Anabelle
En el auto todos vamos en silencio aunque el ánimo de los pequeños se ve en sus rostros y sé que solo se contienen de hablar y de reír por mí, después de todo, sigo siendo la madre mala que ellos recuerdan. Me tenso cuando el auto toma un bache, pero es que todo el camino está lleno de estos y a medida que avanzamos más claro me queda todo. Los padres de Andrés al parecer viven en el campo, alejados de la ciudad y cuando veo la casa eso queda más que claro, un cartel en la entrada diciendo Finca Thompsom nos da la bienvenida y suspiro viendo los animales que hay por todos lados. El auto se detiene, los gemelos bajan veloces de este y corren hacia la casa en donde hay una señora y un señor esperándolos con los brazos abiertos y Andrés también ya ha bajado y se acerca a ellos. Los miro desde el asiento, deben ser sus padres y bajo dando un suspiro sin recordar sus nombres aunque ahora que lo pienso, nadie me ha dicho estos y camino despacio cuando la mirada de ambos se coloca sobre mí y ya los niños han entrado a la casa.
—Hola —sonrío nerviosa mirando a ambos, el hombre tiene rasgos muy parecidos a los de Andrés y ambos me miran sin pestañear, es claro que no éramos mejores amigos —sé que me conocen pero
—Ya Andrés nos habló sobre lo que ocurrió Anabelle —ella interrumpe mis palabras —mi nombre es Nora —asiento ante eso.
—Sebastian —dice el señor cuando lo mira.
—Tienen una casa hermosa —suelto sin saber que más decir.
—Es gracioso que lo digas, la llamaste pocilga la última vez que nos visitaste —dice con una sonrisa, pero bastante molesta aunque finja, abro la boca, pero ya ambos me han dado la espalda —La cena está en la mesa —agrega antes de entrar y suspiro, entonces miro a Andrés que parece estarme estudiando.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí?
—Hasta mañana —su respuesta me hace respirar hondo.
—Fantástico. —murmuro entrando detrás de él.
Al llegar al comedor ya los padres de Andrés están sentados y también mis hijos, la mesa es enorme y Andrés toma asiento, yo me siento a su lado y hay dos puestos más aunque están vacíos, no es una mesa elegante, es bastante normal y observo todo sin tener idea de por qué viven aquí, se supone que Andrés tiene ya bastante dinero aunque quizás a ellos les guste este lugar.
—El hijo pródigo nos visita —la voz que escucho me hace levantar la mirada —herma —ella se calla al verme y la noto tensar su mandíbula —vaya y lo haces con compañía —alza una ceja y Andrés se levanta.
—Hermana —la abraza sonriendo, pero la mirada de ella sigue fija en la mía.
—Hola —la saludo cuando el abrazo de ellos acaba —soy Ana y
—Si —corta mis palabras —mamá me dijo y descuida, nosotros te conocemos muy bien Ana —toma asiento frente a mí.
—Ella es Manu, mi hermana menor —comenta Andrés sonriendo y solo asiento.
—Cenemos o la comida se enfría —bajo la mirada a mi plato con las palabras de la madre de Andrés y respiro hondo antes de tomar la cuchara y sin pensarlo mucho pruebo la comida aunque debo hacer un enorme esfuerzo para tragar lo que llevé a mi boca.
—¿No te gustan los frijoles Ana? —habla la hermana de Andrés —Fueron cosechados aquí.
—Están —sonrío mirándola —están muy buenos —ella suelta una carcajada.
—Antes no mentías tanto, eras más directa —me tenso con esas palabras.
—Manu…
—Mamá no vamos a fingir —suspira —la señora aquí siempre ha dicho que merece lo mejor y es de alfombras rojas, ¿y ahora pretende que creamos que perdió su memoria? —me señala, los niños también me miran y odio que esta conversación sea frente a ellos —Sigue siendo la misma.
—Tienes razón, soy la misma —digo cansada ya de estar aquí sin llevar más de quince minutos —mi ADN sigue siendo el mismo, soy Ana, tu cuñada —le recuerdo y ella se pone de pie.
—Yo paso de esta tontería.
—Hermana —Andrés se levanta.
—No sé cómo puedes soportarlo, pero no jugaré su juego —me señala antes de salir del comedor dejando el aire tenso en este, respiro hondo y mi mirada va a los padres de Andrés.
—Pido disculpas si
—No, no te disculpes Ana —dice el papá de Andrés —no es necesario, sigamos comiendo —asiento, pero entonces escucho un fuerte ladrido y luego algo se lanza contra mí, yo chillo poniéndome de pie y al ver al enorme animal me alejo.
—Tomy —Andrés lo llama y va hacia él moviendo su cola.
—Dios es —mis hijos también lo acarician —es un perro —susurro lo obvio y cuando el animal me mira retrocedo.
—Tranquila no hace nada, solo es cariñoso —miro a Andrés.
—Claro —finjo una sonrisa observando como toca al animal por todos lados y cuando lo manda a salir obedece, solo entonces tomo asiento nuevamente y miro la comida, es claro que no me gusta, pero a pesar de como era estas personas me aceptaron en la mesa así que comienzo a comer y le sonrío a mis hijos en el proceso, los cuales me devuelven mis sonrisas.
—Hijo deberías dar una vuelta por la finca —propone su madre cuando hemos acabado —está cambiada y lleva a tu esposa, nosotros cuidamos de los pequeños, veremos los caballos —la miro rápido.
—¿Caballos? No, ¿no es peligroso? —ella ríe.
—Hay personas más peligrosas que los caballos y debemos aguantarlas cada día —sus palabras son directamente para mi mientras mira mis ojos.
—Bien, iremos a caminar —Andrés me mira.
—Puedo ayudar a —señalo los platos.
—¿A fregar? —ella ríe —Con esas uñas, nunca has fregado en tu vida cielo, no te preocupes, ese es mi trabajo, ve con Andrés —aprieto mis dientes cuando se aleja y solo respiro hondo varias veces.
El camino que tomamos es un asco, literalmente lo es, hay estiércol por todos lados, humedad y charcos que hay que evitar con cada paso. La vegetación es bonita, no lo negaré, pero también hay insectos, demasiados y camino en silencio al lado de Andrés.
—Casi no comiste —rompe el silencio y suspiro sin mirarlo.
—Es difícil hacerlo cuando con cada comentario intentan hacerte sentir mal —bufo.