Después del silencio

CAPÍTULO 1. La taza equivocada

Mara supo que algo no estaba bien antes de cerrar la puerta.

No fue el silencio.

Ni la oscuridad del pasillo.

Fue la taza.

Estaba sobre la mesa baja del salón, junto al sofá, con el asa hacia la izquierda.

Mara permaneció inmóvil con las llaves todavía en la mano.

Durante cuatro años había visto a Gael beber café, té, caldo cuando estaba enfermo, incluso whisky caliente una Navidad absurda en la que ambos habían decidido que podían inventarse tradiciones. Siempre sujetaba la taza con la derecha. Siempre dejaba el asa girada hacia ese lado, casi perpendicular al borde de la mesa.

Una manía insignificante.

Una de esas cosas que nadie recuerda haber aprendido sobre otra persona.

Hasta que cambia.

—¿Gael?

La puerta se cerró a su espalda.

Esperó.

El apartamento tenía esa clase de silencio que no parecía vacío. Parecía interrumpido.

Mara dejó el bolso sobre el mueble de la entrada sin apartar la vista de la taza.

Había café dentro.

Se acercó.

Frío.

En la superficie se había formado una película fina y oscura.

—Gael.

Esta vez pronunció su nombre con más fuerza.

Nada.

Miró el reloj del horno desde el salón.

21:17.

Él debería haber llegado hacía más de una hora.

No era suficiente para preocuparse. Gael se retrasaba a veces. Una reunión que se alargaba. Tráfico. Una llamada de trabajo. Algún cliente empeñado en discutir hasta el último detalle.

Pero cuando eso ocurría, avisaba.

Siempre.

Mara sacó el teléfono.

Ningún mensaje.

Abrió la conversación.

El último era suyo, enviado a las 18:46.

¿Compramos algo para cenar o hay comida?

Dos marcas azules.

Sin respuesta.

Llamó.

Un sonido comenzó a vibrar en algún lugar de la casa.

Mara levantó la cabeza.

La vibración cesó.

Volvió a llamar.

Esta vez pudo localizarla.

Venía de la cocina.

Caminó hasta allí y encontró el teléfono de Gael sobre la encimera, boca abajo, al lado del frutero.

Sintió la primera presión bajo las costillas.

Gael podía olvidarse las llaves.

Podía salir sin cartera.

Una vez había llegado hasta el garaje en zapatillas de casa y había tenido que subir riéndose de sí mismo.

Pero nunca dejaba el teléfono.

Lo tomó.

Bloqueado.

En la pantalla aparecían tres llamadas perdidas de ella.

Nada más.

—Muy gracioso —dijo, aunque no había nada gracioso.

Abrió la puerta de la cocina que daba al pequeño lavadero.

Vacío.

Miró el balcón.

Vacío.

El dormitorio.

Vacío.

El baño.

Vacío.

El cuarto que compartían como despacho tenía la lámpara encendida.

Mara se quedó en el umbral.

Sobre el escritorio de Gael estaba su ordenador portátil.

El cargador conectado.

La libreta negra que usaba para el trabajo.

Sus gafas.

Una moneda de dos euros que llevaba meses junto al monitor y que, según él, le daba suerte, aunque ninguno de los dos recordaba cómo había terminado allí.

Todo parecía demasiado normal.

Eso era lo que empezaba a asustarla.

—Vale.

Lo dijo para sí misma.

—Vale.

Regresó al dormitorio.

El armario estaba cerrado.

Lo abrió.

Camisas.

Dos trajes.

Chaquetas.

El abrigo gris que Gael usaba cuando llovía.

En el suelo, las zapatillas de correr.

Mara se agachó y abrió el cajón inferior.

La mochila de viaje seguía allí.

No faltaba ninguna maleta.

En el baño encontró su cepillo de dientes. El frasco de colonia. La maquinilla. Los comprimidos para el dolor de cabeza que él compraba siempre de la misma marca.

No había hecho una maleta.

No parecía haberse preparado para ir a ninguna parte.

Volvió a la cocina y miró el teléfono.

21:23.

Marcó a Gael otra vez, aunque sostenía su móvil en la mano.

La vibración le recorrió los dedos.

Colgó.

Buscó a Celia.

La llamada duró dos tonos.

—Dime.

—¿Estás ocupada?

—Depende. Si quieres ayudarme a convencer a una mujer de que un flequillo cortado con tijeras de cocina no es una emergencia estética, sí.

Normalmente Mara habría sonreído.

—Gael no está.

Hubo una pausa.

—¿Y?

—Su teléfono sí.

—¿Ha bajado a comprar algo?

—No lo sé.

—¿Cuánto lleva fuera?

Mara miró otra vez la taza desde la cocina.

—No sé cuándo salió.

—¿Le escribiste?

—A las siete menos cuarto. Lo leyó.

—Puede haber bajado sin el móvil.

—Gael no baja ni a tirar la basura sin el móvil.

—Eso es verdad.

Celia dejó de sonar distraída.

—¿Está el coche?

Mara cerró los ojos un segundo.

No lo había pensado.

—Voy a mirar.

Colgó y salió del piso casi corriendo.

El ascensor tardó demasiado.

Pulsó el botón tres veces, consciente de que no servía para nada.

Bajó al garaje.

El Renault de Gael estaba en su plaza.

Las luces del techo se encendieron por tramos mientras Mara caminaba hacia él.

Se detuvo a dos metros.

El coche parecía intacto.

Se acercó a la ventanilla.

Nada en el asiento del conductor.

Nada en el del acompañante.

Probó el tirador sin saber por qué.

Cerrado.

Entonces reparó en algo.

En el suelo, cerca de la rueda trasera, había un papel doblado.

Se agachó.

Era un recibo de supermercado.

No suyo.

Lo abrió.

Dos botellas de agua, café instantáneo, pilas, una tarjeta SIM prepago.

Compra realizada aquella mañana.

Mara leyó la dirección.

El establecimiento quedaba a unos quince kilómetros.

Guardó el recibo en el bolsillo.

No sabía todavía por qué.

Tal vez porque en ese momento necesitaba que las cosas tuvieran un orden. Una secuencia.




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