El Corazón Del Coronel

II

—Ahh... —se quejó Aria por lo bajo cuando la modista tiró con más fuerza de las cintas del corsé para lograr contener su pecho y que pudiera entrar en el vestido de novia que doña Leticia había elegido para ella y que, a simple vista, era evidente que no iba a quedarle.

—Les dije que no iba a funcionar. Ella es muy... grande —comentó la mujer, tratando de no mirar demasiado las prominentes curvas de la joven, quien estaba dotada de un busto generoso, una cintura pequeña y unas caderas pronunciadas.

Era un cuerpo que su tía detestaba. Se notaba en cada una de sus miradas. Durante sus primeros días en la casa la llamaba incitadora, provocadora y vulgar, aunque ella vistiera de manera sencilla y recatada. Por eso la obligaba a usar el uniforme de la servidumbre, pues aquel sí cubría toda su "indecencia".

Desde el momento en que cruzó la puerta de aquella casa, la consideró una empleada. Su apariencia simplemente le dio la excusa perfecta para tratarla como tal.

—Haga que entre. La boda es en dos días —exigió doña Leticia.

Dos días.

Cada vez que escuchaba esas palabras, el estómago de Aria se hundía un poco más. Apenas se estaba acostumbrando a la casa de sus tíos, a los desprecios de doña Leticia y Pamela, su prima, y a la indiferencia de su tío, quien simplemente se desentendía de la manera en que la trataban.

Aunque, si había un pequeño alivio en medio de todo aquello, era que pronto estaría lejos de Basil.

Desde que llegó a casa de su tío, su primo no le había quitado la vista de encima. Era una mirada que la hacía sentir incómoda y que también molestaba profundamente a doña Leticia. Por ese motivo, Aria apenas opuso resistencia cuando la obligaron a vestir el uniforme de sirvienta. Basil ya no la observaba con tanta insistencia.

Al principio él parecía ser el único que la trataba con amabilidad, siempre buscando pasar tiempo con ella o hacerle compañía. Sin embargo, aquel comportamiento era exactamente del tipo del que su padre le había advertido. Él siempre le decía que no debía confiar en hombres así, porque solo buscaban aprovecharse de las jóvenes y luego no hacerse responsables.

Era, quizá, lo único ligeramente bueno de toda aquella situación.

Lo realmente preocupante era que no tenía idea de quién sería su esposo.

No conocía a demasiadas personas, pero sí estaba al tanto de muchas familias importantes de la capital y de otras ciudades.

A doña Leticia le encantaba hablar de los demás. Con frecuencia invitaba a sus amigas a tomar el té y conversar durante horas. Pamela hacía exactamente lo mismo. Disfrutaba de aquellas reuniones donde comentaban todos los acontecimientos de los círculos sociales, los bailes de presentación y los compromisos matrimoniales.

Aria no escuchaba a propósito ni con especial interés. Simplemente tenía muy buena memoria. Las únicas noticias que realmente deseaba escuchar eran las relacionadas con su padre.

Había enviado varias cartas, aunque no tenía idea de dónde se encontraba exactamente. El último campamento había sido atacado y, por las conversaciones de su tío con algunos amigos y por los periódicos, supo que los ataques a los campamentos médicos continuaban.

Su único consuelo era que el nombre de su padre no aparecía entre las bajas.

Todos los lunes y viernes iba a la plaza para revisar las listas de fallecidos, rezando para no encontrar su nombre.

Hasta ese momento, el cielo había escuchado sus plegarias.

Pero seguía viviendo con el miedo constante de que algún día apareciera allí.

¿Seguiría siquiera en la capital?

Una vez más regresó al mismo pensamiento.

No tenía idea de con quién iba a casarse.

Quizá fuera algún comerciante.

Solo esperaba que no fuera algún hombre mayor al que sus tíos le debieran dinero.

---

Tal como doña Leticia le había advertido, gastó únicamente lo indispensable en su ajuar.

Compraron apenas seis prendas: dos batas para dormir, dos conjuntos de ropa interior nuevos y dos vestidos que apenas le quedaban de manera adecuada.

Comprar ropa para Aria siempre resultaba complicado, pues las tallas que normalmente tenían las tiendas no se ajustaban a su figura. Casi siempre terminaba usando prendas demasiado pequeñas.

Lo correcto habría sido mandar a confeccionarle ropa a medida, pero aquello era mucho más costoso y, desde luego, sus tíos no estaban dispuestos a hacer ese gasto por ella.

De regreso en la casa, después de dejar las compras en la pequeña habitación que ocupaba en el área de servicio, se colocó rápidamente el uniforme y fue a la cocina para ayudar a las demás.

Aunque el trabajo era pesado, Aria agradecía mantenerse ocupada, aunque fuera realizando tareas domésticas.

—¿Aún no te han dicho quién será tu esposo? —preguntó Isa, una de las empleadas de la casa.

Además de Aria, solo trabajaban allí dos sirvientas. Entre ambas apenas lograban atender aquella enorme residencia y a toda la familia. Por eso, la llegada de Aria había sido como un ángel caído del cielo.

—No. No han querido decirme nada —respondió.

—¿Y si es el señor Matías Pattern? —preguntó Isa.

El rostro de Aria se contrajo inmediatamente en una mueca de desagrado.

Matías Pattern era un hombre incluso mayor que su tío. Durante las últimas semanas había visitado la casa con frecuencia por unos negocios que, según había escuchado, no marchaban nada bien.

Además, al igual que Basil, la miraba de aquella forma tan indecente que le producía asco.

—No creo que sea él —comentó Elizabeth al entrar en la cocina con un canasto lleno de verduras recién recolectadas del huerto.

Elizabeth era el ama de llaves de la casa y también la abuela de Isa.

—Creo que es el coronel Hugo Salazar.

—¿El coronel Salazar? ¿Está segura, abuela? —preguntó Isa mientras tomaba el canasto.

—Es de quien escuché que se casará dentro de dos días. Las familias ya llegaron a un acuerdo y la boda se celebrará entonces —continuó mientras Aria le servía un vaso de agua.




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