El Corazón Del Coronel

V

—Que lo que ha unido Dios, no lo separe el hombre. Puede besar a su esposa —anunció el padre.

La vergüenza la cubrió. Había olvidado que aquello era parte de la ceremonia. Nunca había dado un beso en su vida; aquel sería el primero.

Mientras la joven sufría un ataque interno de pánico, el coronel levantó su mentón y depositó un pequeño y suave beso sobre sus labios. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, aquellos ojos ámbar lo observaron inmóviles, congelados por la sorpresa de lo que acababa de ocurrir. Aquello lo dejó sorprendido y confundido.

¿Qué era aquella mirada?

Era diferente a la de unos minutos atrás, cuando compartieron las alianzas. A diferencia de lo que hubiera esperado encontrar, no vio repulsión ni incomodidad, especialmente al descubrir la cicatriz que cubría gran parte de su rostro. Había curiosidad en su mirada.

¿De dónde había sacado su madre a aquella joven?

Había resistido cuanto pudo aquella situación, pero ya no podía retrasarla más. Ahora estaba casado, y la señorita a la que habían condenado junto a él le resultaba sumamente peculiar.

No solo por lo que se apreciaba a simple vista, con aquel vestido que intentaba ocultar unas curvas imposibles de esconder, sino por aquellos ojos; una mirada que parecía ver más allá, entender más allá que los demás.

Los aplausos, lentos y cargados de poco compromiso, rompieron el silencio de la capilla. Tanto Aria como Hugo giraron hacia los presentes, un pequeño puñado de personas que ocupaban el recinto.

De parte de ella solo estaban los Valdez. Algunos parecían aburridos de estar allí; otro mantenía un semblante serio, y uno más se debatía entre la tristeza y la culpa. Del lado de él podían verse varios hombres de uniforme: capitanes, oficiales y soldados rasos que lo respetaban y admiraban. Sin embargo, entre todos ellos, solo buscó a una persona: su madre.

Ella le sonrió con una mezcla de agradecimiento y disculpa por la situación. Sabía que él estaba allí únicamente para cumplir con su deber como cabeza de la familia, brindando cierta tranquilidad a los Salazar ante la incertidumbre sobre la continuidad del linaje, aunque no estaba segura de cuánto tiempo más podrían sostener aquella esperanza.

Empezaron a caminar. Hugo ansiaba salir de allí.

Aria lo dejó avanzar primero, permitiendo que fuera él quien marcara el ritmo de su andar por aquel pasillo, ahora como marido y mujer. Ella no miró a nadie mientras caminaba, especialmente hacia donde estaban los Valdez. Se limitó a concentrarse en el camino que tenía delante, junto a su esposo.

Fuera ya los esperaba un automóvil. El chofer mantenía la puerta abierta y, con ayuda de su ahora esposo, Aria entró primero. Después lo hizo él, quien, apenas tomó asiento, dejó escapar un pequeño suspiro de alivio.

El automóvil se puso en marcha en medio del silencio. Aria mantenía la vista fija en el ramo, aunque cada tanto desviaba la mirada hacia el coronel: observaba su pierna, la forma en que descansaba sobre el asiento y cómo apretaba la mano contra ella.

Quería hacer algo por él. No se sentía cómoda permaneciendo inmóvil cuando podía ayudar a alguien que claramente estaba sufriendo. Sin embargo, también sospechaba que el coronel rechazaría cualquier intento de ayuda.

Los hombres como él, los soldados, eran orgullosos. Y él era el coronel Salazar. Su actitud al sostener el bastón frente al altar le había dejado claro que era un hombre de enorme orgullo. Seguramente rechazaría cualquier ayuda de inmediato, aunque esperaba que al menos aceptara ver a su médico de cabecera.

Al llegar a la residencia Salazar, Aria no pudo evitar quedar impresionada por aquella imponente propiedad. Una reja de dos metros, adornada con el escudo de la familia Salazar, protegía la entrada. Tras cruzarla, un largo camino de piedra atravesaba un inmenso jardín repleto de grandes fuentes. Al final, elevándose majestuosa, se encontraba la mansión Salazar, tan imponente como su dueño.

El automóvil se estacionó frente a la entrada principal. Allí Aria notó que numerosos empleados los esperaban. No parecía haber ninguna celebración, lo cual la alivió. Ella no tenía ánimos para una fiesta, y el coronel mucho menos tenía fuerzas para asistir a una.

Solo cuando el chofer descendió del vehículo para abrir la puerta, se atrevió a mirar nuevamente al coronel, preocupándose de inmediato.

—¿Coronel?... ¡Coronel! —lo llamó, dejando caer el ramo y acercándose a él.

Respiraba con enorme dificultad y estaba empapado en sudor. Al tocarle la frente, la encontró ardiendo.

—Hay que llevarlo adentro. Está ardiendo en fiebre. ¡Llamen a su médico! —ordenó al chofer apenas abrió la puerta.

De inmediato, los empleados se apresuraron a ayudar a sacar al coronel del automóvil y lo llevaron al interior de la casa, mientras Aria los seguía de cerca. Entraron en una habitación y lo acomodaron sobre la cama.

—Traigan paños con agua fría. Hay que quitarle la ropa. ¿Ya llamaron al médico? —preguntó Aria mientras se quitaba el velo y lo dejaba a un lado para comenzar a desvestir al coronel.

—Ana ya está llamando —respondió una mujer mayor que la ayudaba.

—Ah...

Aria levantó la mano para detenerse.

—Espera... ¿Qué dijo? —preguntó, inclinándose para escucharlo mejor.

—Ma... dre... no... ella no debe saber... —jadeó él con apenas un hilo de voz.

—¿Qué? ¿Qué quiere decir?

—Se refiere a su madre —explicó la mujer—. Ella tiene problemas del corazón y...

—¿Quién está a cargo del personal? —preguntó Aria, sin necesidad de escuchar más.

—Yo, señora —respondió el hombre que había ayudado a llevar al coronel hasta la habitación. Era un hombre de unos cincuenta o sesenta años, con barba de candado entrecana y el cabello igualmente cubierto de canas.

—Confío en que sabe cómo mantener el orden y hacer que todos cumplan las indicaciones del coronel.




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