea ella sabrá si sonrío o no.
—Pensé que te habías olvidado de nosotros —sonrío con eso.
—Ahora que lo dices, ¿cómo es que te llamas? —ella bufa y rio.
—Extraño a mis nietos Andrés, no a ti —ruedo los ojos —¿vas a traerlos o no? Es domingo cielo —miro mi reloj y una idea cruza mi mente.
—¿Te parecería mal si llevo a Ana? —el silencio del otro lado es tenso y tarda segundos en responder.
—Sabes que tu esposa nunca ha querido venir, odia el campo y —suspira —y a nosotros por ser pobres —suspiro.
—Iré, pero antes debo explicarte algo —respiro hondo antes de continuar —Ana tuvo un accidente y…—le hablo sobre la amnesia, sobre el cambio de Ana y sí, mamá también concuerda en que quizás finge, aun así, acepta que la lleve y esta será una prueba más para saber si Ana finge o no. Al llegar a la casa entro casi corriendo a esta y voy hacia la habitación de los gemelos.