El Corazón Del Coronel

VI

—¿Es... está segura de lo que está haciendo? —le preguntó la mujer que antes la había ayudado a desvestir al coronel.

Lo habían vuelto a colocar sobre la cama y Aria continuaba quitándole las vendas de la pierna. Habían puesto vendas sobre vendas, agravando aún más lo que le había pasado.

Aria apretaba los dientes, concentrada y molesta. Aún le costaba creer que algo así hubiera pasado, que ellos hubieran tenido semejante negligencia con aquella herida. ¿Desde cuándo no se limpiaba? ¿Desde cuándo el coronel había estado aguantando algo así?

El olor empeoró al descubrir la herida y varios empleados apartaron la vista. Ella respiró hondo, guardando la calma. En ese momento lo más importante era ayudarlo; después vería lo demás.

—Denme los paños y el agua —pidió.

Una de las empleadas, de apariencia joven, quizás de su edad, se acercó con los paños, con el rostro contraído por la repulsión que le provocaba la herida del coronel. Aria miró a los demás. Algunos la observaban muy atentos a todo lo que hacía.

Por supuesto, ella era una desconocida que se había tomado muchos atrevimientos con la salud de su señor. Otros estaban muy incómodos, con los rostros pálidos y cubriéndose la boca y la nariz ante el olor que desprendía la herida.

—Hay demasiadas personas aquí. Quien no sea indispensable, que se retire —indicó mientras tomaba los paños y los mojaba para empezar a limpiar.

Varios empleados salieron enseguida. El grupo, que antes era de más de una docena de personas, se redujo a cuatro.

El hombre a cargo del personal, la mujer que antes la había ayudado y los dos jóvenes que habían traído el agua.

Aria empezó a limpiar la herida, de la que enseguida comenzó a salir sangre, un líquido de un color muy preocupante para ella y pus, mucha pus.

El olor se volvió todavía más insoportable. La mujer se alejó de la cama, incapaz de soportarlo. Los hombres apenas lograban resistirlo, pero no iban a dejar solo al coronel. Además, estaban muy sorprendidos por la firmeza y la determinación de la nueva señora Salazar.

—Avisen que traigan más paños, tanto para limpiar como para hacer compresas —dijo Aria sin dejar de encargarse de la herida.

Uno de los chicos fue hasta la puerta para avisar.

Un quejido salió de la boca del coronel.

—Lo sé... lo sé... perdón... —susurró ella en disculpa, mientras presionaba con más fuerza su pierna.

Debía hacerlo. Debía sacar toda la pus, toda aquella infección.

El coronel empezó a quejarse más.

—¡Basta, lo lastima! —dijo la mujer.

—¡No! —respondió Aria con firmeza, levantando la mirada hacia ellos.

Todos se congelaron al ver cómo los ojos de la joven estaban enrojecidos por las lágrimas contenidas. Sí, él estaba sufriendo, pero ella tampoco lo estaba pasando nada bien al causarle más dolor del que ya sentía.

—Hay que limpiar la herida... limpiarla bien —dijo con voz firme, mientras se secaba una lágrima rebelde que caía por su mejilla.

Ellos no se movieron, aunque ambos querían intervenir. El coronel no dejaba de quejarse de dolor.

—Necesito que lo mantengan quieto para poder limpiar la herida correctamente —dijo Aria.

Los jóvenes se acercaron de inmediato. Uno de ellos lo sostuvo por los hombros, mientras el otro inmovilizaba sus piernas.

—Aquí hay más paños —avisó la mujer.

—Vamos a seguir necesitando muchos más. La infección es demasiado grande —respondió Aria.

La sangre y el pus no dejaban de brotar. Cada vez que limpiaba la herida descubría tejido que llevaba demasiado tiempo oculto bajo vendas sucias. Sabía que tendría que limpiar con mayor profundidad, aunque eso significara provocarle más dolor.

Así continuaron durante varios minutos. A pesar de que el coronel se quejaba y luchaba de forma inconsciente, Aria seguía disculpándose con él cada cierto tiempo mientras retiraba la suciedad con infinita paciencia. La mujer que la ayudaba no dejaba de colocar compresas frías sobre la frente y el pecho del enfermo para intentar bajar la fiebre.

—¿Qué está haciendo? ¡Aléjese inmediatamente del coronel! —exclamó el médico al entrar en la habitación.

—Estoy limpiando una herida que lleva demasiado tiempo sin recibir los cuidados adecuados —respondió Aria sin detener su trabajo.

—¡Usted no tiene idea de medicina! ¡Podría matarlo! —reclamó el hombre, colocándose detrás de ella.

Los empleados que antes habían abandonado la habitación regresaron al escuchar su voz. Algunos sintieron alivio al pensar que el médico tomaría el control de la situación.

Aria levantó la vista apenas un instante.

—¿Y usted sí la tiene? —preguntó con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito.

El rostro del hombre enrojeció de indignación. ¿Cómo se atrevía aquella muchacha a cuestionarlo delante de todos?

—Porque lo que yo veo es una herida cubierta por vendas sucias, sangre seca, mal olor y una infección tan avanzada que el coronel terminó perdiendo el conocimiento. —Su voz permanecía firme, aunque por dentro hervía de rabia—. Si ese es el resultado de sus cuidados, entonces explíqueme por qué debería volver a colocar esas mismas vendas.

Los murmullos comenzaron a recorrer la habitación. Hacía tiempo que muchos de los presentes se preguntaban por qué, a pesar del evidente deterioro del coronel, el médico insistía en mantener la herida cubierta sin limpiarla.

—Es una herida de guerra. Nunca sanará —respondió apresuradamente, incapaz de ocultar su incomodidad.

—Tal vez nunca sane por completo, pero eso no significa que deba pudrirse.

Las palabras de Aria hicieron que el silencio se volviera aún más pesado.

Molesto, el médico dio un paso hacia la cama con la intención de volver a cubrir la herida.

—No la toque.

Solo fueron tres palabras.

Toda la habitación quedó en absoluto silencio.

El médico la observó incrédulo.

Aria sostenía la gasa ensangrentada entre las manos sin apartar la mirada de él. No había levantado la voz ni un solo instante, pero todos comprendieron que no permitiría que aquella herida volviera a quedar oculta bajo aquellas vendas.




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