El Corazón Del Coronel

IV

—¿Lista? —preguntó su tío.

Estaba frente a las puertas de la capilla de la iglesia donde contraería matrimonio. La modista había hecho un trabajo más que decente para lograr que pudiera entrar en el vestido, aunque eso no significara que no estuviera luchando por respirar en aquel momento.

Estaba cansada. Ni siquiera el día anterior le permitieron descansar; la hicieron pulir toda la vajilla. Aunque, para suerte de Aria, en realidad no era mucha, eso no impedía que doña Leticia le hiciera repetir el trabajo una y otra vez hasta que sus dedos sangraron.

Gracias a que Elisabeth tomó sus propias precauciones ante el abuso al que Aria estaba siendo sometida, buscó entre las pertenencias de Pamela unos guantes que estaba segura de que ya no usaba y que no reclamaría.

Elisabeth e Isa fueron quienes la ayudaron a prepararse. De mala gana tuvieron que proporcionarle algo de maquillaje para que su apariencia no fuera tan deplorable.

Además, no había visto a nadie de la familia. Sabía que debían de estar dentro de la iglesia, pero no estaba del todo segura, ya que la habían enviado en un automóvil diferente.

—¿Cambiaría algo que dijera que no? —preguntó ella con interés.

Apenas un momento atrás, el miedo ante lo completamente desconocido se había apoderado de ella. Estaba a las puertas del altar y aún seguía siendo un misterio la identidad del hombre que la esperaba ahí dentro.

—No —contestó su tío, ofreciéndole su brazo. Apenas si la había mirado.

—Al menos ya puedo saber quién es el hombre que me espera ahí dentro —le pidió ella.

Su tío no respondió.

—Para que al menos no tenga una mala reacción al verlo. Si sé, más o menos, quién es, puedo tener un mejor control de mi reacción.

Su tío suspiró.

—Es el coronel Salazar —contestó por fin—. Confío en que sepas quién es y, especialmente, que sepas cómo debes comportarte con él y con su familia.

Una pequeña noción de alivio la cubrió al saber que no sería la esposa de un hombre cuya edad superara la de su padre; sin embargo, no podía asegurar que la vida junto al coronel fuera un cuento de hadas.

—No se preocupe, tío. Me comportaré —dijo ella con seguridad mientras aceptaba su brazo—. No volveré a su casa.

Lo dijo con la mirada fija en las puertas de la iglesia, sin notar que su tío se había girado para verla. Él sintió una amarga sensación al escuchar aquellas palabras, que sonaban como una promesa que Aria se hacía a sí misma, sabiendo muy bien que él era en gran parte responsable de aquello, porque nunca hizo nada para que ella se sintiera bienvenida en la familia.

De cualquier manera, ya no había tiempo para cambios. En pocos minutos ella sería parte de una nueva familia, una en la que ambos esperaban que le fuera mejor.

La marcha nupcial comenzó a escucharse antes de que las puertas se abrieran. El estómago de Aria se hundió de inmediato, perdiendo la poca valentía que le quedaba. Obligándose a avanzar junto a su tío, entró en la iglesia.

Su vista permaneció fija en el pasillo durante casi todo el recorrido que debía hacer, respirando tan profundamente como el vestido se lo permitía, hasta que ya no pudo alargar más el momento de levantar la mirada.

El hombre que la esperaba al final del altar era mucho más alto de lo que había imaginado. Vestía el uniforme militar de gala. Los galones dorados resaltaban sobre la tela oscura y las numerosas condecoraciones brillaban bajo la luz que entraba por los vitrales.

Permanecía completamente inmóvil.

Su postura era recta.

Imponente.

Su sola presencia parecía imponer silencio en toda la iglesia, confirmándole a Aria los rumores sobre el coronel. Sin embargo, al mismo tiempo sentía que aquellos rumores se quedaban cortos ante la imagen de ese hombre de presencia intimidante que la esperaba en el altar, trayendo de vuelta el miedo ante la unión que estaban por formar.

Entre la gente se comentaba mucho no solo el aspecto imponente e intimidante del coronel; también se hablaba de su muy mal carácter, el mismo que había espantado a sus anteriores prometidas.

¿También tendrían razón en aquello o se estarían quedando cortos?

Aquella duda de Aria fue quedando en segundo plano al seguir observándolo. Su atención recayó en su mano derecha, la que sostenía un bastón negro.

Aria apretó ligeramente los labios.

Los bastones tenían una función clara y sencilla: servir de apoyo a quien los necesitaba. Pero él no se apoyaba en el bastón; simplemente lo sujetaba. Estaba dejando que el peso de su cuerpo recayera sobre su pierna lesionada.

Apretó con fuerza el ramo.

Él sostenía el bastón no porque pudiera caminar sin él.

Lo hacía porque se negaba a que los demás vieran cuánto lo necesitaba.

Aquello le apretó el corazón.

Debía de estar pasándolo muy mal allí, de pie.

Cuando llegó a su lado, en el altar, él no se giró. Ella estaba segura de que la razón era que cada pequeño movimiento debía de ser una tortura para él.

Él levantó la mano cuando su tío dejó la de ella sobre la suya y dio un paso atrás, así, sin más, sin dedicar ninguna palabra a ninguno de los dos.

Aria se recordó que, de cualquier manera, no debía esperar nada de su tío. De no ser porque él tenía una gran deuda con su padre, nunca la habría recibido en su casa.

Pero ya no tenía por qué seguir pensando en el pasado. Debía concentrarse en el presente y aprender para el futuro.

Por ejemplo, el hombre que se estaba convirtiendo en su esposo tenía manos fuertes y ásperas, cualidades que solo el trabajo duro dejaba en un hombre.

También notó que su mano estaba muy caliente y sudorosa. Además, podía sentir un ligero temblor que él trataba de ocultar, aunque era evidente, por la rigidez de su postura, lo tenso que se encontraba.

Aria apenas notó que el padre no perdió tiempo en comenzar la ceremonia. No hubo mensajes ni palabras de amor. Todos los presentes sabían cuál era la verdadera razón de aquella boda.




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