El Corazón Del Coronel

III

—¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡Deja de revisar mis pertenencias! —le reclamó Aria, molesta, arrebatándole de las manos la ropa interior que su tía le había comprado de mala gana.

—Cuida cómo me hablas, Aria —le dijo él, mirándola con seriedad.

—No me da la gana, y más vale que...

—¿Qué? ¿Qué vas a hacer? Dentro de dos días ya no podrás hablarme así —dijo Basil, cruzándose de brazos mientras la observaba con una sonrisa que a Aria le revolvió el estómago.

—Eso espero.

Él frunció el ceño.

—¿Esperas qué?

—Irme de esta casa.

Basil soltó una risa seca.

—¿Tan emocionada estás por casarte con un desconocido? Ni siquiera sabes quién será. Podría ser un viejo con la edad de tu padre.

Aria bajó la mirada un instante hacia la ropa que acababa de arrebatarle y luego volvió a verlo.

—No, no me hace feliz.

Su voz fue tranquila, pero firme.

—La idea de casarme con un hombre al que nunca he visto me asusta... pero quedarme aquí me asusta todavía más.

Basil perdió poco a poco la sonrisa.

—¿Tan mal la pasas?

Ella dejó escapar una pequeña risa, aunque estaba cargada de tristeza.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

Él no respondió.

—Aquí nunca he sido parte de esta familia. Solo soy una sirvienta más para tu madre, un estorbo para tu padre y el blanco de las burlas de Pamela.

Hizo una breve pausa antes de mirarlo directamente a los ojos.

—Y también tendré la tranquilidad de no volver a verte.

Aquellas palabras hicieron que el rostro de Basil se endureciera por completo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lo sabes perfectamente.

Por un instante, ambos permanecieron en silencio.

—Jamás volverás a mirarme de la forma en que lo haces. Eso, por sí solo, hace que esta boda sea lo mejor que me ha pasado desde que llegué aquí.

Los ojos de Basil se oscurecieron.

—¿Así que prefieres a cualquier desconocido antes que a mí?

—Prefiero a un desconocido antes que seguir viviendo bajo este techo.

Fue entonces cuando él perdió por completo la paciencia.

—¿Qué? —preguntó con rudeza mientras la empujaba contra la pared e intentaba presionarla con su propio cuerpo.

Pero ella fue más rápida. Levantó la rodilla y la estrelló contra su entrepierna, haciéndolo caer al suelo.

Rápidamente salió corriendo de la habitación y se refugió en el cuarto de Elizabeth, pues sabía que era la única que la defendería.

No era la primera vez que algo así ocurría y, cuando había intentado buscar ayuda, su tía siempre terminaba echándole la culpa por ser una desvergonzada debido a su cuerpo. Su tío, por su parte, simplemente no hacía nada al respecto.

—Aria, ¿qué...?

—¡ABRE LA MALDITA PUERTA, ARIA! —gritó Basil furioso, golpeándola con fuerza.

Elizabeth la ayudó a sostener la puerta para impedir que él entrara. Aunque eran dos, sabían que no podrían contenerlo por mucho tiempo y que, aun siendo él el culpable de todo, ellas serían quienes terminarían pagando las consecuencias.

Permanecieron así durante varios minutos, mientras Basil intentaba derribar la puerta para sacar a Aria de la habitación.

Pero ellas no cedieron.

—Aria... prima... lo siento. Yo... perdón. Hablemos —dijo él con un tono mucho más calmado.

Ninguna de las dos le creyó.

—¡Basil!

Escucharon la voz de alguien más al otro lado.

—Padre, yo... —respondió Basil con cierto temor.

Siempre se hacía el desentendido, pero en aquella ocasión no tuvo oportunidad.

Ellas no pudieron escuchar gran parte de la conversación. Sin embargo, comprendieron que, gracias a la intervención del tío de Aria, Basil finalmente se marchó.

Cuando el pasillo quedó completamente en silencio, ambas pudieron respirar tranquilas.

—Esta noche te quedarás a dormir aquí —le dijo Elizabeth.

—Gracias... —susurró Aria con alivio, mientras su corazón seguía latiendo con fuerza.

Entonces volvieron a intentar abrir la puerta.

—Abuela —llamó Isa desde el otro lado.

Abrieron rápidamente para que la joven pudiera entrar.

—El joven Basil está como loco el día de hoy —dijo con preocupación.

—No le agrada la idea de que vaya a casarme —comentó Aria, dejándose caer sobre la cama de Elizabeth—. Lo único bueno de todo esto es que, al menos, estaré fuera de su alcance.

—Es cierto —confirmó Elizabeth.

Como pudieron, las tres se acomodaron en la pequeña habitación.

La verdad era que Aria casi no pudo dormir.

No dejaba de pensar en el hombre con el que se convertiría en esposa.

Ninguna de las dos posibilidades era realmente favorable.

Si hubiera tenido la oportunidad de elegir, quizá habría escogido al coronel. Al menos no era un hombre mayor que su propio padre, aunque, por lo que se decía, tenía un carácter terrible.

Suspiró y comenzó a preguntarse qué pensaría su padre de todo aquello.

Estaba segura de que jamás habría aceptado verla casada con un hombre como Matías Pattern.

Quizá habría aprobado un matrimonio con un Salazar. Al menos, por la posición política y económica de aquella familia, ella estaría relativamente protegida... dependiendo, claro, del trato que recibiera de su esposo.

Un hombre al que nunca había visto en toda su vida.

¿Qué sería de ella una vez se casara?

—Tienes que lavar estos también.

Doña Leticia le lanzó otro montón de vestidos sobre la pila que ya la esperaba. Pamela se acercó enseguida y dejó varias prendas más.

—A estos dos debes coserles el dobladillo; a este, ajustarle la cinturilla. Los quiero listos para esta tarde.

Sin esperar respuesta, ambas se marcharon.

Aria observó sus manos, enrojecidas de tanto restregar la ropa. Estaba segura de que Doña Leticia seguía molesta por lo ocurrido con Basil la noche anterior. No le sorprendía demasiado no haber salido ilesa de aquella situación. Después de todo, sin importar lo que sucediera, siempre encontraba la manera de culparla a ella.




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