Anabelle
El beso acaba, pero Andrés no se aleja de mí y suspiro sin poder evitarlo, luego sonrío pensando en lo que acaba de pasar y una de sus manos acaricia mi rostro con cuidado antes de mirar mis ojos. Aún veo la duda en ellos y Andrés da un paso atrás carraspeando un poco y solo deseo que no diga que está arrepentido por lo que acaba de pasar aunque tengo miedo de que así suceda y bajo la mirada, quizás me he apresurado un poco, después de todo, nos estábamos divorciando, lo que significa que él ya no quería seguir casado conmigo, ni siquiera tiene su alianza así que quizás solo le presiono demasiado y él solo sigue a mi lado por lástima.
—No volverá a pasar —digo rápido alejándome unos pasos —disculpa, yo
—Espera Ana, ¿de qué hablas? —ríe mirándome —te arrepientes de
—¿Qué? No —hablo rápido —pero tú si —lo señalo pero Andrés niega.
—No he dicho eso.
—Siento que te estoy presionando demasiado Andrés —soy sincera —y quizás solo sigues aquí por lástima y
—¿Crees que te besé por lástima? —alza ambas cejas y lo miro confundida.
—¿Y por qué lo hiciste? —suspira pasando una mano por su rostro.
—No lo sé, ¿vale? —sonríe un poco —Pero pasó y no me estoy arrepintiendo de nada Ana y no sigo aquí por lástima —doy un paso hacia él mirando sus ojos.
—¿Y entonces por qué? —hago la pregunta con miedo, Andrés sigue en silencio pensativo y luego mira hacia el camino.
—Volvamos a casa ¿quieres? —asiento sabiendo que quizás él tampoco tiene respuesta para eso y comenzamos a caminar.
—¿Cuántas veces yo he estado en este lugar? —rompo el silencio y Andrés suspira.
—Cuando nos casamos, luego no quisiste venir más.
—Lo siento —Andrés rie y lo miro.
—¿Ahora vas a disculparte por cada cosa? —sonrío pensando en eso.
—Antes no lo hacía, y creo que nunca es demasiado tarde para hacerlo —me detengo al ver a los gemelos a los lejos.
—¿Quieres montar a caballo? —miro rápido a Andrés cuando hace la pregunta y niego.
—Ni loca —él ríe.
—¿Por qué? —mi boca se abre, pero no logro pronunciar palabra —Ya sé, no te gustan los animales, pero inténtalo —mi primer impulso es volver a decir que no, pero entonces miro hacia los gemelos que ríen mientras están subidos a uno junto al abuelo, ellos parecen divertirse mucho y cuando miran hacia mi sonrío, sinceramente si sigo en este lugar es principalmente por ellos así que me acerco aunque no tanto porque el animal es bastante grande y da miedo.
—¿Y tiene nombre esta —me callo sin terminar la frase, ya que iba a decir bestia —¿este caballo? —ambos me miran.
—Manchado, yo se lo puse —dice un orgulloso Ben y sonrío.
—¿En serio? —asiente —¿Y puedo montarlo? —Andrés me mira rápido, también su padre me mira raro y la incredulidad en los niños es graciosa.
—¿Quieres? —Mat alza una ceja.
—¿Por qué no? —me encojo de hombros aunque siento miedo.
—Pero no te gusta —expresa Ben y sigo sonriendo.
—Tengo entendido que nunca he montado así que no sé si me gusta o no —Los pequeños sonríen y entonces rápido piden bajar del animal. Yo miro la bestia cuando Andrés dice que subamos y él me ayuda.
—Con cuidado Ana —comenta al subir detrás de mí y me tenso por completo.
—Dios voy a infartar —murmuro al sentir sus manos en mi cintura luego de darme las riendas del caballo.
—Tranquila —el susurro en mi oído no ayuda —él puede sentir tus nervios.
—Ahora lo que menos estoy es nerviosa, Andrés —son sincera —tus manos ahí no ayudan —giro mi cabeza encontrándome con sus ojos y su boca demasiado cerca, Andrés baja la mirada a mis labios y todo parece desaparecer a nuestro alrededor para mí.
—Ana —susurra volviendo a mirar mis ojos —nuestros hijos nos miran y están sonriendo —dejo de mirarlo y miro hacia los gemelos y si, nos miran atentos, sonriendo y felices.
—Sí —sonrío —y tus padres nos miran raro. —Andrés suspira.
—¿Quieres bajar?
—Es lo mejor —respondo sin dudas, no por el miedo al animal, sino por todo lo que me hace sentir teniéndolo tan cerca de mí.
El día en el campo es demasiado largo y después de tanto, debo admitir que no se siente tan mal vivir aquí, sigue sin gustarme, pero ha sido divertido y aunque ya la tarde ha caído, sinceramente no quiero que llegue a mañana, deseo que el tiempo pase lento, en este lugar me siento más cerca de Andrés y de mis hijos y eso es todo lo que he deseado desde que desperté. Me acerco a los gemelos que están sentados alejados de la casa sobre una manta.
—¿Puedo saber qué hacen? —ambos me miran y tomo asiento frente a ellos.
—Haremos un pícnic con la abuela justo aquí —habla Mat y sonrío —ella traerá la comida.
—Bueno —miro el lugar —parece divertido.
—¿Te gustó montar a caballo? —cuestiona Ben y lo miro.
—Fue... interesante —él sonríe.
—¿Eso es un sí? —asiento con lentitud.
—Pues sí.
—¿Nos dejarías tener un perro mamá? —la pregunta me toma de sorpresa y el pequeño me mira con temor de que diga que no —Nunca has querido uno pero
—Bueno —lo pienso aunque la idea no me gusta demasiado —¿qué tal si lo hablamos con papá primero? Yo diré que si —los ojos de ambos se abren como platos sorprendidos con mi respuesta.
—¿En serio? —sonrío viendo como sus ojitos brillan.
—Aunque —las sonrisas disminuyen —aunque lo cambiaré por un abrazo —me atrevo a decir mirándolos —¿qué dicen? Me abrazan y pueden tener un cachorro —se miran entre ellos y cuando estaba a punto de decir que era una broma para no presionarlos ambos se lanzan contra mí casi haciéndome caer y mis ojos se llenan de lágrimas envolviéndolos con mis brazos, se siente bien y sinceramente es lo mejor que he sentido desde que desperté a pesar de que dura poco y ellos se separan de mi rápido, aun así, sigo sonriendo.
—¿Quieres quedarte en el pícnic? —Mat habla y lo miro rápido.
—Creo que la abuela solo quería estar con ustedes así que —suspiro —pero luego haremos uno en casa cuando volvamos, ¿quieren? —ambos asienten felices y me pongo de pie. Al darme la vuelta sonrío tratando de que mis lágrimas no salgan y entonces veo que la madre de Andrés estaba cerca de nosotros, me acerco a ella que me mira algo confundida.